En esta historia hay noche con cuatro grados bajo cero, también un secreto al oído y cientos de hombres boca abajo obligados al silencio a cambio de mantenerse con vida. El autor no sabe bien por dónde comenzar, porque el inicio es borroso, confuso. Quizá haya que partir por un dato: del corazón de la historia —el partido que disputaron Chile y Unión Soviética en el estadio Lenin de Moscú el 26 de septiembre de 1973, que definía cuál de las dos selecciones llegaba al Mundial de Alemania ’74— no hay imágenes.

“A mí me llamaron en los ’80 para ofrecerme un video de ese partido. Una productora francesa lo había grabado. Me pedían mil 500 dólares. Anoté los datos pero en ese momento no lo compré. Cuando quise volver a tomar contacto con ellos, los teléfonos ya no funcionaban. Ese debió ser el único registro del partido”, dice Alfredo Asfura, asesor internacional de la FIFA, quien para 1973 oficiaba de agente internacional de la Federación de Fútbol de Chile. 

¿Cómo se cuenta una historia de la que no quedan registros, que tuvo escasos testigos y en la que abundan versiones dispares? El autor de esta historia sabe que no es fácil; lo más práctico es partir desde el comienzo.

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Chile le había ganado a Perú la posibilidad de disputar un repechaje con la Unión Soviética para obtener una vacante en Alemania ’74. Asfura había viajado a fines de agosto a Europa con el objeto de arreglar un par de partidos preparatorios antes del duelo con Rusia —además de otros dos de regreso a Chile. De hecho acababa de cerrar en París un amistoso cuando se enteró de la noticia. 

—No terminaba de entrar al hotel cuando el conserje salió a decirme: “¡Mataron a tu presidente, mataron a tu presidente!”. Pensé que se refería a Francisco Fluxá, el presidente del fútbol chileno. “¿A Fluxá?”, le dije. “Qué Fluxá, ¡mataron a Allende!”, me respondió.

Horas antes, en Chile, los seleccionados eran devueltos a sus casas luego de llegar como de costumbre a los entrenamientos en Juan Pinto Durán a eso de las 9 de la mañana: “El Zorro Alamos —el técnico de aquella selección— nos dijo que la cosa estaba complicada, que teníamos que volver a nuestras casas y que cuando la situación se normalizara nos volverían a llamar para retomar las prácticas”, recuerda Carlos Caszely, quien en ese entonces era la gran figura del ataque chileno.

Pero la situación no se normalizó.

El presidente Fluxá extremó gestiones para que el 18 de septiembre la delegación chilena, con 31 integrantes, entre cuerpo técnico, jugadores y dirigentes se embarcara rumbo a México en el primer vuelo LAN que salió de Cerrillos luego del Golpe. 

—Me acuerdo que le dije al Zorro (Alamos) que yo me iba en mi auto. Y él me dijo que no, que me pasaba a buscar. Lo hizo acompañado de un marino, Carlos Chubetrovich. Cuando nos acercamos a Juan Pinto Durán los militares nos detenían cada dos cuadras. Chubretovich mostraba un papel y avanzábamos. Llegamos a Juan Pinto Durán y poco después salíamos con dirección a Cerrillos. En ese vuelo iba toda la delegación. Supongo que también algunos sapos. Lo más increíble fue que despegamos de una manera muy extraña, porque el avión se elevó muy rápido. Después nos dijeron que había sido una maniobra de seguridad, para evitar a algunos francotiradores apostados cerca del aeropuerto —detalla Caszely.

La selección nacional llegó a México y derrotó a su similar mexicana por 2-1. Caszely anotó en las dos ocasiones. Era la primera vez que Chile derrotaba a México a domicilio. El delantero salió con el pecho inflado a enfrentar a los periodistas. Nadie le preguntó por el partido: “Señor Caszely, ¿qué opina de que estén apareciendo muertos en las aguas del Mapocho? Eso fue un mazazo para todos”, recuerda el goleador.

No obstante, en la selección no se hablaba de política. Era un tema que se evitaba. Por lo mismo, Elías Figueroa no dijo nada sobre las llamadas que recibió antes de viajar a Moscú. El era una de las figuras del campeonato brasileño. Defendía al Internacional de Porto Alegre. “Mi señora no quería que viajara porque nos habían amenazado con que nos iban a raptar a los niños si llegaba a jugar por Chile. Ella estaba asustada, yo nunca tuve miedo. Si jugaba por Chile lo hacía para representar a la gente no al gobierno de turno”.

