En un momento de esta nota, Elías Figueroa —el grandísimo Elías Figueroa— se quiebra. Quien fuera el mejor jugador de América por tres años seguidos; quien disputa con el alemán Franz Beckenbauer el título del mejor central de la historia del fútbol; el chileno que quiso el Real Madrid casi dos décadas antes de que Iván Zamorano llegara al club merengue, por unos segundos tiene que levantarse de su silla y respirar hondo para que las lágrimas no le salten de los ojos. 

Elías Ricardo Figueroa Branden tiene el porte de los robles. A sus 67 años mantiene la estampa con la que construyó su leyenda en el área. En una entrevista de televisión para O’Globo, a principios de los ’70, miró a la cámara y apuntó con el dedo —mucho antes que lo hiciera Ricardo Lagos— para sentenciar: “Les digo a todos los delanteros de Brasil, el área es mi casa, ahí entra quien yo quiera, y quien entre sin permiso, aténgase a las consecuencias”.

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Quien lo hubiera conocido de niño no podría haber adivinado su futuro. Cuando tenía dos años sufrió de difteria —le hicieron una traqueotomía para curarlo; aún lleva la cicatriz—; luego padeció de asma. El niño Figueroa apenas corría debía volver a la casa para meter la cabeza en una olla y aspirar los vahos de manzanilla o eucalipto que le preparaba su madre y lo aliviaban de los ahogos. 

No cumplía los once años cuando cayó en cama por un principio de poliomielitis. No sentía las piernas. Por las noches, mientras todos dormían —sus padres y sus tres hermanos—, trataba de ponerse en pie. Lo intentaba a diario. “Un día, después de largo tiempo, lo conseguí. Llamé a mi mamá. Casi se fue de espaldas”, dice. Con todo, debió aprender a caminar de nuevo, ayudado de muletas. ¿Quién podía apostar que ese niño se iba a convertir en el mejor jugador de la historia de Chile y uno de los más respetados de América? Nadie.

Nació en el cerro Polanco, en Valparaíso. Su padre era ferroviario. Su mamá dueña de casa. Cuando el asma se convirtió en un problema se mudaron primero a Quilpué, luego a Villa Alemana. Fue en esta localidad donde el principio de polio lo tiró a la cama. “Lo único bueno de eso fue que me pegué el estirón. Yo era gordito, chico. Después de estar en cama un par de meses era más grande que los mismos compañeros que habían sido más altos que yo”, recuerda. 

Entonces llegó al fútbol. La primera vez que entrenó en Wanderers lo hizo en el equipo infantil. Tenía quince años. “Entrené solo un día con los infantiles. Después me vio el entrenador de juveniles y me dijo que entrenara con ellos. Al tercer día ya entrenaba con el primer equipo”, cuenta. 

De esos días también es su pololeo con Marcela Kupfer. “Yo creo que mis suegros le tenían programado un casamiento con alguien. No esperaban que este negrito echara a perder la raza. Su mamá tenía una farmacia y el papá una pequeña industria metalúrgica. Eran suizos-alemanes. Y claro, mi papá trabajaba en la maestranza, en Barón”.

Con apenas 16 años, Elías Figueroa se armó de valor —en realidad, le sobraba— y fue a la casa de los Kupfer a pedir la mano de su polola. 

—Me quiero casar con su hija —le dijo el muchacho Figueroa.

—¿Y usted qué es lo que hace? —respondió el futuro suegro, sin saber quién era al que tenía delante.

—¿Cómo? Soy futbolista. 

—Y eso qué, mis hijos también juegan a la pelota en el patio.

—Pero yo soy profesional.

—¿Y de eso se vive?

—Sí y vamos a vivir muy bien —remató Figueroa. 

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En verdad, no podía saberlo. En Wanderers ganaba 150 escudos, y luego, cuando se fue a préstamo a Unión La Calera, llegó a los 300 escudos, algo así como 200 mil pesos de hoy. La situación cambiaría más tarde, una vez que fuera titular en la selección que disputó la Copa del Mundo de Inglaterra, en 1966: su sueldo aumentó hasta los 800 escudos. Pero cuando se casó con Marcela Kupfer, su ingreso mensual no pasaba de los 150.

“Yo gastaba 80 escudos en arrendar una casita en Villa Alemana. Y muchas veces no me alcanzaba para pagar el abono del tren en el que viajaba a diario a Valparaíso. Entonces, muchas veces me bajaba en una estación para pasarme al carro que iba delante, y así evitar al cobrador… Mi mujer siempre estuvo a mi lado; siendo una niña con mejores condiciones económicas, nunca me alegó. El año pasado cumplimos 50 años juntos y nos volvimos a casar en Villa Alemana”, apunta Figueroa.

