La anécdota se la reservaba Joseph Blatter para la hora de los whiskies, en las cenas y fiestas a las que suele asistir. “Mi padre me dijo un día que no tenía futuro en el fútbol… era un profeta”, contaba Blatter. Y al acentuar la ironía final esperaba la risotada cómplice. A Sepp siempre le ha gustado ser el centro de atención. Es uno de sus rasgos.

Por cierto que el padre de Blatter había lanzado su “premonición” en otro sentido. Fue cuando su hijo jugaba fútbol como un aficionado en Valais, su ciudad natal, y sus características como delantero centro no hacían prever un salto al profesionalismo como quería el joven Joseph. No era tan bueno para la pelota. Y no llegó a cumplir su sueño. Pero eso no lo alejó del deporte. Paralelamente a los estudios, que culminó con un diploma de Negocios y Economía de la Universidad de Lausanne —título que logró con dificultades por ser un estudiante mediocre—, Blatter hizo camino para estar en la primera fila deportiva. Primero como secretario general de la Federación de hockey hielo de Suiza, luego como dirigente del club de fútbol Neuchatel y periodista deportivo, y finalmente como relacionador público de la poderosa empresa de relojes Longines, cargo que le reportó fuerte presencia en los Juegos Olímpicos de 1972 y 1976. A Sepp las ambiciones lo hacen caminar sin fijarse en los obstáculos. Esa es otra de sus características.

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El tránsito hacia esos objetivos lo ha llevado en su vida a realizar acciones sorprendentes y hasta ridículas.

Su ingreso a la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) en 1975 como director de Programas de Desarrollo, cargo ideado por el presidente Joao Havelange en su impulso por “transformar el fútbol de un espectáculo a un negocio”, como dijo al asumir en 1974, tuvo tintes de comedia: Blatter enamoró y finalmente desposó a Barbara Kaser, hija de un ex secretario general del organismo, con la intención de conseguir el puesto. El matrimonio duró poco. Pero a Sepp no le importó: ya tenía asegurado un futuro en el fútbol. 

Los rasgos distintivos de su personalidad los fue dando a conocer con fuerza Joseph Blatter a partir de su instalación en la FIFA. Pronto descubrió que para aumentar su poder debía ganar la confianza de Havelange, quien se convertía en un todopoderoso.

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Blatter se hizo servicial al líder brasileño. Fue una especie de Smither —el rastrero personaje de Los Simpsons— que incluso, cuentan, hasta le colocaba los calcetines.

La estrategia dio resultados. En 1981, Joao Havelange lo nombró secretario general de la FIFA. Pasó a ser el brazo derecho, izquierdo y todo el cuerpo del jefe.

El nuevo cargo le dio a Blatter el espacio para desarrollar a sus anchas su infinita ambición de poder. Y captó que para que el negocio funcionara había que estar con Dios y con el Diablo —o bien, con ninguno de los dos—. Blatter comprendió que las ideas de Havelange aseguraban un control total del fútbol. Por eso promovió la idea de que las leyes de la FIFA incluso eran superiores a las de los estados, que el voto igualitario de los países era “garantía de democracia permanente” (aunque en realidad era una forma de asegurar votos) y que las grandes transnacionales debían saber que había que pagar un alto precio para cuajar en el negocio. 

Havelange convirtió la presidencia de la FIFA en un ente a la altura de una jefatura de Estado y Blatter fue el Primer Ministro encargado de articular el poder.Pero cuando la crisis empezó a asomar, la lealtad crujió.

A mediados de la década de los ’90 comenzaron a circular con fuerza los rumores de soborno al interior de la FIFA. No había pruebas concretas pero sí un creciente rumor de que en las altas esferas dirigenciales, tanto del organismo de Suiza como en las confederaciones había un permanente tránsito de “platas negras” para obtener favores, designaciones y contratos.

Havelange, el gran foco de sospecha, decidió entonces dar un paso al costado. Declinó la opción de seguir como presidente de la FIFA de cara a las elecciones de 1998 y designó a Blatter como su candidato-delfín. El brasileño creía que el suizo evitaría como fuera la profundización de las investigaciones que ya estaba propiciando la poderosa Unión Europea de Fútbol (UEFA).