Los sucesos extraños comenzaron poco antes de llegar a Moscú. Alguien había caducado las reservas en Aeroflot que la selección tenía para viajar desde Alemania a Moscú. Asfura tuvo que ingeniárselas para conseguir billetes en otro vuelo. En el aeropuerto moscovita fueron retenidos por casi cinco horas. No querían dejar entrar ni a Figueroa ni a Caszely. En las fotos de sus pasaportes se veían diferentes. “O entramos todos o no entra nadie”, sentenció el presidente Fluxá. Entraron todos. 

—Había otras cosas raras. Te prometo que nunca vi a un policía ni a un periodista. De más está decir que nadie nos fue a recibir al aeropuerto. Y en el hotel —Ukrania—, que era antiguo, siempre había mujeres de unos cuarenta años, en cuatro patas, limpiando el piso de mármol. No sé si hablaban español ni si nos espiaban. No levantaban la vista del suelo, pero nos miraban de reojo —detalla Caszely.

En el hotel también, a la hora de cenar, nunca les daban lo que pedían. Y no era problema de intérprete porque contaban con uno. Y para los entrenamientos tampoco tuvieron facilidades.

—Un día antes del partido, fuimos a entrenar al estadio Olímpico Vladimir Lenin. El bus que nos debía recoger apareció con dos horas de retraso. Y una vez que llegamos al estadio éste estaba cerrado. Tuvimos que saltar unas panderetas para poder entrenar y regresar al hotel para que los jugadores se ducharan porque los camarines también estaban cerrados. Yo diría que había un ambiente de guerra fría.

Si en algún momento la delegación chilena pensó que el partido no se iba a jugar —no había información alguna en los diarios ni en la televisión—, cuando llegaron al estadio olímpico se dieron cuenta de lo que los esperaba: cincuenta mil personas llenaban las gradas.

El match fue un monólogo. Jugando con cuatro grados bajo cero, la URSS atacó durante los 90 minutos y Chile, de blanco, cruzó una vez la mitad del campo de juego: sobre el final del segundo tiempo, un remate de Leonardo Véliz que el arquero sacó con la punta del pie.

—Estaba Olivares en el arco; en el palo derecho, Machuca, en el izquierdo, el Chino Arias; en el área chica, Quintano, Figueroa, el Loco Páez, Rodríguez, Chamaco Valdés, Ahumada y el Pollo Veliz. Arriba, en solitario, yo —dice Caszely.

Muchos celebraron la disposición táctica y ultradefensiva del equipo chileno. En ese esquema, Figueroa fue un caudillo. Por arriba, impasable, y cuando debió sacar a relucir su garra charrúa —heredada de su paso por Peñarol a fines de los ’60—, lo hizo con eficacia. Primero dejó fuera del partido a Andriasian, el centrodelantero. Le pisó el pie y al girar, la rodilla de Andrasian crujió como un catre desvencijado. Luego a Blokhin, uno de los mejores delanteros de Europa —y que tenía de cabeza a su marcador—, lo cruzó: “Fui con todo. Lo saqué a la pista de rekortán. Y ya no volvió a ser el mismo”.

Para algunos de los testigos, esa jugada de Figueroa en otra circunstancia hubiera sido motivo de la expulsión, pero el juez brasileño Armando Marques era anticomunista y conocía a Figueroa porque le había dirigido en el campeonato de su país. Además, era homosexual.

—Después de esa jugada, Marques se acercó a Elías y Elías lo abrazó y le dijo algo al oído. Nunca vamos a saber qué le dijo, pero el asunto es que no lo expulsó —dice Caszely.

Asfura tiene otra versión de los hechos y afirma que, tras la jugada, Figueroa abrazó a Marques pero en vez de decirle algo al oído le dio un beso en la mejilla.

La verdad de don Elías es otra: “Se han inventado muchas cosas sobre eso, pero lo cierto es que como yo hablaba portugués y como conocía a Marques, le hablé durante todo el partido diciéndole que no nos perjudicara, que era mejor que a un Mundial fuera un sudamericano. Lo demás son inventos”.

El partido en Moscú terminó igualado sin goles. El encuentro de vuelta a realizarse en Chile no se jugó. La Unión Soviética no viajó. Y a Chile se le dieron los puntos y la clasificación al Mundial de Alemania. La consumación de esa victoria tuvo un apéndice insólito. La selección chilena saltó al campo del Estadio Nacional sin rival al frente. Y, en solitario, marcó el gol del triunfo. Los jugadores chilenos tocaron el balón hasta que Chamaco Valdés la metió dentro del arco. En el estadio casi quince mil personas vieron el extraño cierre de la llave, mientras en los camarines, tapiados con sacos de arenas y custodiados por soldados armados, varios miles más permanecían boca abajo, con las manos en las espaldas, intentando no hacer ruido para poder sobrevivir.