De Montevideo sacó la garra charrúa. Después del Sudamericano de 1967 —donde se lució—, lo querían de Independiente de Avellaneda (Argentina), de Millonarios (Colombia) y de Peñarol (Uruguay). Los encandilaba ese estilo tan particular para un defensa central. El hecho de que le gustara salir jugando, con la pelota en los pies no era usual para ese puesto —si había algo que siempre le molestó a Elías Figueroa fue reventarla contra la galería—; tampoco el convertirse en un agente ofensivo en los servicios con pelota detenida —no había córner en el que Figueroa no subiera a buscar el cabezazo—, el chileno fue uno de los primeros zagueros con vocación de gol.

Los dirigentes de Peñarol lo fueron a buscar en un taxi aéreo, mientras negociaba con los argentinos en Buenos Aires. “Era una avioneta para cuatro personas. Terrible. Cruzamos a Montevideo, firmamos y luego me llevaron de vuelta”, recuerda. 

La vida en Montevideo fue muy diferente para los Figueroa-Kupfer. Ahora tenían una casa grande y los viajes para el defensa chileno fueron parte importante de su incorporación a Peñarol. “Siempre digo que no sé si me hubiera ido tan bien en el fútbol de haberme ido directo de Chile a Brasil. En Uruguay saqué la garra. Jugábamos de local donde fuéramos. Hacíamos muchas giras. Viajábamos a Europa. Era un equipo campeón del mundo. Un día al Barcelona le hicimos cuatro en España. Y si había que agarrarse a combos, nos agarrábamos. Eramos bravos. Me acuerdo que nos tocó venir a jugar a Chile por semifinales de la Copa Libertadores. Enfrentamos a la ‘U’, que tenía un equipazo; el Ballet azul. Eran candidatos a ganar la Copa. En una jugada yo le entré con fuerza al Chico Araya. Lo reventé, pero con pelota. Al otro día el diario titulaba con ‘Nos cambiaron a Elías Figueroa; ya no es el jugador técnico, ahora pega patadas’. Me acuerdo que los jugadores estaban furiosos conmigo. Rubén Marcos me decía ‘ya, poh Elías, déjanos ganar’. Los eliminamos y en la final caímos frente a Estudiantes de la Plata”.

Al poco tiempo, los problemas económicos afectaron las arcas de Peñarol. Llegaron ofertas de Real Madrid y de Internacional de Porto Alegre por el zaguero chileno. Pero Europa no era entonces el paraíso futbolístico que es hoy día ni tampoco pagaban los sueldos que pagan hoy. 

“Yo tuve la suerte de enfrentar a grandes jugadores, partiendo por Pelé. Lo enfrenté en la selección y luego en el campeonato brasileño. Por eso cuando dicen, ‘ah, pero Elías no jugó en Europa’, no los entiendo. Pelé, que es el mejor del mundo, jamás fichó en un club europeo. De haber querido yo habría jugado en el Real Madrid, pero no me interesaba. Cuando tuve que elegir, preferí firmar en Internacional de Porto Alegre; estaba a una hora de Montevideo y, además, en Brasil jugaban todos los campeones de México ’70. Yo me enfrenté con los mejores: Cruyff, Muller, Platini, Maradona…

—¿Es cierta esa anécdota con Maradona, la de la foto?

—Eso fue a fines de los ’70, cuando Maradona estaba en su plenitud. Me acuerdo que fue para un partido en Mendoza. Ibamos saliendo del túnel cuando un fotógrafo argentino me pidió que hiciéramos una foto con Diego. Yo respondí que sí, que lo fuera a buscar y hacíamos la foto. Y el fotógrafo lo fue a buscar y se ve que le decía que quería que hiciéramos la foto, porque yo veía cómo me apuntaba. Entonces, el fotógrafo volvió donde yo estaba. ‘Diego dice que vayas’. Ahí le dije que no, si él no venía no había foto. Y no hubo. Después de ese episodio y con los años nos hemos convertido en grandes amigos con Diego.

En Brasil llegó la consagración. Obtuvo varios campeonatos estaduales con Internacional, pero la gran jornada la vivió el 14 de diciembre de 1975. En toda su historia, Internacional no había conseguido ganar el título de campeón de Brasil. En rigor, ningún equipo del sur, ni siquiera Gremio, había podido ganar el torneo. Esa tarde enfrentaban a Cruzeiro. El primer tiempo había terminado sin goles. Inter necesitaba marcar para poder conquistar el esquivo título. A los 11 minutos del segundo tiempo, el juez marcó una falta cerca del córner de Cruzeiro. 

