Ahora que su vida toma otro rumbo, y ya como nuevo embajador de la marca AX, lo invitamos a realizar una producción fotográfica a lo Vanity Fair. El acepta encantado, plenamente consciente de que esta vez los puntos los juega en otra cancha.

Está sin polera, sentado en una silla , mirando videos en YouTube mientras una artista le tatúa la espalda, para la sesión de fotos de CARAS. Sólo le durarán tres días. Primero le dibuja la palabra “tenis” en la zona lumbar, y una figura alada como el ave Fénix más arriba, entre sus omóplatos; en el bícep de su brazo derecho, el mismo que usó para llegar  a sacar a 200 km por hora, le pinta una espiga. Le pido que ponga alguno de sus memorables partidos que están en internet. Y ahí aparecen sus mejores jugadas de cuando estaba en el Olimpo del tenis mundial: contra Roger Federer, Marat Safin, Andy Roddick y Marcelo Ríos… “Mira el punto increíble que me va a meter el Chino ahora”, dice entusiasmado ante un passing perfecto que le pone Marcelo Ríos en el US Open del 2000… Este y muchos otros golpes que son parte de su historia , seguro los ha repasado miles de veces frente a la pantalla, intentando revivir esos momentos de tanta armonía. Esos instantes que los teóricos del tenis han bautizado como “estar en la zona” o  el “esfuerzo sin esfuerzo” y que el mismísimo escritor David Foster Wallace –muy buen tenista junior — en varios textos llegó a elevar al nivel de lo “sagrado”.

—¿Extrañas eso Nico? ¿No te dan ganas de estar ahí cuando ves tenis? —,  le pregunto.

–Claro que me dan ganas de estar ahí jugando y no creas que no me hago la pregunta cada vez que en la tele veo los torneos grandes o la Copa Davis, pero tal como me dijo hace poco Fernando González , ‘lo que no echo de menos es hacer todo lo que hay que hacer para estar ahí’: entrenar por lo menos seis horas diarias, cuidarse en la comida, en lo que tomas, no salir de noche, etc. Eso es lo que cuesta.
Pero estar dentro de la cancha en un gran torneo, moviéndome con facilidad y pegándole a la pelota en el lugar y el momento preciso, es algo que siempre voy a extrañar. Muchas veces trato de no pensar tanto en eso, de no ponerme muy melancólico… Por ejemplo, cuando mi mamá me dice cosas como: ‘Oye, qué lindo era cuando estábamos en Düsseldorf y ganaron la Copa Mundial por equipos’ (Con Massú, González y Ríos, Chile ganó dos veces consecutivas, en 2003 y 2004)… Claro que siento algo de melancolía, pero tengo que poner un poco de cabeza fría en esto y pensar que tomé una decisión que tenía que venir, que es normal a mi edad.

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—¿No tienes miedo de no encontrar algo que llene tu vida tan intensamente como el tenis? Se sabe que para los deportistas es duro acostumbrarse a vivir sin esa adrenalina…
–Eso va a ser difícil, súper difícil. Y lo tengo claro. Aunque todavía no he vivido la hora de la verdad, porque he estado lleno de actividades en torno al tenis y a mi despedida del 20 de noviembre. Creo que recién voy a darme cuenta después del partido con Nalbandian. Luego  de ese día, ya no tendré por qué seguir entrenando… Voy a continuar jugando porque entrenaré a los jóvenes de Copa Davis y para eso quiero estar bien. Pero se habrá acabado la obligación de practicar hasta siete horas diarias, como debía hacerlo a veces.

—Haciendo futurología, si hoy estuvieras frente a tu hija o hijo pequeño y le quisieras contar tu historia… ¿qué le dirías?
—Ufff, trataría de contarle la historia de alguien que le ganó a la vida…

—¿Estás conforme con lo que lograste?

—Ahora puedo decir que estoy satisfecho porque creo que di lo mejor de mí; incluso muchas veces entregué más de lo que se esperaba de mí; hice cosas que jamás imaginé que lograría, como obtener dos medallas de oro olímpicas y ser el 9 del mundo. Algo que cuando joven me habría parecido casi imposible. Sin embargo, mirando hacia atrás, recuerdo que cuando estaba en el lugar 20, no me quedaba tranquilo porque quería ser el 10; y cuando llegué al 9, estaba ansioso porque quería estar entre los cinco mejores.

