La primera vez que abrí la boca en público para opinar sobre fútbol estaba rodeada de hombres. Fue en mi trabajo, fue espontáneo y, por suerte, fue un acierto. Recién comenzaba aquello que llaman la Era Bielsa y la selección había perdido el primero de dos amistosos contra Austria. El segundo fue la revancha en un día sensible: 11 de septiembre de 2007.

Por entonces se había instalado la costumbre de llevar un televisor a la sala de redacción de la revista en la que trabajaba, ad portas de las eliminatorias para el mundial de Sudáfrica. No recuerdo en qué menesteres estaba exactamente cuando me encontré frente a la pantalla segundos antes de que la testosterona futbolera explotara en un intenso grito de gol.
Pero un detalle: ninguno de los que estaba frente al televisor sabía quién era el autor de la jugada.

—Fue Droguett —dije, segura. Dos compañeros de trabajo me miraron, incrédulos. Miraron la pantalla: Droguett. Me miraron de nuevo.
—¿Y cómo sabe de fútbol? —me dijo uno.
—Lo aprendí por osmosis —respondí, algo sorprendida, también, de mi acierto. Hugo Droguett llevaba un rato en México pero jugó en la Universidad de Chile, el club del que Pato, mi marido, es hincha, socio, devoto y adicto. Yo lo recordaba porque alguna vez se hizo unas trenzas finísimas y se me grabó en la memoria.
Porque el cerebro femenino (o el mío, para evitar que alguna se ofenda ante la generalización) archiva los detalles: la chaqueta con hombreras a lo Michael Jackson de Johnny Herrera en un clásico contra la UC; la polera con un estampado de Gokú que usaba Rivarola; los visos rubios y el traje sastre y esa frase memorable (“Un caballero no tiene memoria”) de Mauricio Pinilla.

Yo no recuerdo la jugada perfecta, el gol más bello de la historia o la primera “chilena”. Lo que recuerdo es la fiesta del fútbol. El cotillón. La algarabía. La multitud sin estribos. La familia en el estadio. Y al macho en su instante más vulnerable.

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Pero el fútbol había llegado a mí mucho antes que las trenzas de Droguett.
Sólo que lo había olvidado.
O eso creía yo.

Algún verano de la década del 80. Viaje al sur interminable. Destino: Chillán. Mi padre, un colocolino fiel pero recatado —jamás lo he visto llorar por fútbol, a eso me refiero— amenizaba las cinco horas y media de viaje escuchando los partidos por radio. Todos los partidos. Todos. Si bien nunca ha sido un hombre asiduo al estadio, sí le transmitió a mi hermano el gusto por la misma camiseta. Pero mi hermano sufría más: los nervios lo transformaban, una derrota lo dejaba inapetente, más de alguna vez lo vi encerrarse en su pieza, enojado, o apagar el televisor antes de que el partido terminara. Esas situaciones se me hacían incomprensibles y lejanas: el fútbol no era cosa de mujeres. Escondía una épica que por esos días no lograba comparar con nada.

A mí, en tanto, me habían regalado un personal estéreo. La solución a los largos viajes amenizados con fútbol.

El fútbol se transformó en sinónimo de escupos lanzados sobre la cancha, de 22 tipos detrás de una pelota, de amurramientos masculinos. Una pasión ajena. Pero algo había que seguía interesándome. Antes de embarcarme a un viaje a Buenos Aires con una de mis mejores amigas, coincidimos con la selección chilena en el aeropuerto. Nos contagiamos del fervor colectivo y perseguimos unos metros a Iván Zamorano, sin gran empeño ni éxito. Pero cuando apareció el DT, don Nelson Bonifacio Acosta, nos fue mejor: el estratega tuvo la amabilidad de tomarse una foto con nosotras y sonreír a la cámara. Mi amiga y yo ampliamos la foto y la guardamos como recuerdo de un momento de locura: perdimos las chavetas y nos transformamos en groupies del fútbol.
Pero aquello fue una anécdota. Cuando me fui de la casa de mis padres me aliviaba saber que no habría más fútbol. Que los fines de semana no estaría obligada a ver el resumen de los goles de la fecha. No-más-fútbol. Adiós, balón.
Y, sin embargo.

