Ser extranjera es todo un tema y ni les cuento cuando se juega algún campeonato de fútbol. Llevo 3 torneos internacionales viviendo en Chile: el mundial, la Copa América del año pasado y la que se está jugando ahora.

Lo cierto es que muchas veces no se entiende lo que se siente cuando uno está afuera de su país. Si tuviese que explicarlo sería algo así como una sobreexplotación de amor por todo lo que sea o haga referencia al país de uno. Sí, muchas veces algo exagerado y hasta inesperado para una misma porque no sabía conscientemente que, de verdad, esa cosa o situación me encantaba tanto. Claro, estando en nuestro país nunca lo hubiésemos notado. O si, no sé.

El fútbol es otro tema, grande como pocos. Soy una fanática de mi selección y de Boca, pero eso desde siempre, no me apareció el fanatismo cuando llegué a Chile. Pero, ha sido un tanto complicado para una fanática empedernida como yo vivir un poco más sola -sin compañía de compatriotas que compartan mi misma alegría- estos torneos tan importantes, por su envergadura internacional y porque peleamos dos finales y ayer se definió que también pelearemos la de este domingo.

Lo más loco es que la final del mundo fue para mí una dosis de adrenalina y felicidad que nunca había tenido. Sí, y lo viví acá, en un país que no es el mío. Para muchos una pena, para mí también. Esos muchos, claro, son argentinos. La cosa es que el año pasado pasó lo más triste que hincha fanático puede vivir: llegar a la final de la copa y perder. Sí, porque aquella fue – en mi vida- la segunda final consecutiva con sabor a derrota. Pero creo que la sensación de angustia se intensificó porque el ganador estaba al lado, al frente y atrás mío todo el tiempo.

“Siéntete alegre por nosotros”, me decían mis amigos chilenos. Pero no, no podía ni quería. Porque esto no es algo que una le desee a otra selección, porque si no lo tiene la mía no quiero que la tenga nadie. Así que, lejos de generar cierta empatía con mis afectos chilenos, lo único que hizo, como les contaba, fue agudizar mi pena. La camiseta pesa, dicen en mi país y, es así, pesa y mucho.

Hoy le toca a la Argentina disputar su tercera final consecutiva sin perder en 17 partidos seguidos dentro de los 90 minutos de juego (la final con Chile se definió por penales) y con un Messi enchufado y un juego rápido y lindo de ver. Y, como broche de oro, con ese tiro libre perfecto al palo del arquero estadounidense que terminó en golazo, el Dios de mi generación se consagró el mayor goleador de la selección albiceleste de todos los tiempos con 55 tantos, superando al Batigol. ¡Qué lindo una copa ahora, ¿no?!

Con todo, las ilusiones siguen intactas como en las dos últimas finales. Con el amor a la camiseta más a flor de piel que nunca y las ganas de tener las patas del otro lado de la cordillera para disfrutar un triunfo, al menos, por los 90 minutos que dura el partido. Vivirlo acá será, como lo es desde la final de Brasil 2014, una alegría menos compartida y estoy segura de que con el resultado de hoy me sentiré “alegre por ustedes” como tanto me lo piden mis amigos chilenos. Nos vemos en la final.

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