“Sólo los recibo porque son chilenos”. Bromista, Alcides Ghiggia (87) abre el portón de su casa en la ciudad de Las Piedras, apoyado en un bastón y acompañado de su perro Rusty. Un pastor alemán entrado en años que se muestra hosco de entrada pero termina siendo dócil y cariñoso. Algo de eso hay en su amo, el estilo parco y esquivo que mostró en las primeras llamadas da paso a un hombre cálido que se mueve con prestancia y se da el tiempo para recordar sus viajes a Chile y sus largos paseos por los cerros de Valparaíso. El garbo que en el pasado alimentó su fama de Don Juan sigue ahí, aunque hoy por hoy se mueva en un escenario muy distinto al que vivió en sus tiempos de opulencia en la Liga Italiana de Fútbol. Lejos de los días en que manejaba Ferraris por las calles de Mónaco y se codeaba con la crème de la crème de la sociedad europea como estrella de dos de los equipos más poderosos de la liga italiana, el Roma y el Milan.

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Esa mañana, después de una fuerte tormenta de verano, Alcides se muestra especialmente amable. “¿Cómo está el gran Elías Figueroa?”, pregunta, mientras avanzamos por el estrecho pasillo que lleva a la puerta de su pequeña casa, ubicada a una hora de la capital uruguaya. Ahí vive con su tercera mujer, a quien le lleva casi medio siglo en edad. “Mucha gente me pregunta cómo es que tienes una señora tan joven, ¿pero sabés lo que pasa? Yo no puedo elegir a una mujer de mi edad porque no puedo cuidar a nadie. Necesito una que me cuide a mí. Ella apareció después que enviudé. Vine de Montevideo a vivir aquí y ahí la conocí”, confiesa el futbolista, padre de dos hijos profesionales.

Es una vivienda sencilla que apenas tiene lo mínimo, pero luce impecable. De entrada, sobresalen algunos de los galardones más recientes de los que recibió a lo largo de sus casi setenta años de gloria. En un rincón, una botella de whisky que le envío un periodista desde Buenos Aires y una cinta con la grabación de una entrevista que le hicieron hace poco en Fox Sports. “Por suerte, sigo teniendo proyectos. Me mantengo muy activo. No hay día en que no me llamen. Ahora estamos con el tema de Maracaná, la película que es un trabajo fabuloso de dos cineastas muy talentosos. Después voy al Mundial y de ahí me cambio a una casa que estoy terminando de construir en una zona cercana. Y bueno, la salud me acompaña”, comenta.

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Hasta aquí llegan periódicamente periodistas, deportistas, admiradores y fanáticos que celebran su gesta del 16 de julio de 1950. La tarde en que más de doscientas cincuenta mil personas enmudecieron cuando en el minuto 34 del segundo tiempo, Obdulio Varela, el capitán de la selección uruguaya, lanza un pase hacia Ghiggia, quien le entrega el balón a Julio Pérez. En fracción de segundos, el balón regresa a un inspirado Alcides que sin contratiempos derriba a Bidone, el defensa del cuadro carioca. Entonces, el arquero Moacir Barcabarosa comete el error que lo perseguirá hasta el final de sus días y da unos pasos hacia delante, Ghiggia aprovecha el espacio y con toda su fuerza patea directo entre el arquero y el poste anotando el gol que terminó por arrebatarle la copa de las manos a la escuadra verde amarelha. El silencio que siguió al pitazo final del encuentro fue definido por los asistentes como ‘estremecedor‘ y se prolongó por varios minutos. El carnaval que estaba a punto de empezar se convirtió en tragedia nacional. Más de un centenar de carrozas adornadas para los festejos quedaron abandonadas en las calles de Río de Janeiro e incluso se alcanzaron a vender más de 500.000 camisetas con la inscripción “Brasil Campeão 1950”,  las que nunca se usaron.

—Han pasado 64 años, ¿cómo recuerda ese día?

—Aunque los dirigentes no confiaban mucho en el equipo, nosotros sólo pensábamos en jugar y ganar. Brasil creía que iba a salir campeón porque venían goleando a todos, así que estaban seguros de que nos iban a aniquilar. Pero hay un dicho muy cierto: ‘la confianza mata al hombre’. Si hasta los diarios ya tenían listos los titulares que decían “Brasil Campeón”. Pero nosotros ya conocíamos muy bien al equipo porque veníamos de jugar contra ellos hace apenas tres meses. Así que con lo que sabíamos, armamos una buena estrategia para atacarlos y tuvimos suerte. Cuando metí el primer gol, supe que la victoria estaba ahí. Cuando Obdulio agarra el balón en la mitad del partido ellos se quedaron perplejos. Ellos no supieron reaccionar ”, cuenta.