La tranquilidad es una nueva palabra en la vida de Nicolás. Con la madurez de los 34 años se ha dado cuenta de que algunos giros o énfasis quizá le habrían dado más brillo a su carrera y, sobre todo, la posibilidad de disfrutarla mejor. “Debería haber escuchado más”, confiesa.

—¿A quiénes?
—A mis entrenadores. Me habría servido para estar más tranquilo. Por ejemplo, en la etapa en que estuve con mi entrenador Gabriel Markus, quien me ayudó a llegar al puesto 12 del mundo. Con él me sacaba la mugre entrenando y estaba muy bien preparado, pero perdí un par de partidos –en primera ronda de Roland Garros, por ejemplo— y me quemé. Yo era bien amigo con él, pero estas derrotas nos generaron mucha tensión, al punto que terminamos y contraté a Pato Rodríguez, un técnico muy distinto, con gran experiencia, con mucha capacidad para aconsejarte. Con él gané en Kitzbühel y en Atenas. Pero este rendimiento se lo debo también al trabajo con Markus; ahora me doy cuenta de que el problema no era el entrenador sino que yo no quería escuchar o llevaba la contra… una vez en el torneo de Adelaida con Nano Zuleta, mi técnico hasta los 21 años, nos amanecimos discutiendo. Y al final todo se trataba de quién ganaba la discusión. Una estupidez.

Wp-massu-193“A veces perdía tres partidos, y entraba en un estado muy negativo, que no era bueno para mi tenis. Esto me sucedió mucho, durante bastante tiempo. Desde pequeño hasta como los 26 años, me dolía mucho perder. Deben haber habido unos veinte partidos en mi carrera que me dejaron muy mal, y me quedaba pegado en esos malos momentos”.
“Después de Atenas, me puse mucha presión encima. Durante casi todo ese año estaba once del mundo y la prensa me preguntaba cuándo sería top ten. Eso me hizo muy mal, porque comenzaba los partidos muy presionado y jugaba  tenso. Tenía 23 años, estaba once del mundo, pero me echaba toda esa presión tonta encima”.

—¿Entonces no disfrutaste suficiente tu mejor momento…?
—No, sí lo disfruté, pero también pasaban demasiadas cosas por mi cabeza. No tuve tanta conciencia de lo que había logrado. Además, pensaba que debía seguir ganando porque la gente esperaba mucho de mí… Después de Atenas, lo siguiente era ganar un Grand Slam. Era mucha presión. Y cuando llegué al US Open del 2004 nunca había habido tanta prensa sobre mí; algunos decían que era favorito, algo nuevo para mí… y perdí un partido que no debería haber perdido y eso me estresó mucho: me ganó en segunda ronda el armenio Sargis Sargsian después de tener dos match point a mi favor, en uno de los encuentros más largos de la historia, con más de cinco horas de juego. Ahora me doy cuenta de que tenía tantas ganas de ganar, que eso me jugó en contra; cuando se me complicó el partido, mis nervios hicieron que viera todo peor de lo que estaba.

Algo parecido me pasó cuando perdí contra el checo Radek Stepanek en Miami: yo iba 5-2 arriba en el tercer set, a punto de pasar a cuartos de final… y terminé perdiendo 7-5. Me afectó tanto que estuve casi dos días sin salir de la pieza. Esa noche fuimos a comer con mi familia, y no hablé nada. Al otro día, en el almuerzo tampoco hablé. Estaban todos mis amigos y yo desaparecí. También estuve así cuando perdimos una Copa Davis contra Rusia: no quería salir del camarín, me tuvieron que sacar de ahí después de casi siete horas.
Nicolás Massú se tomó el tenis con una tremenda intensidad. Y mucho se comentó que sus relaciones sentimentales también las vivió con un alto grado de pasión. Con demasiada, quizá. Se especuló, por ejemplo, cuánto pudo haber influido en su rendimiento la tormentosa relación con Dayane Mello… que lo habría desenfocado y quitado tranquilidad…
—Yo lo veo de otra manera. En esto, me hago cargo de la vida que elegí y de las decisiones que tomé. Cuando miro hacia atrás y veo todo lo que me ha pasado, me siento mucho más hombre y más preparado para enfrentar lo que viene. Creo que todo lo que he vivido, tenía que pasarlo en algún momento.

