Retratar a Pep Guardiola en función de las ligas y de las copas internacionales que ganó como técnico del Barcelona  —trece títulos en tres años y medio— sin duda que es mezquino y hasta torpe. El catalán, que hoy vive un año sabático en Nueva York, ha hecho suyo el adjetivo de exitoso en función de lo conseguido al borde del campo de juego, pero su estilo rebasa con largueza los límites impuestos por el verdor de una cancha de fútbol. Es, precisamente, en los extramuros de ese territorio en donde el hijo ilustre de Santpedor ha construido una forma de hacer, una ética y una estética, un modo de asomarse al mundo.

Y es que la impronta de Guardiola no se juega tanto en la elección de sus trajes —Dior, Prada, Armani, Dsquared2 y Toni Miró están entre sus favoritos— ni en su pasión por los cinturones ni en esa cuidada barba de tres días. Lo que seduce de él, más allá de lo estrictamente futbolístico, nace de episodios en la trastienda, advertidos a veces por la puerta entreabierta, como su relación con el poeta Miquel Martí i Pol.
Año 1995. Postrado en cama, consecuencia de una arteriosclerosis múltiple, Miquel Martí i Pol recibe una visita impensada. Es el capitán del Barcelona, Pep Guardiola, quien vino a conocerlo. El futbolista lleva años leyendo y emocionándose con la poesía de Martí i Pol. Luego de unos minutos, Guardiola acerca su silla a la cama del poeta y lee los versos que el propio vate escribiera y que le traen recuerdos de esos días de obrero textil y militante comunista. Pocos años después de iniciada esa amistad, que se nutre de visitas constantes de Guardiola a la casa de Martí i Pol —como contó el cronista Ezequiel Fernández Moores—, y enterado en Qatar de la noticia de su muerte, no dudará en viajar ese mismo día a Cataluña para abrazar a la viuda, despedir los restos del poeta y volver a Qatar para defender los colores de su equipo de entonces (2003), el Al-Ahli SC Doha.

Es cierto que la leyenda se hizo en la cancha y al borde de ella, pero son estos episodios los que modelan el estilo de Pep y lo convierten, a los 42 años, en un referente único, original, irrepetible. O cuando menos, motivo de comparaciones. En Liderazgo Guardiola, el best-seller que escribieron Juan Carlos Cubeiro y Leonor Gallardo —expertos en coaching y ciencias de la actividad física, respectivamente— hay una muy particular: “Como Obama, Guardiola no tenía experiencia anterior en el cargo. Como Obama, es un gran comunicador (directo, coherente, creíble). Como Obama, pone corazón en lo que hace. Como Obama, es humilde, idealista y pragmático (la cultura del esfuerzo). Como Obama, es prudente e innovador. Como Obama, es muy elegante”.
Claro, al igual que el presidente de los Estados Unidos, Guardiola ofrece ese refinamiento que no es, necesariamente, aval del éxito. En el fútbol hay otros que han sabido conjugar ambos sustantivos: Roberto Mancini, técnico del Manchester City; Mourinho, del Real Madrid; o el mismo Manuel Pellegrini, actual DT del Málaga. Pero a las condiciones innatas de maniquí y DT, Pep añade la comparación con Obama, y una actitud que mezcla la estrategia de un estadista, el idealismo de un revolucionario de mayo del ’68 y la inquietud intelectual de un universitario de izquierdas.
Avido lector, cuando conoció la  vida y obra del argentino Rodolfo Walsh —periodista, montonero, autor del libro Operación masacre y de la famosa Carta abierta a la junta militar, que denunciaba las matanzas de la dictadura de Videla y por la que fue asesinado al día siguiente de publicada— afirmó: “A uno le gustaría ser y comportarse en la vida como el señor Walsh. Eso es coraje, y lo demás, tonterías”.