La primera vez que salí con Pato fue él quien fijó el día y la hora. A mí no me importó ni até cabos. Después me di cuenta: la cita no podía coincidir con un partido con el que la U celebraba no sé qué campeonato. Nuestra relación evolucionó rápido y él fue transparente desde un comienzo: tuve que asumir que en su vida había un amor anterior al mío y que no se iría jamás. El amor por la camiseta azul. Pato es un romántico viajero militante, socio abonado, un hombre de fe que sigue a su club en las buenas y en las malas y en las peores. No contemplé los costos —el amor enceguece, provoca amnesia— y, en cambio, comencé a absorber información.
En su afán didáctico, Pato me hablaba de aquella gesta en El Salvador. De cuando la U bajó a segunda división. De la primera vez en que Marcelo Salas hizo el gesto que lo inmortalizó como Matador. Nombraba a próceres como Sandrino Castec, Alberto Quintano, Jorge Socías… Ya vivíamos juntos cuando Diego Rivarola hizo el 2-1 en el último minuto contra Colo Colo. Nuestra relación evolucionó en paralelo al desempeño del equipo. Vi desfilar una serie de personajes y me vi, de pronto, siendo parte de la familia azul. Nos compramos un departamento cerca del Estadio Nacional. Nos hicimos socios de la U. Pato me llevó al estadio por primera vez y compró entradas para tribuna Andes. Me compró helados. Me compró un gorro. Me compró unas dobladitas con queso. Me compró el churrasco-palta más suculento que he comido en mi vida. Pero alguna vez fui a un clásico, pleno verano, con sandalias, el calzado menos adecuado para huir del guanaco o de la barra brava. Terminé sentada en una escalera: no cabía un alma más. Aprendí que había sectores sólo para chunchos, que los chunchos se reconocen entre ellos, que hablan un idioma particular —plagado de garabatos compuestos hacia los rivales tradicionales—, y que ser azul es contagioso y hereditario.

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Algún día Pato llevará a nuestras hijas al estadio.

Vi pasar a Salvador Capitano, a Jorge Socías, presencié el regreso de Arturo Salah. El día en que nació nuestra primera hija, la U jugaba contra la Católica y la mitad del equipo médico quería que el parto se resolviera pronto. A los seis meses, Elena ya tenía camiseta azul. Llegaron Markarián, Basualdo, Pelusso. Hubo veces en que la derrota cayó como nube negra sobre nuestra casa: aprendí que cuando el equipo pierde hay que dejar al hombre solo. Si no quiere comer, no hay que insistir. Se debe respetar ese espacio de soledad entre él y la radio y, luego, entre el hombre y la televisión. Esa tortura —desde mi perspectiva— que significa escuchar los comentarios de las malas jugadas, ver los goles del rival y las fallas propias desde distintos ángulos. Comenzaba a entender aquella lógica: el fútbol es la expresión máxima del trabajo en equipo en pos de un objetivo común. El fútbol enseña que en ese esfuerzo ya está el logro, más allá de ganar o perder. El fútbol es un amor gratuito. A veces la cuenta será en contra.

La U estaba acostumbrada a eso. A asumir que debía pagar la cuenta.

Hasta que llegó Sampaoli y las expectativas cambiaron. Nuestra segunda hija nació en esa nueva era: la de los triunfos constantes, la del tricampeonato, la de la Copa Sudamericana. Le tomé afecto a gente como Pepe Rojas. Rebeca aprendió a gritar gol antes de aprender a caminar.

Tuve una visión apocalíptica cuando Sampaoli asumió en la selección nacional. Pensé que el hombre de la casa la compartiría. Estaba equivocada. Pato, como buen hincha azul, está acostumbrado a estos vaivenes. Asumió con hidalguía que vendrían tiempos difíciles. Me lo había dicho cuando la U ganaba y ganaba: “Hay que juntar alegrías para el invierno”. Entendí poco. Y me pasó lo mismo cuando lo vi lagrimear con Soy de la U, el libro de Francisco Mouat. Al leerlo, me iluminé. “El éxito en el fútbol es efímero: más temprano que tarde perderemos, y volveremos a soñar con esa gloria traicionera que así como viene se va”, escribe Mouat. Aprendizaje para la vida, pienso. Aprender a perder.

Por lo mismo, en casa no reina el optimismo frente al desempeño de la Roja en Brasil, sino que la cautela. Sí, Sampaoli es un astro. Sí, confiamos y queremos a Alexis y a Vidal, aunque un poco más a los que vistieron alguna vez la camiseta azul. Pero si algo he aprendido es que en la cancha la derrota puede aparecer en el último minuto. Y también el triunfo.
Es el aprendizaje para la vida.