El norteamericano Tony Hawk es el skater más famoso del mundo. Tanto así que hay juegos de Play Station que llevan su nombre. Todos sueñan ser como él. Imitarlo. Por eso, cuando hace unos meses vino a Chile, más de cinco mil personas llegaron hasta el Movistar Arena. Querían ver con sus propios ojos el mejor de sus trucos, un 900 —dos vueltas y media en el aire. Eran los mismos que los fines de semana atiborran la pista del Parque de los Reyes, en la comuna de Santiago, y el Bowlpark, en Las Condes; los que se equipan en 7veinte y Adrenalin; los que consumen bebidas energéticas como Monster y Redbull, habituales sponsors de promesas y consagrados.

Es que al skate le ha subido el pelo en Chile. Pasó a ser una tribu reconocida.

Es que al skate le ha subido el pelo en Chile. Pasó a ser una tribu reconocida. Abandonó los márgenes para convertirse en algo distinto. Y ahora tiene estrellas que firman contratos internacionales y que se ganan la vida arriba de una tabla. ¿Quién lo iba a decir?

La primera vez que Marcelo Jiménez se subió a una tabla no duró ni medio minuto en pie. Estaba fuera de su casa, ahí en la calle Calafquén (Quilicura), mirando a su hermano mayor que hacía piruetas. “¿Te atreves?”, le preguntó. Y él se atrevió. Cargó todo su peso en la parte de atrás y se cayó. Tenía 12 años. “Ha sido la caída que más me ha dolido”, recuerda. Dos horas después de ese porrazo ya sacaba su primer truco: saltaba con la tabla sin que se despegara de sus pies, un ‘ollie’.
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Nueve meses más tarde ganaba su primer campeonato ante 80 competidores, con 500 fanáticos que lo miraban desde las gradas y el ritmo del hip-hop como telón de fondo. Tras esa victoria vinieron los auspicios. Primero equipamiento y tablas. Pero cuando los triunfos fueron la constante, una marca de ropa, Polemic, lo auspició con 350 mil pesos mensuales, entre dinero y productos.

Marcelo tenía sólo 14 años. El asunto lo obligó a dedicarle más tiempo cuando conoció a los hermanos Mekis —Patricio y Federico—, skaters devenidos en empresarios, dueños de varias rampas, entre ellas la del Bowlpark, donde Marcelo ganó un torneo importante. Lo apadrinaron, lo integraron a su team y le ayudaron a buscar nuevos auspiciadores.

Marcelo no ha dejado de estudiar —cursa segundo medio en el liceo Fermín Vivaceta—, está aprendiendo inglés y entrena tres veces por semana en el Mall Sport. Seis marcas lo auspician, entre ellas Adidas, que le entrega al año 2 millones y medio de pesos en efectivo y un millón y medio en productos. Y ahora en junio lo enviará por tres semanas a Estados Unidos, a entrenarse en el Woodward Camp, en Los Angeles, uno de los principales centros de entrenamiento del mundo para skaters.

“Siempre que hago algo, pienso en mi familia. Por eso hago las cosas de corazón y no pensando en los auspicios. Mi anhelo es ser uno de los mejores del mundo y radicarme en Estados Unidos.”, dice. Con sólo 16 años, nadie podría poner en duda que puede lograrlo.

“Siempre que hago algo, pienso en mi familia. Por eso hago las cosas de corazón y no pensando en los auspicios.

Spiro Razis llegó a Chile en 1992. Tenía 16 años y había pasado la última década en Buenos Aires, donde patinaba desde los 8 y había conseguido dos auspicios. La realidad le cayó encima como un portazo cuando aterrizó en Santiago: no había tiendas ni rampas ni difusión alguna del skate.

Había que luchar por la causa. Y Spiro fue uno de los que más remó. En la segunda mitad de los 90 hubo varios hechos que mostraron frutos de ese empuje: un amigo suyo abrió la tienda BC, en el subsuelo del Caracol Vip, en Providencia, que vendía tablas y zapatillas, y auspiciaba a Spiro; se fundó la revista La Tabla, y grandes distribuidoras como Adrenalin y Gotcha comenzaron a traer marcas especializadas: Vox, Gangsta, Vans y Quicksilver.

Pero el auspicio de zapatillas y equipos no eran suficientes para sostener la carrera de Spiro. “Les hice entender que los skaters éramos una herramienta, que en vez de poner publicidad en una revista, podían auspiciar a una persona y salías en todas”, dice. Las marcas apostaron por él, a pesar de que no tenía más de 21 años.

