A Rusia 2018, Maradona llegó como comentarista para la cadena venezolana Telesur e invitado por la FIFA para “honrar” el torneo con su presencia, que como siempre se hizo notar. En el debut de Argentina frente a Islandia, las cámaras lo mostraron fumando un grueso puro, algo estrictamente prohibido en todos los recintos mundialistas. Después del partido, no ocultó su indignación y se fue encima del DT: “Se acabó el verso. Sampaoli no puede volver al país”, disparó contra el extécnico de Chile. Hasta ahí nada inusual en alguien acostumbrado a hacerse oír.

Pero el 26 de junio, en San Petersburgo, empezaría el verdadero Mundial de Maradona. Bajo la presión de una Argentina obligada a ganar a Nigeria para no irse eliminada, se destapó. Entre copas de vino blanco, gestos destemplados, miradas desorbitadas y provocaciones que alcanzaron su clímax con el agónico gol del triunfo, se descompensó y debió ser retirado del palco oficial para recibir atención médica. Antes de sucumbir, enfervorizado, Maradona ametralló con el dedo medio de sus dos manos al público del estadio mientras lo sujetaban para que no cayera. La incertidumbre sobre su estado de salud desató en las horas siguientes una cadena de equívocos y falsas verdades que obligó a su familia y al propio exfutbolista a salir al paso, llegando incluso a ofrecer una recompensa de 10 mil dólares a quien aportara información sobre el responsable original del rumor propagado en redes sociales. Entre desmentidos oficiales e imágenes que lo mostraban recuperado, el escándalo amainó.

Cuatro días después de San Petersburgo, Maradona reapareció en el partido contra Francia. Esta vez lo hizo acompañado de su novia Rocío Oliva y desplegando un perfil bastante más cauto. Pero en la cancha, nada cambió mucho y Diego no se restó de la desolación nacional que produjo la eliminación: “Somos un equipito más”, espetó en su programa ‘De la mano del Diez’. Más tarde se declaraba disponible para entrenar gratis a la selección de su país.

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MARADONA PARA TODOS

En la estela de comentarios que dejó a su paso por Rusia, el tema de su tormentoso pasado no podía quedar al margen. En parte, porque en la previa del encuentro contra Nigeria el exjugador se reconcilió después de más de 15 años con uno de los personajes clave en su biografía: Guillermo Coppola, quien fuera su representante e íntimo amigo durante casi 20 años. En 2003, Maradona dio por terminada su relación y al año siguiente lo llevó a la justicia por un presunto desfalco. Y aunque la demanda fue sobreseída en 2008, sólo volvieron a encontrarse en el funeral del padre del futbolista, ocurrido en 2015.

Coppola fue parte del círculo de hierro de Maradona en sus años más oscuros, aquellos marcados por escándalos de doping, redadas policiales y castigos deportivos asociados a sus excesos con la droga, símbolo de su ocaso como futbolista. Episodios que hasta hoy lo persiguen, incluso en Rusia. Su comportamiento en el estadio de San Petersburgo motivó al diario inglés The Sun a publicar una serie de imágenes donde Maradona aparecía en su palco apoyado en una mampara de vidrio que mostraba huellas visibles de un supuesto consumo de cocaína.

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—¿Cómo describe el estado actual del culto maradoniano entre los argentinos?

—Acá la gente sigue dividida entre el amor y el odio. Para quienes lo aman sigue siendo un dios y lo que provoca no lo genera ni el culto católico. En ese sentido, la deificación de su figura sigue intacta y aunque comenzó siendo futbolística, hace rato que derivó en un montón de cosas que van mucho más allá de lo deportivo.

—¿Existe alguna correlación entre la omnipresencia del culto maradoniano y la imposibilidad de Lionel Messi para lograr triunfos con Argentina?

—Messi es el único que intentó el asalto al culto maradoniano, por todo lo que provoca en los argentinos con su juego. Pero no estoy seguro de que lo haya conseguido, ya que aún no se acerca a lo que hizo Diego en campeonatos mundiales. Lo que sí es claro es que poseía un liderazgo que Messi no. El culto a Maradona responde a que él se convirtió en una especie de vengador de la patria contra los ingleses después de las Malvinas. Y eso Messi nunca podrá serlo.

El periodista argentino Andrés Burgo (43), coautor y autor de varios libros sobre “el Diez” (El último Maradona y El partido, respectivamente) sostiene que “a Maradona no lo cuida nadie, porque él se cuida (y descuida) a sí mismo. No estoy familiarizado con las personas que lo rodean actualmente, pero él hace lo que quiere como cualquier persona grande”.

—¿Qué motivaciones le quedan a un hombre que fue tan exitoso como él?

—Me parece que lo que le queda es disfrutar la familia. Es verdad que últimamente ha estado en líos con ella, en particular con su ex (Claudia Villafañe), mientras que con sus hijas (Dalma y Gianina) da la impresión de que va y viene. Y aunque a Maradona le gusta ser inmortal y famoso, saludar y armar show como en San Petersburgo, tengo la impresión de que al final lo que termina queriendo es lo mismo que todo el mundo: el afecto de los suyos y pasarla bien con ellos.

—¿Y cómo lo vio usted en Rusia?

—Tan Maradona como antes, siempre lo va a ser. Hay una frase que dice que si Maradona no hubiera existido habría sido inventado. El carisma que tiene lo hace absolutamente único, es algo que no he visto nunca en ningún otro jugador. Otra cosa es que a uno le guste y con mucha gente eso no ocurre, pero que exista un tipo como él es algo fascinante. Sobre todo porque a él le gusta mucho ser Maradona.