En esta historia hay un niño, hay una espada en una piedra, hay un maestro, hay un camino, hay obstáculos, hay castillos, fortalezas, algunos dragones, el triunfo y una princesa. Hay un final abierto porque así debe ser en las leyendas que recién comienzan. Queda demasiada ruta para ponerle punto final, más anillos únicos que destruir, una docena de Estrellas de la Muerte que acabar a penales o tiros desde el extremo derecho; quemar porterías y enterrar banderas. Alexis Sánchez es el héroe de Chile, el que los niños quieren ser y el que los grandes miramos con una sonrisa en la cara, porque el cabro lo logró. No es el único, por supuesto, eso sería hacernos los locos con la mejor generación de superhéroes que ha tenido La Roja desde que tengo memoria; pasarse por algún lado la historia reciente y jugar con los corazones de tantos hinchas. Pero Alexis posee algo más; algo que lo hace –aunque no quiera– destacarse de entre sus pares: su vida quizá, sus logros, su rabia, sus calugas, su novia, su manera de mirar hacia alguna parte allá arriba como si estuviera buscando un fin último.

Alexis Sánchez estaba destinado a la gloria, desde niño su ruta lo conducía a la grandeza y no por ser el hijo ilegítimo de un rey o de un caballero Jedi caído en desgracia; o venir del cielo o de un planeta llamado Kripton, él estaba condenado a la grandeza desde su nombre. Alexis Alejandro, misma doble inicial, tal como Stan Lee escribió en el manual Marvel para la creación de superhéroes, para que sus identidades fueran recordables. Ahí tienen a Peter Parker, el hombre araña, o a Scott Summer el líder de los X-Men, o a Reed Richards, el señor de Los 4 Fantásticos. O en la editorial del frente, DC Comics, a Wally West, la identidad secreta de Flash o a Lois Lane la heroica novia de Superman y al más grande de los doble inicial idéntica, Lex Luthor, que no será un héroe desde la mirada tradicional de lo que entendemos como uno, pero es un hombre brillante: el más inteligente de todos, según el manual de los personajes de comics y un tipo que –igual que Alexis– se inventó a sí mismo, desde abajo, hasta llegar a ser Presidente de los EE.UU., en las historietas por supuesto. Claro, entre medio Lex Luthor no se portó muy bien, pero ya saben lo que dicen, tarde o temprano un héroe puede convertirse en villano. No es el caso de Alexis Alejandro, ya es demasiado buen tipo como para quebrar sus caminos. Ama a sus perros y nos guste o no, los perros huelen a los buenos, mientras los gatos se quedan con los malos.

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Como Luke Skywalker, Alexis viene del desierto. Uno de Tatooine, un lejano planeta de una lejana galaxia que orbita alrededor de dos soles; el otro de una lejana ciudad de Antofagasta, perdida entre las dunas y la costa violenta e irregular del Norte Grande. Luke ayudaba a su tío en una granja de agua y soñaba con volar a las estrellas, Sánchez iba a la escuela del barrio y soñaba con ser Iván Zamorano; ambos desconocían la herencia y el poder ancestral que latía en su sangre, la Fuerza era poderosa en ellos, porque ya saben todo tiene que ver con Star Wars, también el fútbol. ¿Me pregunto si a Alexis Sánchez le gustará Star Wars? ¿Me pregunto si Alexis tendrá en cuenta que así como la doble inicial idéntica de su nombre lo une al legado de los superhéroes, las iniciales de su primer nombre y apellido lo hacen con Anakin Skywalker, que ok, sabemos que se convirtió en Darth Vader y mandó a la galaxia entera a la oscuridad, pero que también –entre medio– trajo el equilibrio a la Fuerza? Quizás ese sea el gran secreto de su éxito, supo llevar el equilibrio a La Roja, y el equilibrio acarrea mesura y la mesura consigue metas, y las metas son victorias, como tal vez diría Yoda si conociera a nuestro Niño Maravilla. La Fuerza es poderosa en Alexis tanto como para conseguirnos pronto una copa mundial. Si Luke destruyó a puro instinto la primera Estrella de la Muerte, Alexis hará caer las porterías de todo el planeta en Rusia 2018.