De ahí en más, no paró. Viajó por América Latina, por Europa, por Estados Unidos (donde entró más de 30 veces a competir, tomarse fotos o hacer videos). Hoy, con 37 años, sigue viviendo de su pasión como a los 21. Cinco marcas financian mensualmente su carrera, entre ellas Redbull y Element —la Ferrari de las tablas—, la misma que hizo una especialmente con su nombre, honor que ningún otro latinoamericano puede ostentar.

“Sé que todo puede acabarse mañana. Por eso me tomo la vida así. Nunca pienso mucho lo que va a pasar. Trato de hacer lo que se me da la gana”, recalca, con su look de siempre: jockey, polera, pantalones anchos, zapatillas de skate.
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Los hermanos Mekis no pasan de los 26 años y ya son empresarios. Partieron en 2010 con una pequeña pista de skate que consiguieron armar en el Club Ecuestre de Cachagua. Como habían andado durante toda su adolescencia arriba de una tabla ellos mismos daban clases a niños. Así nació Bowlpark, un espacio de 100 m2 con capacidad para cerca de 20 niños.

Como en sus mejores tiempos, el salto lo dieron de inmediato. Mall Sport —la empresa que los apoyaba— les ofreció que se hicieran cargo de la rampa que ellos tenían en Las Condes. No lo pensaron, pidieron un crédito y la remodelaron por completo. En marzo la reinauguraron: 370 m2 para que los niños rodaran, más una tienda que le agregarían después.

“Quisimos enfocarnos en los niños para brindarles las instalaciones que nosotros nunca tuvimos”, dice Federico. “Y para fomentar el deporte y la vida sana desde chicos”, agrega Patricio. Hoy acaban de inaugurar un nuevo bowl, de 560 m2, en Chicureo, y remodelaron por completo el de Cachagua: le agregaron una tienda y lo ampliaron a 300 m2.

En total y a lo largo de estos más de tres años han invertido cerca de 70 millones y el crecimiento en ventas siempre ha ido superando sus expectativas: el año pasado facturaron 80 millones y para este año esperan doblar esa cifra entre sus tres locales. Si bien en el papel se ve muy bien, Patricio aclara: “No es un negocio de grito y plata pero desde hace un año nos está dando para poder vivir, mantener la máquina andando, consolidar un grupo de trabajo y seguir creciendo”.
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Braulio Sagás no terminó el colegio. A los 16 años ya sabía que quería vivir del skate. Mal que mal, ya lo estaba haciendo. Gotcha, la marca que lo auspiciaba en ese momento, le daba dinero y productos, y Braulio se daba el lujo de aportar con plata en la casa de sus papás. Entonces, después de viajar a Suecia al campeonato Bowlriders —donde compitió junto a sus máximos ídolos, como Christian Hosoi—, habló con ellos y les dijo que el skate era lo suyo, que no regresaría a clases. Sus papás, al ver la seriedad con que se tomaba el deporte, aceptaron.

Hoy recuerda sus inicios y primeros contratos a través del teléfono, desde su departamento en Irvine Avenue, en Newport Beach, California. Lleva un año y diez meses radicado ahí, intentando conquistar la carrera profesional que Chile no puede otorgarle. “Allá puedes vivir, pero no como lo puedes hacer aquí o en otras partes del mundo. Acá las marcas y las empresas consideran a los atletas una parte importante del negocio e invierten en ellos”.

Con 22 años, compite en el circuito profesional WCSK8 —que se disputa en París, Londres y Río, entre otras ciudades— contra los mejores del mundo: Andy Macdonald y Bob Burnquist, entre otros. El año pasado remató sexto en la categoría “street”, y esta temporada espera subir al podio de los tres mejores.

Aquí un campeonato de street liga puede premiar el primer lugar con 150 mil dólares y en Chile no pasas de los dos mil.

¿Cuál es la gran diferencia con Chile? Las platas. “Aquí un campeonato de street liga puede premiar el primer lugar con 150 mil dólares y en Chile no pasas de los dos mil”, cuenta. Por ejemplo, en la temporada anterior, en Londres, Braulio ganó 2 millones de pesos en la categoría de “mejor truco”.

Un profesional de su perfil puede ganar al año 40 mil dólares —mientras que los número uno firman contratos anuales por un par de millones de dólares—, y aunque él aún no alcanza ese registro, cuenta con seis marcas que financian su carrera. A Braulio le quedan muchos sueños pendientes, pero el más importante ya lo consiguió: “Poder vivir del skate”.