Cuando estuvo el año pasado en Chile, a Hans Ulrich Gumbrecht (65) —doctor Ph.D en literatura y filosofía (Konstanz, Alemania) y profesor de literatura comparada de la Universidad de Stanford— se le ocurrió ir al estadio. Fanático del fútbol e hincha del Borussia Dortmund, partió a ver un clásico entre Colo Colo y la ‘U’, con la intención de hacerse una idea sobre el fútbol local. Salió deprimido: el ritmo le pareció de tortuga y algunos jugadores réplicas del cuento de los tres cerditos. Por lo mismo, cuando vio a Chile en la Copa del Mundo la sorpresa fue mayor: “Lo que observé en esos tres partidos de la primera ronda fue impresionante, sobre todo lo que Chile hizo contra España, porque el campeón quería volver a ser lo que era después de la derrota con Holanda, y Chile no lo dejó”, dice Gumbrecht, al teléfono desde California, poco antes de partir de vacaciones a Portugal.

Gumbrecht comparte su labor de profesor en Stanford con la tarea de escritor. Su libro “Elogio a la belleza atlética” es un verdadero long seller traducido a doce idiomas. En estos días trabaja en un texto sobre Diderot, el filósofo francés del siglo XVIII, y ya vislumbra un ensayo donde abordará el tema del drama en el deporte. 

—Hay una arista poco tocada que es la antipatía. Por ejemplo, yo odio a Robben. Lo odio porque ocupa esas calzas en el invierno y porque siempre se está quejando. ¡Pero es genial! Y me atrae verlo jugar, aunque siempre quiero que pierda. Ahí tienes a Balotelli, racista con los blancos. Pero tiene algo. Es el “malucho”. Y necesitamos maluchos. Esa idea de que los atletas tienen que ser buenos la encuentro aburrida y falsa. Suárez me gusta precisamente porque muerde las orejas de otros jugadores.

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—¿Incluso después de lo que pasó en el partido de Italia?

—Desde luego. Es un grandísimo jugador. El efecto de esa mordida sobre el juego fue absolutamente cero. A lo más debieron mostrarle la tarjeta roja y sancionarlo por un partido. El castigo de la Fifa no tiene tanta relación con la falta como con el hecho de que Suárez eliminara a Inglaterra e Italia, dos de los mayores mercados del fútbol internacional.

Lejos de odiosidades y vendettas está La Roja. “Si a mí me hubieran dicho que Chile llegaba a semifinales, no me habría sorprendido. Chile mostró un fútbol contundente. Creo que hubo partidos, como ante Holanda, donde no consiguieron más porque los traicionó ese complejo de país pequeño. Después de esta Copa del Mundo, Chile tendría que eliminar ese complejo, no volver a su modestia habitual y asumir su condición de favorito”, explica.

—De Chile se dijo que tenía una estrategia vietnamita de juego, y otros hablaban de La Roja como un equipo suicida, ¿cómo viste la propuesta de Chile en el Mundial?

—Insisto con una palabra: solidez. Es un equipo que, a pesar de tener un jugador sobresaliente como Sánchez —sobre quien no había imaginado que podía jugar así de bien, que fuera tan productivo—, se construye desde esa solidez defensiva. Comparado con Holanda, con lo que Alemania puede hacer en un día bueno, la propuesta chilena me pareció sólida. Además, hay una cosa sicológica nueva. Como la mayoría de los jugadores están repartidos por Europa o fuera de Chile, como juegan aisladamente, vi una alegría en el estar juntos como equipo. Hay ahí una motivación por jugar bien en la selección que antes no existía. Ya no es un asunto de nacionalismo. Es el hecho de perder esa condición de isla. Y eso es visible en la selección chilena y también en equipos como el de Uruguay.

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—Esa alegría de estar juntos también parece verse en la hinchada. ¿Te ha parecido llamativo el fenómeno de La Marea Roja?

—Me ha impresionado el número de chilenos que ha llegado hasta Brasil. La gente invierte un dineral —porque Brasil está bastante caro—, de lo que se desprende que estar ahí es existencialmente algo muy importante. Además, hay otra cosa. Cuando estuve en Chile me sorprendió lo bien que iba el país, y más allá de las heridas del pasado, pude ver a una nación que por varias razones podía estar contenta de sí misma. En esa línea, había un gusto genuino por estar en ese cuerpo místico que es el país en su conjunto, y de alegrarse e identificarse con la selección. 

—Pero eso pasa en casi todos los países, con mayor o menor intensidad.

—No te creas. El ejemplo casi opuesto es lo que pasó con la hinchada española. España atraviesa por una compleja situación económica, el tema de la monarquía ha conflictuado al país, es una sociedad deprimida, con un desempleo juvenil que alcanza, en cifras oficiosas, al 70 por ciento. Y si eso lo comparas con Chile, quizás explique cómo juega una y otra selección y cómo se comporta una y otra hinchada. No es casualidad que la prensa española no estuviera tan agresiva: veían a su selección como la última resonancia de una época mejor.

—¿No se trata necesariamente de nacionalismo?

