Regresa de la montaña “cansado como perro”; desarma su mochila, toma las ollas, las lava, las guarda; estila el saco de dormir; guarda todo y, después, se va a bañar.

Ahí terminó la expedición. “La vida es como una ascensión. ¿Cuál es el final de una ascensión? ¡Cuando uno llega a la casa! Conseguir la cumbre es sólo la mitad. En la vida lo lindo es lo recorrido, lo vivido. Eso permanece”.

Tiende a hablar con frases memorables Claudio Lucero (80), el escalador chileno con el mayor número de ascensiones de alta montaña.

Tiende a hablar con frases memorables Claudio Lucero (80), el escalador chileno con el mayor número de ascensiones de alta montaña: son las sentencias que pegan en sus seminarios inspiradores de la Fundación Vertical.

Se ve como mareado en tierra entre cuatro paredes. Tiene unas espaldas enormes como murallas rocosas: la vida de este iquiqueño ha transcurrido entre el magnífico silencio de las montañas, dirigiendo expediciones a las más importantes cumbres del planeta. Entre ellas, el monte Elbrus en Rusia, el Mckinley en Alaska, el Aconcagua, el Ojos del Salado. En 1979 se convirtió en el primer sudamericano en alcanzar un “ochomil”, al conquistar el Gashesrbrum II (Pakistán), que también fue el primer ascenso nacional en los Himalaya. Ha hecho historia con una enorme cantidad de alumnos, entre ellos Rodrigo Jordán, Cristián García-Huidobro y Mauricio Purto.

—¿Qué pasa si un joven sube pegado a su música favorita?
—“Tomo una piedra y lo golpeo. ‘Te dije: “¡cuidado que están cayendo piedras!”, pero como estás con audífonos no me escuchaste’. Lo golpeo por idiota, porque por norma no debe usarlos. Si usted va a la montaña, quiere comunicarse con sus amigos. La sociedad vive incomunicada. Los cabros no saben conversar”.

Hoy, Lucero es “un viejo obrero que cuenta historias por dinero”. Le gusta hacer versos, disfruta la poesía, le encanta Neruda y recita a Carlos Moncada: “Quien pudiera dormirse como se duerme un niño; sonreírle al ensueño del goce y del dolor, y soñar con amigos y soñar el cariño, y hundirse, poco a poco, en un sueño mayor”…

Nos recibe en la Fundación Vertical, que dirige Rodrigo Jordán, uno de sus alumnos aventajados. Hace ya veinte años, Lucero es relator en seminarios y talleres de trabajo en equipo y liderazgo. (“Es entretenido. He estado dando charlas en todos lados: voy a México, Perú, Bolivia… Lo único que hay que cambiar son los chistes”.)

Comunica el significado de enfrentar nuevos desafíos (“¿cuál es la razón de vivir de un hombre que no se pone desafíos?”). También dicta clases de montañismo en el Instituto Profesional Vertical (“yo enseño el montañismo romántico, el clásico; no el competitivo lleno de logos”).

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La piel curtida (“el bloqueador es para las mujeres”), los ojos pequeños que evitan el enfrentamiento. Pero siempre cordial y sincero, como una conversación nocturna en las montañas tomando mate.
A los 80 años, no piensa en retirarse; sigue activo en la Sexta Compañía de Bomberos y compartiendo la pasión que lo ha llevado a ser llamado “El Señor de la Montaña”.

—¿Qué le faltó?
—Llevo siempre una espina clavada porque nunca tuve un hogar. Nunca pude formar un hogar. Las veces que lo intenté, fracasé. Primera vez que lo digo en público. Quizá por mi forma de vida, vago, nómade, pero ni cuando pequeño tuve hogar. Mi madre se enfermó siendo muy niño, y me crié con mi padre. Mi padre me hizo hombre. Estaba enfermo y me decía: “Tómate un agua y a trabajar”. Y yo me levantaba y me hacía una agüita perra.

—¿Cuántos hermanos son?
—Dos: mi hermana y yo. Ella reclamaba: “¡Papá, si hay empleada, por qué tengo que hacer yo el desayuno!”. “Si no sabe hacer las cosas, no va a saber mandar que las hagan”, contestaba. Así era mi viejo.
Parecía un sargento, pero era contador del ferrocarril Nitrate Railways Company Limited. De veraneo, arrendaban una casita en Pica.

