La contingencia parecía más oscura que nunca. El alza del desempleo, la crisis medioambiental en Chiloé y las nuevas aristas de los múltiples casos de corrupción que investiga la Justicia tenían monopolizada la información. Pero la tarde del 7 de mayo todo cambió.
Marcelo Ríos Mayorga debutó en Twitter y literalmente ardió Troya. Con el desenfado e irreverencia de siempre, el ex tenista número uno del mundo demostró que sigue siendo el ídolo que hizo vibrar a todo Chile en los ’90. En nada influyó el silencio mediático autoimpuesto en los últimos años. En cuestión de horas consiguió la misma atención que en el pasado, cuando el país entero se desvelaba esperando sus partidos y las calles se vestían de fiesta con sus triunfos. Ese poder de convocatoria que para algunos ya era historia, sólo necesitaba de un click para reactivarse.

La llegada del Chino a las redes sociales —también abrió cuentas en Facebook— fue una bocanada de aire fresco, cargada de humor, en medio de un ambiente pesimista. Tal como consignaron diarios y noticieros de televisión, el impacto de sus tweets no es comparable al obtenido por ninguna otra personalidad local. Pueden ser respuestas divertidas o propuestas insólitas, paradas de carro a cibernautas insidiosos, descargos típicos de un ciudadano hastiado de la realidad o mensajes de apoyo a otros deportistas de elite. En cualquiera de los casos, el revés del zurdo de Vitacura sigue tan imbatible como el día que destronó a Andre Agassi de la cima del ATP en el abierto de Miami. Aunque sigue siendo el rey del pensamiento hablado, la diferencia es que ya no es el joven que patentó la frase ‘no estoy ni ahí’ sino un padre de familia de 40 años al que le interesa lo que pasa en su país. El hecho de que sus followers aumenten minuto a minuto —sólo en 10 días superó los 145 mil— está lejos de ser un dato menor. Es el síntoma de algo que él mismo tuiteó: “Van a tener Chino para rato!”. No importa si en el futuro algún mal momento lo empuja al twittercidio, su irrupción ha sido tan potente que ya hay quienes aseguran que de presentarse a un cargo de elección popular, arrasaría en las urnas. Aunque imaginarlo haciendo campaña puede llegar a sonar disparatado, lo cierto es que cuenta con una popularidad que despierta envidia en la clase política tradicional.