—No como se entendía antes. Mira, económicamente Chile está bastante bien. Se ha restablecido esa autoconcepción de una larga tradición democrática. Comparado con Argentina, Brasil, hasta con España, Chile es un país casi británico, la Suiza de Sudamérica, con una autoconciencia positiva y tranquila. Y eso es lo que veo en su hinchada, a pesar del incidente que hubo en el Maracaná: están orgullosos de su país sin que aquello se convierta en un nacionalismo contra otros. Un orgullo reservado, modesto, típicamente chileno. 

—¿Y tú dirías que hay una correspondencia entre lo que vive un país en términos macro con lo que puede mostrar en la cancha?

—Es difícil decirlo. Siempre esas interpretaciones inmediatas son complicadas. Pero me puedo imaginar que la selección española es vieja, tiene un entrenador simpatiquísimo, pero es un señor mayor, el marqués Del Bosque. Después de esa derrota inicial con Holanda, tuvieron dificultad para animarse, para volver, hasta con Australia no jugaron bien. Había conciencia de que el momento grande del fútbol español, de la Fiuria Roja, ya pasó. La situación de Italia es muy parecida a la de España. Uno podría decir que no es casualidad que ambas selecciones hayan quedado eliminadas en primera ronda. Pero creo que hay un peligro interpretativo en ver el impacto de la crisis en todo.

Hay algo que alegra a Hans Ulrich Gumbrecht: la muerte definitiva del Tiqui-Taca. Desde hace rato que estaba un poco harto del predominio de ese estilo impuesto por Pep Guardiola en el Barcelona, que heredara la selección de España, campeona en Sudáfrica 2010. “Ya en ese mundial habían surgido nuevas formas de juego que desafiaban al Tiqui-Taca. Con todo, España terminó eliminando a Alemania en semifinales, y luego venció a Holanda, apelando a congelar el balón, a ese juego tan conservador, que ya entonces reclamaba una alternativa. Por eso este mundial ha sido tan productivo. El Tiqui-Taca ya no funciona, y aunque todavía no hay una alternativa sólida, existen diferentes estilos de juego, todos ofensivos, que desprecian el congelar la pelota, la actitud conservadora. Así como antes se abandonó el Catenaccio —ese sistema ultradefensivo impuesto por los italianos—, las selecciones han decidido una opción distinta al Tiqui-Taca, que tiene que ver con el atletismo del juego, con la velocidad.

—Chile está dentro de esa propuesta.

—No solo Chile. Son muchos, incluso selecciones que quedaron tempranamente eliminadas como Ghana. Es un juego mucho más vertical, de pases largos, atrevidos, una oferta que apuesta más por el riesgo. Dicho de una manera banal, los triunfos en este mundial se buscan no evitando goles sino convirtiéndolos, por eso los más importantes del mundo quedaron en el camino. Hay una cierta alegría en el juego, cierto optimismo en que se puede marcar un gol más que el adversario. El juego es mucho más lucido. Y Chile es un muy buen ejemplo de ello.

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Es raro que grandes potencias hayan quedado en el camino rápidamente: Italia, España, Inglaterra.

—Son los nuevos tiempos. Las tres ligas más importantes del mundo quedaron eliminadas en primera ronda. El poderío de ellas no tuvo una correspondencia en la Copa, quizá porque el fútbol de selección verdaderamente se juega en las Copas del Mundo o en las Copas de Europa, las ligas no son más que amistosos preparatorios para los grandes acontecimientos.

—¿Cuál es tu final soñada?

—La mía es imposible: Uruguay contra Brasil, con Uruguay ganando. Me hubiera gustado que Uruguay volviera a ganarle a Brasil en el Maracaná. Los brasileños tienen que tomar en cuenta que los 50 años de dominio absoluto de Brasil se acabaron. Pase lo que pase con su selección, es un equipo relativamente mediocre. Neymar es mejor de lo que pensaba, pero es el único. El equipo más infraestimado es Francia. No le tengo simpatía pero creo que está muy bien, a pesar de no contar con Ribery. Bélgica es otro que puede llegar lejos, a pesar de que no jugaron bien el primer partido. Me es dificil imaginar una final sin un equipo sudamericano. Sólo espero que no sea Brasil. Me gustaría que ese cambio que está aconteciendo se manifestara en una final con otra selección. Qué ganas de que hubiera sido Chile o Uruguay. O, aunque no es sudamericana, Costa Rica. Pero que no fuera ni Argentina ni Brasil.

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—¿Y a quién apuestas como figura del mundial?

—Me hubiera gustado que fuera Luis Suárez, a quien encuentro increíble. Esos dos goles que le hizo a Inglaterra fueron preciosos. No creo que sea Messi, porque sólo funciona dentro del Tiqui-Taca. Neymar es más de lo que yo creía. Se ve que en el Barcelona no han sabido utilizarlo. Pero sinceramente me gustaría que fuera alguien que no está en los pronósticos. Alguien como Eden Hassard, el mediocampista de Bélgica que juega en el Chelsea. Sería una buena rúbrica para un mundial distinto, bello.