Los que fuimos niños en los 70—incluso antes— tuvimos un ídolo al que seguíamos en la televisión, siempre con el asombro por delante. A pesar de la intermitencia con la que nos llegaban sus imágenes, no podíamos sustraernos a su estampa y estilo tan particular. Me atrevería a decir que cada uno de nosotros tiene un combate favorito de Ali. Algunos no podemos olvidar esa increíble lección de boxeo en Kinsasa contra George Foreman —corría 1974, Ali tenía 32 años, Foreman 25—. Todavía lo puedo ver recostado sobre las cuerdas soportando la lluvia de golpes que esa máquina de boxear —que era Foreman— le propinaba; así hasta que al octavo asalto, Ali salió de las cuerdas para atacar y liquidar la pelea. Otros recordarán con lucidez el segundo combate con Joe Frazier, que finalizó con el triunfo de Ali tras 14 rounds y con ambos boxeadores en el hospital. O la vez en que perdió por decisión dividida frente a Ken Norton, luego de pelear desde el segundo asalto —de un total de 12— con la mandíbula fracturada. O el día que le arrebató la corona a Sonny Liston. Es muy probable que no nos pongamos de acuerdo respecto de cuál fue la mejor noche de quien alguna vez fuera Cassius Clay.

En lo que no hay dos opiniones es en el aporte que Ali significó en la lucha por los derechos civiles de la población negra en Estados Unidos y en la resistencia a una guerra absurda como fue la de Vietnam. Lo dijo el propio presidente Barack Obama en la carta que escribió para rendir tributo al ídolo muerto la noche del 3 de junio, a consecuencia de una infección respiratoria. “Muhammad Ali sacudió al mundo. Y el mundo es mejor por ello. Todos somos mejores por eso˝. 

En días en que la mayoría de los deportistas viven más preocupados de la danza de millones y los contratos publicitarios, el recuerdo de Muhammad Ali y su compromiso con diferentes causas brillarán como una llama incombustible en mitad del océano.