La historia del sudafricano Oscar Pistorius, el personaje de la quincena, parece extraída de una novela trágica. Hasta el 14 de febrero de 2013, el atleta de 27 años era un símbolo mundial de la superación física y mental: pese a vivir sin sus piernas de los 11 meses, alcanzó marcas inéditas de velocidad en los 100, 200 y 400 metros planos sobre sus polémicas prótesis de fibras de carbono. Y el mundo entero se rindió ante su figura y las marcas lo querían como rostro y Pistorius, que parecía tenerlo todo, encarnaba la esperanza de las virtudes que nos hacen tanta falta. Pero ese día de los enamorados, por la noche, el deportista mató a Reeva, su estupenda novia: se equivocó. Y esa mala decisión cambió no sólo su vida, para siempre, sino que también su lugar en el mundo.

Probablemente nunca sabremos qué pasó realmente por la cabeza del sudafricano y las razones que, en milésimas de segundo, por una especie de ceguera emocional, lo hicieron asesinar a su mujer. Pero este delito, quizá porque vimos a Pistorius en lo más alto, nos permite reflexionar sobre la imperceptible línea que separa la gloria del horror, que en ocasiones pareciera estar a la vuelta de la esquina. Porque nadie puede tener nunca la certeza de que se acertará siempre y que ni nosotros ni nuestros familiares y amigos alguna vez fallaremos. Bastaría preguntarles a los primeros condenados por la Ley Emilia en las pasadas Fiestas Patrias, que castiga con penas altas a los conductores que lesionen o maten a una persona por conducir en estado de ebriedad. Seguramente, nadie nunca lo imaginó, como con Pistorius.

El pasado 11 de septiembre, la jueza T. Masipa anunció que el atleta no pasará el resto de la vida en una cárcel y que no existen pruebas suficientes para concluir que le disparó intencionalmente a Reeva. A la espera de la sentencia que se conocerá el 13 de octubre y que podría condenarlo a 15 años de prisión, el deportista lloró frente a la magistrado y, finalmente, ante el mundo entero. ¿Sus sollozos eran genuinos? ¿Premeditados? Da lo mismo. Su reacción da cuenta de un hecho que tendemos a olvidar de los personajes famosos e, incluso, de nosotros mismos: somos profundamente humanos. Pistorius lo era, pese a la adulación. Y ya quedó bastante claro.