Blatter ganó esas elecciones a su oponente Lennart Johansson, presidente de la UEFA, comprando votos, según se ha sabido ahora y multiplicando promesas de mantención de los privilegios a los altos dirigentes. Fue su jugada maestra.

Por fin era el dueño de la pelota.

Blatter en la testera de la FIFA se sintió como un rey. A sus anchas. Y al contrario de su antecesor, que era más bien de difícil conexión social, el suizo aprovechó el cargo para mostrarse y hasta venderse. Así, sus ganancias, que él señaló que eran de cerca de un millón y medio de dólares anuales, las invirtió en una cadena de restoranes (Sepp el Hambriento), la creación de un perfume (De Sepp con Amor) y la instalación de una línea de ropa a la moda (Sepp Blatter Seduction).

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Pero a pesar de que Blatter intentó mantener alejada la polémica de su gestión, las acusaciones de corrupción fueron creciendo. La bomba finalmente comenzó a estallar.

En 2001, la quiebra de la empresa Internacional Sport and Leisure (ISL), que había sido la agencia comercializadora de marketing de la FIFA, se convirtió en una olla de grillos. Según se pudo establecer mediante las investigaciones periodísticas, esencialmente las realizadas por el periodista escocés Andrew Jennings, dicha empresa entregó a Havelange y a otros miembros del Comité Ejecutivo de la FIFA sobornos con el objetivo de quedarse con los derechos televisivos de los mundiales de fútbol.

En 2012, y después de crear una Comisión de Ética para que investigara estos hechos, Havelange junto al ex presidente de la Federación Brasileña de Fútbol, Ricardo Teixeira, y al presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol, el paraguayo Nicolás Leoz, fueron expulsados del organismo. El primero como presidente honorario, y los otros dos como integrantes del poderoso Comité Ejecutivo.

Blatter, pese a estar en la nómina periodística como receptor de sobornos, fue exculpado por el Comité de Ética que él mismo creó…

Pero el suizo nunca volvió a vivir en paz. Y las sombras de dudas por el accionar de la FIFA fueron creciendo. La designación de las sedes de los mundiales adultos de fútbol finalmente fueron sus mayores dolores de cabeza. Y el comienzo de su final al mando de la FIFA.

Las últimas investigaciones llevadas a cabo por la fiscalía estadounidense —y que terminaron con la detención por parte del FBI de un grupo de altos dirigentes el día antes de las elecciones del organismo en Zurich— indican que al menos hubo soborno de autoridades sudafricanas para asegurar los votos para la realización de su Mundial (2010) así como extorsión, fraude y lavado de dinero en diversas instancias.

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Blatter no fue tocado. Por el momento. Pero su renuncia como presidente de la FIFA cinco días después de su cuarta reelección deja en claro que más temprano que tarde también tendrá que presentarse ante la justicia.

Uno de los hechos que seguramente lo tendrá en el estrado serán las designaciones de Rusia y Qatar como sedes de los dos próximos mundiales. Porque a pesar de que la Comisión de Etica de la FIFA, tras interpretar mañosamente el informe elaborado por el jurista estadounidense Michael Garcia, estableció que no había bases para pensar en compra de votos, lo cierto es que las dudas ya están instaladas.

El fin de la dinastía Havelange-Blatter en el fútbol mundial se acerca. Ninguno estará al frente del organismo tal como aconteció en los últimos 40 años. Lo que no implica que en el corto y mediano plazo la FIFA logre transformarse.

Tanto Havelange como Blatter no solo crearon una empresa poderosa, casi omnímoda en la conducción del fútbol. Sentaron principios que se erigieron como mandamientos y establecieron mecanismos internos que fueron aprobados por todos los miembros del organismo.

La mayor parte de quienes hoy integran la casta dirigencial del fútbol, por no decir todos, se acostumbró a vivir en un mundo de privilegios y parece complicado que asuman libremente la posibilidad de renunciar a ellos.

El mundo del fútbol seguirá sin el dueño de la pelota.

Pero sí bajo su sombra.