Desde que tiene uso de razón Claudio Lucero ha asistido a la fiesta de La Tirana. Se iba a pie desde Iquique. “Son pocos kilómetros: sesenta o setenta. Pero no por una cosa religiosa. Yo lo hacía por caminar por el desierto. ¡Me encanta!”, y la mirada se le ilumina. “Le encuentro una belleza exótica al desierto. Me gustan los espacios abiertos”. Por eso cuando trabajaba en la Católica, donde hizo clases 22 años, le gustaba el Campus San Joaquín, no el Campus Oriente.

El papá lo llenó de costumbres (como la de “lavar, secar y guardar”) que lo han complicado cuando ha querido formar un hogar. “La gente es desordenada. Terminaba de almorzar, lavaban y quedaba el montón de loza ahí. ¿Por qué no la secan y la guardan? ¡Aquí están los estantes!”.

De todas maneras, se casó y tuvo cuatro hijos. Tuvieron la desgracia de que se les mató un niño de 10 años en un accidente en el cumpleaños de su primo. “Para mí se hizo insoportable llegar a la casa y no ver a mi hijo. Mi César me acompañaba a todos lados; en los ejercicios en la Bomba, él estaba sentadito mirando”.

Se dijo: “Si la vida me quitó un hijo, voy a tener dos hijos más. Voy a buscar una mujer que no sea tonta… Me costó encontrarla”, bromea. “Uno necesita una mujer como necesita un auto, ¿no? Soy un viejo a la antigua: me gustan las mujeres, y ahora la moda es ser gay. Yo admito públicamente que soy homofóbico”.

Soy un viejo a la antigua: me gustan las mujeres, y ahora la moda es ser gay. Yo admito públicamente que soy homofóbico.

Volvió a emparejarse y tuvo dos hijos más. Pero la relación no resultó. La menor hoy tiene 16 años y vive con su mamá en Paine. Lucero, en Matta con Portugal, con el hijo hombre.
Lucero llegó a Santiago a los 17 años, y obtuvo su título de profesor de Educación Física en la Universidad Católica de Concepción.

Como profesor del Liceo Lastarria, fue ejecutor de la construcción del refugio de Baños Morales en el Cajón del Maipo. “Por diez años llevé a los niños y les enseñé a esquiar. Poníamos luces y esquiábamos en la noche detrás del refugio”. Subían con los esquís al hombro.

En 1970, ganó una beca para ir a la Unión Soviética a titularse como Entrenador Internacional de Montaña. Recuerda a las hermosas rusas que le servían té, y le agregaban mantequilla… Como el sampa, la comida habitual en el Tíbet y en Nepal, que “para el gusto nuestro es malo: es té con sal, con harina tostada y con grasa. Es como nosotros que comemos cazuela o tallarines todo el tiempo”.

—¿Echan de menos la cazuela allá arriba?
—¡Evidente! ¡Si al final en una expedición de tres o cuatro meses uno de lo que más habla es de comida y de mujeres!
Durante la Unidad Popular estuvo a cargo de un proyecto para enseñar el montañismo a jóvenes de sectores populares. Después del Golpe, pasó varios años como instructor de montañismo en México. Todavía le gusta la música mexicana; la combina con Alberto Cortez, Los Chalchaleros, Violeta Parra y 1492, de Vangelis. Más, Wagner, Beethoven y Brahms.

Con el tiempo, y una trayectoria impresionante, se ha generado una gran cantidad de admiradores y adversarios. “Tengo amigos y enemigos en todas partes, porque soy directo. Si una mujer gorda me pregunta: ‘¿Cómo me encuentras?’. Gorda, le digo. Hay gente a la que le molesta eso”. Y se sorprende.

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La tecnología ha evolucionado mucho. Hoy, los teléfonos satelitales le quitan un poco de romanticismo a la montaña. “Las cosas van evolucionando, van cambiando, pero los valores que me enseñó mi viejo hace 80 años no han cambiado: el respeto, la honestidad, la lealtad, la fraternidad, el compañerismo, la sinceridad, la honradez no han cambiado, amigo”…

Claudio Lucero les pide a las personas públicamente “por favor; no sueñen; pónganse desafíos… En mi vida conocí a mucha gente que soñaba con ir al Himalaya, y nunca fue. Porque no se puso como desafío: en dos años más voy. Los desafíos están en el tiempo. Soñar es fácil, soñar es gratis. Para lograr un desafío hay que sacarse la cresta. ¿Cuánta gente sueña, y cuánta camina frustrada en la vida, amargada porque nunca logró lo que quería? Yo les hago una sola pregunta: ‘¿te sacaste la cresta por lograrlo o a la primera de cambio te diste por vencido?”.