Fue una tragedia para la que nadie estaba preparado. Hasta el mismo Maracaná ya estaba decorado con pancartas en portugués que decían ‘Homenaje a los Campeones del Mundo ’. Los matutinos cariocas ya tenían sus primeras planas impresas celebrando por anticipado el triunfo de su selección. Ese día, el diario Río tituló: ‘O Brasil vencerá – A Copa será nossa’, mientras que el periódico O Mundo publicó ‘Brasil Campeão Mundial de Futebol 1950’.

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El hombre detrás del número siete de Uruguay, rememora: “Dimos la vuelta olímpica porque había que darla. Nadie se movía, estaban todos en shock. Sobre la alegría que uno tenía vos mirabas las tribunas y te daba tristeza, nadie se reía, la mayoría estaba llorando y el resto completamente perplejo. Luego partimos a camarín y descorchamos espumante. Bebíamos desde la misma copa. Tuvimos que esperar como dos horas antes de poder salir de ahí”. Mientras, la noticia de la contundente victoria remecía a los uruguayos que siguieron atentos el relato de Carlos Solé. En las calles de este pequeño país de 3 millones de habitantes se desataba la fiesta. El carnaval ya era de los charrúas.

Años después, Alcides declaró: “Sólo tres personas en la historia han conseguido hacer callar al Maracaná con un solo gesto: el Papa, Frank Sinatra y yo». Ahora, se emociona cuando recuerda a sus diez compañeros de la selección que ya murieron. “Uno trata de no hablar tanto del ’50 por respeto a los que no están. Cuando me dicen ‘maestro’ o ‘héroe’ siempre les recuerdo que yo tuve la suerte de hacer el gol pero hay que ver el equipo que éramos. Fui otro más dentro de un montón de jugadores que tuvieron la felicidad de ganar un campeonato mundial y entregarle una tremenda alegría a nuestro pueblo”.

Según la prensa deportiva, Ghiggia fue en su momento lo más cercano al modelo maradoniano que tuvo el balompié charrúa. Desde 1949 hasta 1953 se hizo un nombre en la inolvidable ‘Escuadrilla de la Muerte’ del club Peñarol junto a algunos de los mejores jugadores de la historia del fútbol uruguayo: Oscar Migues, Ernesto Vidal, Juan Alberto Schiaffino y Juan Hohberg.

Por esos años, protagonizó un episodio que lo dejaría quince meses fuera de las canchas. En la mitad del súper clásico contra Nacional, golpeó al árbitro del partido en medio de un ataque de ira. Luego, en 1953, partió a Italia convirtiéndose en el primer pase internacional de la posguerra. En sus días en Roma conoció la dolce vita y con el paso de los años se nacionalizó para poder jugar la fase eliminatoria del Mundial de 1958 para la Azzurra. Sus polémicas extradeportivas, múltiples aventuras amorosas y los intensos coqueteos con la noche lo convirtieron en una suerte de Jim Morrison de los once que brillaron en el coliseo carioca “Era muy farfallone –gran cortejador-, pero tenía un corazón y una generosidad excepcionales”, comentó en una publicación el crack del fútbol italiano Giacomo Losi. Aunque sólo ganó una copa de menor importancia, se convirtió en ídolo indiscutido del Scudetto. Se quedó en Italia hasta los 37 años, primero como jugador de la Roma y luego en el Milan. Recién ahí regresó a Uruguay, donde cinco años más tarde se retiró de las canchas. El máximo mito charrúa derrochó los últimos destellos de su talento en el club Danubio.

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Hace dos años tuvo un accidente automovilístico que lo dejó al borde de la muerte. Conducía por la carretera cuando un camión lo embistió sacándolo de la pista. Los primeros partes entregados por el sanatorio Médica Uruguaya hablaban de politraumatismo y una recuperación difícil, pero a los pocos meses ya estaba en pie nuevamente. “Los doctores estaban sorprendidos con mi recuperación. Decían que fue tan rápida por mi buen estado físico del pasado”, afirma, mientras muestra el galardón que recibió a los pocos meses de su meteórica mejoría, en un homenaje en el estadio Centenario, antes del partido que disputaron las selecciones de Uruguay y Jordania con miras a Brasil 2014.

—¿De niño siempre quiso ser futbolista?

—Sí. Un día me acerqué a mi padre y le dije ‘no quiero seguir estudiando, lo mío es el fútbol’. Me respondió que si no me iba bien tenía que ponerme a trabajar. Afortunadamente, tuve suerte. En el fútbol hay que tener suerte.

—La historia habla de su fama de conquistador…

—Que sé yo, no sé. Ahora estoy casado, vos viste a mi señora. A veces para no quedar mal tenés que darle corte porque si no te dicen este es del otro lado, que uno no es ciento por ciento macho ¿sabes? …bromea, antes de lanzar una risotada. Luego, camina hacia un rincón donde tiene fotos de sus dos hijos que le han dado cinco nietos y dos bisnietos.