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¿Que esta es una columna acerca de Alexis Sánchez y se ha escrito de todo menos de fútbol? De fútbol hay kilómetros de prensa escrita, teorías caras y baratas, algunas exactas, otras no. Además, cualquier periodista deportivo lo haría mejor que yo. Acá nos interesa el otro Niño Maravilla. No, tampoco el de la farándula ni el de las revistas de moda, acá nos importa el Alexis Sánchez según el modelo antropológico de Joseph Campbell, el héroe y el campeón, el que transita por el mundo para matar dragones, el que escribirá su épica con letras doradas a futuro, el Alexis más cerca de Harry Potter y de Frodo Baggins que de Carlos Cazsely o el Marcelo Salas, porque si hay un detalle que diferencia a Alexis con sus pares anteriores y contemporáneos es su yo épico y eso tiene que ver con el desierto, con ese punto de origen, árido y arcaico, que es el mismo útero geográfico de Luke, de Paul Atraides y de Superman.

“Voy a ser el mejor jugador del mundo”, decía Alexis cuando era niño y veía en televisor las hazañas de sus héroes del balompié. Quería ser como ellos, salir de ese lugar perdido en medio de la nada, ser algo más que sus compañeros de la escuela E-10 de Tocopilla, porque Alexis es hijo de la educación fiscal, es un milagro de la igualdad pedagógica, un ejemplo más de que los grandes, los más grandes, nunca vienen de colegios privados y siempre son inmigrantes de provincia. Y lo siento por los santiaguinos y por los que se oponen a la educación gratuita, no pueden pelear contra el destino ni defender una política que desde la naturaleza antropológica está errada. Y Alexis Sánchez lo demuestra. También creció con un padre ausente, educado sólo por su madre, igual que todas las figuras épicas de la antigüedad, igual que los héroes de la cultura culta y popular, que los personajes de los cuentos de hadas… Porque aunque nos duela a los apegados a las tradiciones más conservadoras, los titanes, los que hacen historia, tampoco surgen de familias bien constituidas y si no lo creen, sólo piensen en Jesús de Nazareth.

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Y al niño Alexis lo llamaban “El Dilla”, por Ardilla, por su agilidad para moverse. Así lo bautizó el maestro, el viejo que lo sacó de la monotonía y lo invitó a iniciar su camino. O escuchar “su llamado”, que en este caso no vino ni de un anillo mágico, ni de una espada enterrada en una piedra, ni menos de un sable de luz de color azul claro. El objeto de poder de Alexis era una pelota de cascos vieja. Juan Segovia fue el Obi Wan Kenobi de Alexis, su Merlín y su Gandalf privado, el que lo tomó a los doce años y comenzó a educar preparándolo para el inicio de una cruzada donde a punta de una herencia vinculada a los mismos espíritus ancestrales del desierto, como los Kunza, que en tiempos precolombinos ya jugaban fútbol –o algo que se parecía al fútbol– en la profundidad de Antofagasta. Uno tras otro, los obstáculos del héroe comenzaron a ser superados. A Juan Segovia lo fueron reemplazando nuevos Obi Wan Kenobi, maestros en alto, maestros en baja, algunos apuntándolo al lado de luz de la Fuerza, otros al equilibrio (y quizás alguno al lado oscuro, pero nunca lo sabremos). Aparecieron amigos, Han Solos que en sus propios Millenium Falcon lo sacaron del desierto y lo llevaron a las cosmópolis más exóticas del planeta.

Todo héroe necesita una princesa linda a la que rescatar de su castillo y llevarla a una nueva vida, mostrarle un nuevo mundo. Porque es obvio que Alexis rescató a Mayte Rodríguez de ese castillo frío y farandulero donde estaba atrapada, mató al dragón flaco que la aprisionaba y la llevó a un nuevo planeta, ese desde donde regirán la galaxia, como decía la frase final de aquella película ochentera llamada Krull, que era acerca de un guerrero y su princesa prometida. Salve Alexis Sánchez, nuestro héroe preferido, el campeón que esta tierra austral necesitaba. La Fuerza está contigo y te acompañará siempre.