—¿Ella ha sido la mujer más importante en tu vida?

—Estuvimos cuatro años juntos, y no me arrepiento para nada de ese tiempo. Como todo lo que he hecho hasta ahora, ha sido mi decisión. Uno hace lo que hace porque siente que es lo mejor: si le apuntas, bien; si te equivocas, tienes que aprender de eso.

—¿Estuviste enamorado de ella?
—Sí, claro que sí… Con todas las pololas que he estado en mi vida, he estado enamorado.

—¿Pensaste que podría ser la madre de tus hijos?
–En cierto momento, cuando uno lleva 3 o 4 años con una persona, claro que uno se proyecta, pero también yo tenía la prioridad del tenis…

—¿Y ella lo entendía?

—No quiero hablar de una relación que ya es pasado. Tengo los mejores recuerdos, pero no voy a entrar en detalles porque eso queda entre ella y yo. Si me siento a dar esta entrevista es para hablar de mí y no de otras personas, y respecto de mi vida privada, la trato con cautela. Estoy consciente de que cualquier cosa que diga, puede ser una bomba. Lo único que puedo contar es que pasé momentos muy felices con ella y también otros muy tristes. Como les pasa a todos en cualquier relación.

—¿Y cuando supiste que ella estaba embarazada, cómo lo tomaste?

—Como algo natural, porque hace un año que ya no estamos juntos. Pero le deseo lo mejor en su vida.

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—¿Ser famoso ha sido una dificultad para encontrar una mujer con la cual armar una vida en común?
—Creo que ahora tengo más tiempo para poder conocer a alguien. Yo perdí varias relaciones producto de la distancia. Tuve una polola sueca que fue muy importante en mi vida; de hecho, fue la primera mujer que viajó conmigo, pero nos veíamos muy poco, porque me significaba tener que ir a verla a Estocolmo, a casi 20 horas en avión. Estuvimos como tres años viéndonos cada tres meses, hasta que la relación se enfrió.  Pero para mí la fama no es un problema… porque yo siempre he confiado en la gente. Si una mujer se me acerca, no parto pensando mal. Soy una persona muy abierta, que piensa bien de las personas. Y no creo que alguna de las mujeres que han estado conmigo, lo haya hecho por interés. Espero que ellas hayan sentido lo mismo.

— Nicolás, ya es público que después de la final de Atenas, la actriz Salma Hayek te llamó por teléfono y que eso fue el inicio de un affaire de varios meses. ¿Qué importancia tuvo para ti esta relación?
—No quiero ventilarlo más; debo ser muy cuidadoso por respeto a ella y a mí. Esta historia se conoció porque en el ambiente del tenis mundial todos ya lo sabían. A fines de 2004, yo estaba con ella en una fiesta en Nueva York y me topé con Mark Knowles… Así es que cuando llegué al Abierto de Australia (2005), todos los jugadores ya sabían que andaba con ella. Pero esta relación se acabó, pasaron casi 10 años,  durante los cuales nunca hablé de esto, hasta que hace un tiempo, en una entrevista con Julio César Rodríguez, él me preguntó por qué nunca lo había contado y ahí recién yo lo comenté. Pero lo hice también para dejar en claro lo extraordinaria mujer que fue. Yo tenía 23 años y gracias a ella tuve la oportunidad de estar en Hollywood con gente muy interesante, con actores de primera línea, de ver cómo se filmaba la película “Bandidas” en México, con Penélope Cruz y Pierce Brosnan, entre otros.