“Cuando cobraron la falta, yo le dije a mi compañero de zaga, Erminio, ‘voy a subir a hacer el gol’.  Me fui al ataque y una vez que llegué al área todo el mundo comenzó a marcarme. Cuando Valdomiro le pegó, yo corrí hacia la pelota, me elevé y le di un frentazo seco. Fue el gol del título. Todos celebramos. Pero en la noche cuando pasaron el gol por televisión y luego en las fotos de los diarios, se advierte un rayo de luz que cae del cielo y que está alrededor mío. Nadie sabe de dónde vino, pero ahí está. Desde entonces se le llama el gol iluminado. Pero la verdad es que en la vida me han pasado varias veces cosas así”.

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—¿Cómo cosas así?

—Cosas que son difíciles de explicar, que la gente quizá malentienda.

—¿Místicas?

—No sé. Cosas que cuesta creer. Por ejemplo, cuando vivía en Villa Alemana y volvía de entrenar, siempre pasaba a la casa de mi papá antes de seguir a la mía. Hacía el trayecto caminando. Una vez me fui con un racimo de uvas. No había avanzado ni cien metros cuando vi una viejecita sentada en el suelo y que pedía algo para comer. ‘Dame uva, mijito, dame uva’, decía. Yo le regalé todo el racimo y ella me lo agradeció. No di más de cinco pasos y me giré para verla y ya no había ni viejita ni rastros del racimo de uvas. Lo mismo me pasó con un perro negro que una tarde me acompañó hasta mi casa, cuando quise darle algo de comida ya no estaba.

—¿Qué interpretación le da a esas cosas?

—Ninguna. Son cosas que pasan. No sé por qué me ocurren a mí. Pero ahí están. No me gusta contarlas porque la gente se ríe. En otra ocasión vi a un Cristo que me hablaba. Estaba en la cama con mi mujer, durmiendo. Y de pronto desperté y vi en la ventana a un Cristo, con los brazos abiertos, que me decía: ‘Yo te protejo, yo te protejo, yo te protejo’. Fue como una luz que entró por la ventana y luego se disipó. Intenté despertar a mi mujer, pero cuando ella despertó, la luz ya no estaba.

—¿Y cree que cumplió, que lo protegió?

—Yo creo que sí.

En 1973, Chile debió enfrentar a la urss
a pocos días del Golpe. En ese encuentro en Moscú, Figueroa fue la gran figura del empate sin goles que pavimentó el camino a la Copa del Mundo de Alemania. Le costó llegar, primero porque su club lo autorizó a última hora a viajar; segundo porque recibió amenazas telefónicas para que no defendiera a Chile en ese trance. “Mi mujer no quería que viajara. Nos habían amenazado con raptar a nuestros hijos si jugábamos por la selección. El ambiente político estaba muy enrarecido entonces. A mí me importaba jugar por Chile. Viajé igual”, cuenta.

En ese partido fue una muralla. Oleg Blochin, el delantero más peligroso de la URSS, se hacía un festín por la banda izquierda de Chile. Figueroa fue con todo a su encuentro. “Lo crucé no con la intención de quebrarlo. Pero fui fuerte. Lo saqué a la pista de rekortán. Con el otro delantero ruso apliqué la picardía charrúa. Cuando quiso amagar para un lado, le pisé el pie de apoyo, sentí como crujía su rodilla”.

El Mundial de 1974 fue uno de los grandes momentos de Figueroa. A pesar de que Chile jugó solo una ronda, fue elegido como el mejor en su puesto y fue parte del equipo ideal junto al alemán Franz Beckenbauer. Fue entonces cuando el Káiser dijo eso de que él era el Elías Figueroa de Europa.

“La selección del ’74 fue un equipazo. Todos estábamos en nuestra plenitud: Caszely, Reinoso, Quintano, yo. Fue injusto que no avanzáramos. En alguna medida, la selección actual tiene cosas parecidas; hay muchos jugadores que pasan por un gran momento. No me extrañaría que Chile avanzara en Brasil 2014. Es una gran selección. Nadie debería sorprenderse si incluso llega a disputar la final”, dice. 

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La vida de Elías Figueroa ha seguido ligada al fútbol. Hoy tiene una corporación a través de la que fomenta los valores deportivos (Gol iluminado) y viaja seguido a recibir los homenajes que hasta el día de hoy le siguen haciendo. 

¿Habrá pensado alguna vez, cuando aún no era quien fue, que podía tocar el cielo con las manos?

Elías Figueroa sonríe. Y asiente. “Sí, claro que soñaba con esta vida. Con mi mujer, ¡éramos tan cabros! Jugábamos a que ella me entrevistaba en esa casita en Villa Alemana. En nuestros sueños ella era una gran periodista y yo era un gran jugador…”. Entonces, las palabras no saben cómo salir de su boca. Por unos segundos, tiene que levantarse de su silla y respirar hondo para que las lágrimas no le salten de los ojos.