“SI DIOS HICIERA LAS COSAS TAN BIEN COMO GUARDIOLA, EL MUNDO SERÍA OTRO”, le oí decir a un fanático culé y su grandilocuencia ampara un elogio nada desmedido. De otro modo no se explica que el hijo de un albañil del pequeño pueblo de Santpedor haya alcanzado un cupo en el privilegiado grupo de púberes que entró a la cantera catalana de La Masía, el laboratorio más exitoso del fútbol mundial. De ahí salieron, entre otros, Iván de la Peña, Carles Puyol, Tito Vilanova, Víctor Valdés, Cesc Fábregas, Xavi Hernández, Andrés Iniesta, el mismísimo Lio Messi y, obviamente, Guardiola.

“Cuando estaba en el fútbol base, era un niño sin físico y eso, a la larga, ha sido una ventaja para él. Si tú creces sin físico, sobre todo en el fútbol de esa época, debes tener mucha inteligencia. Sin ella no hubiera llegado ni a juveniles. Hablé mucho con él y potenciamos sus habilidades organizativas cuando le metí en el primer equipo. Le hablé de sus debilidades y cualidades y de cómo podía crecer. Lo hizo magníficamente y, gracias a ello, ganamos muchas cosas”, dijo el holandés Johan Cruyff, técnico que apostó por él en el Barça, siendo Pep todavía un mocoso.
A ese bien-hacer, el catalán suma una humildad a toda prueba. Hace unos años, en Barajas, advirtió que el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez tomaba un café a la espera de un vuelo. Guardiola, ya transformado en una estrella global, se acercó, se presentó, le estrechó la mano y le dijo: “Don Gabo, éste es el día más importante de mi vida”.
Y he aquí, a propósito de este encuentro, otra arista clave de su estilo. Porque él no sólo se nutre de fútbol, también sabe alimentarse de literatura (es un fan de Truman Capote, Quim Monzó y José Luis Sampedro), de poesía (además de los versos de Martí i Pol, ha declarado su admiración por la poética de Luis García Montero), de cine (es un incondicional de las películas de su amigo David Trueba y de Adolfo Aristaráin), de música (Michael Nyman, Coldplay, Manel y Lluís Llach) y de filosofía. Si Leonardo da Vinci estuviera vivo y debiera elegir su heredero futbolístico, ese sería, sin duda alguna, Pep Guardiola.
El propio Trueba dio luces sobre esto: “Si tú le cuentas una anécdota de Paco de Lucía o de Belmonte o de Cary Grant, él la archiva con devoción, pero la aplica a su juego, como si fuera un ejercicio, como si le regalas a un cocinero una raqueta de pimpón y lo primero que pensara es cómo usarla de sartén”.

LO IMAGINO EN EL EXCLUSI-VO DEPARTAMENTO DEL UPPER WEST SIDE, en Manhattan, donde vive. Lo imagino en una escena familiar, con Cristina Serra —hija de un empresario de la moda—, su mujer, y sus tres hijos, Márius (11), María (9) y Valentina (4). Quizás ensayando una lección de inglés —una de las ocupaciones de la familia Guardiola durante el sabático— o viendo la última película de Woody Allen, con quien almorzó hace unos meses. Lo imagino trotando por el Central Park, que está ahí, a pocos pasos de su edificio, cuando cae la tarde.
De seguro se encuentra a sus anchas. Sin abrir la boca en todo este tiempo, a pesar de que los medios han especulado sobre su posible futuro, una vez que termine su estada en Nueva York: el más seguro destino para Guardiola es Londres, donde podría suceder al eterno técnico de Manchester United, Alex Ferguson, quien suma 26 temporadas en el puesto; y el más reciente se sostiene en el interés de la Federación de Fútbol de Brasil de que se haga cargo de su selección.
No necesita de polémicas, Guardiola. Rezuma una actitud, una convicción y una filosofía que también son parte de su estilo. Más allá de las especulaciones, nadie sabe demasiado bien qué pasará con él; si volverá a leer algunos versos de Miquel Martí i Pol a sus jugadores o colará la cita de algún filósofo griego en sus charlas técnicas. Pero todos lo esperan. En el intertanto, resulta imposible no recordar esa frase que abrochó, en diciembre de 2009, la conquista del Mundial de Clubes, el sexto título de seis posibles en esa temporada…
“No me considero el rey del mundo. Sólo soy una persona feliz”.