—¿Y eso no te distrajo del tenis?
—No, para nada, porque fue poco tiempo, y coincidió con mis vacaciones y con el post operatorio de una hernia inguinal, un período en que estuve entre dos y tres meses sin jugar. Al contrario, creo que me hizo crecer como persona. Tengo los mejores recuerdos de ella. Es una mujer espectacular, que fue muy amorosa y amable conmigo; me hacía sentir muy bien, me presentaba a todo el mundo y les decía quién era yo. Fue algo lindo y especial que me permitió, a los 23 años, entrar en un mundo que jamás pensé que podría conocer. Soy un agradecido de esa oportunidad.

—¿Has sufrido por una mujer?

— Claro que sí. Y no por una. Por varias. Sobre todo cuando han sido relaciones largas. Además, yo soy muy obsesivo. Y todo lo que me ha pasado en la vida, para bien o para mal, es porque soy muy obsesivo. Vivo las cosas muy intensamente. En el tenis, a veces me sirvió, porque a mí para ganarme había que pegarme con un palo en la cabeza; siempre quería más y si era necesario entrenar diez horas, lo hacía. Eso a veces me hizo dar más de lo que yo podía normalmente, pero también, en los momentos más malos, me nublaba; veía todo demasiado mal.

Wp-Nico-193-2—¿Respecto a este rasgo de carácter, cuándo tomaste conciencia de ser así?
—Ahora, en este último tiempo. En lo profesional y en lo personal. Por ejemplo, me di cuenta de que cuando quiero estar con una mujer, no dejo por ningún motivo que se me escape y estar con ella se vuelve una obsesión. Y si me gusta una chica, paso buena parte del día pensando en ella.

Su relación con el dinero, en cambio, parece bastante menos obsesiva. Según información oficial, se podría estimar que, entre torneos y contratos comerciales, ha ganado más de 10 millones de dólares, cifra que le permite una relativa tranquilidad.

—¿Te preocupa este aspecto?

—Si no hago tonteras, puedo estar tranquilo. Si me mantengo como hasta ahora, no debería tener problemas económicos durante el resto de mi vida. Gracias a Dios. Siempre voy a ser un agradecido del tenis por haberme podido ganar la vida haciendo algo que tanto me gusta. Es una tremenda suerte. Si vivo como una persona relativamente normal, sin gastar excesivamente, puedo vivir tranquilo. Tengo inversiones en Chile y en EE.UU.

—¿Es un tema que has manejado tú?

—Mi papá y yo. Pero yo con mi dinero nunca he arriesgado mucho;  he escuchado que es bueno tener propiedades y sigo esa filosofía. En el asunto plata, me doy gustos pero también me cuido, porque sé todo lo que me ha costado ganarla. Podría tener muchas más cosas de las que tengo, pero eso no me hace más feliz. Tengo claro, por ejemplo, que tener un yate en Miami no me hará más feliz. Tampoco me interesó tanto la plata mientras jugaba: y lo digo muy en serio. Siempre mis aspiraciones han sido muy normales: un buen auto, viajar, un rico departamento. Recién hace cuatro años compré uno en Miami, porque es un lugar que me gusta… el año pasado estuve viviendo cuatro meses ahí.

A los 34 años tengo muy claro que el dinero ayuda pero no compra la felicidad. La plata no es lo central en mi vida; de hecho, antes de tomar la capitanía de la Davis tuve buenas ofertas económicas para trabajar en México y EE.UU. pero no las tomé. Para mí es más importante hacer algo que me haga feliz, que me apasione. Gracias a Dios, con todo lo que he logrado, tampoco tengo la necesidad de generar tanto ingreso. Además, no me gusta ser un mediocre en lo que hago; me gusta ser el mejor, y por lo tanto no me voy a embarcar en algo que no es lo mío. No por haber sido conocido como un gran tenista, me voy a entusiasmar a la primera en una pega de comentarista, de dirigente deportivo o en la televisión. Me gusta hacer las cosas bien, con conocimiento de lo que hago. Y si hay algo que tengo claro ahora, tras asumir la capitanía de Copa Davis, es que quiero triunfar como entrenador. Ya sea como capitán de la Davis o entrenando a un jugador a quien acompañe en el circuito, y ojalá con un chileno. Ese es mi hábitat.