—En la eterna disputa de quién fue el mejor ¿con cuál se queda Maradona o Pelé?

—Jajajaja. Para mí, Pelé. Como jugador y como persona, yo he hablado con los dos. Diego es medio extraño. Con Pelé viajamos en el mismo avión al Mundial de Sudáfrica. Cuando vio que yo iba para el baño, se acercó y estuvimos conversando largo rato. Ahí me contó que para 1950 su padre había ido al Mundial y que cuando volvió a casa no podía parar de llorar. Y en ese momento, él le dijo a su papá ‘no llores que cuando yo juegue al fútbol voy a sacar a Brasil campeón del mundo’. Y lo sacó. En el sorteo nos volvimos a ver. Estaba con Ronaldo y Bebeto que se querían sacar fotos conmigo.

—¿De qué hablan entre los grandes jugadores?

—De muchas cosas pero no de fútbol, sabés. Volver a encontrarte con campeones mundiales es lindo.

—Y ¿cómo ve a la selección chilena?

—Tiene grandes jugadores. Alexis Sánchez es una gran carta. Ojalá que puedan rendir en colectivo. Hay que saber ser equipo para triunfar.

Días después de nuestro encuentro, Alcides Ghiggia volvería a revivir la hazaña de la tarde de ese 16 de julio de 1950 en Río de Janeiro. Pero, esta vez junto a más de 10 mil compatriotas y en la cancha del estadio Centenario, durante el estreno de Maracaná, la película de los directores Sebastián Bednarik y Andrés Varela. El documental, realizado a partir de imágenes inéditas reconstruye no sólo el evento sino también todo el contexto histórico en el que se desarrolló el partido más dramático de la historia.

“La producción ofrece un retrato completo de la época en que Uruguay se ganó el apodo de la ‘Suiza de América Latina’. Cuando la sociedad disfrutaba de una expansión económica sin precedentes. Era un país rico y la gente como que tenía un estado de felicidad enorme en torno a las cosas que sucedían. Pero contradictoriamente a esto, los jugadores eran tratados por la clase directiva del fútbol como esclavos. Si un club compraba tu pase podían hacer contigo lo que quisiera. Este deporte lo jugaba la clase obrera. No es como ahora que los millonarios juegan al fútbol para que lo vean los pobres. En ese momento Obdulio Varela, el capitán de la Celeste del 50 era un albañil. Previo al mundial hay una huelga de ocho meses para mejorar las condiciones laborales y durante ese tiempo lo que hicieron la mayoría de los seleccionados fue volver a sus labores, la mayoría de obreros”, contextualiza Andrés Varela, uno de los directores del documental basado en el libro “Maracaná, la historia secreta” de Atilio Garrido.

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Mientras buscaba cómo armar la producción junto a su socio Sebastián Bebnarik, se encontró con varias sorpresas que permitieron dar frescura a una historia contada mil veces. La más importante fue el hallazgo de unas imágenes que nunca fueron proyectadas durante los últimos 60 años. “En Brasil se quemó todo el material. Supuestamente en un incendio donde estaba guardado gran parte de lo que habían rodado. Sólo quedaron 15 minutos de unos informativos que es lo que repiten en las principales cadenas de televisión. A través de una exhaustiva investigación, dimos con siete latas de 11 minutos que eran las que se enviaban a los cines. Ahí, encontramos todo, imágenes exclusivas del Brasil de la época, la organización previa, la llegada de las selecciones, los conflictos dirigenciales, los partidos, la final y ese material fue el que nos permitió avanzar por un relato diferente. Fue como si la película hablara”, cuenta Varela.

“Pese a haber estado cuadrado con los aliados en la Segunda Guerra, Brasil imita a la estructura fascista del Mundial de 1934, cuando Mussolini irrumpe en la cancha entregando la copa. Muy en el tono de los saludos hitlerianos de 1938. Habían levantado el Maracaná en tiempos muy abreviados, murieron un montón de obreros en las bases de la construcción porque hacían doble horario. Los tipos lo sentían como algo muy nacional en la misma lógica que fue levantado el Valle de los Caídos en Madrid, era una vitrina al mundo. Es el Brasil de Carmen Miranda que surge internacionalmente como el continente aparte que es hoy por hoy después de ese evento”, contextualiza Varela, quien espera que la cinta llegue pronto a los cines de Chile. “Ahí van a poder ver cómo era la habilidad de Ghiggia. Su tiro y manejo de la pelota es increíble, sumado a una velocidad fuera de lo común”.

Antes de despedirse, Alcides Ghiggia confiesa que tiene grandes esperanzas en que la Copa del Mundo pueda regresar a Montevideo. “El fútbol es suerte pero a la suerte hay que ayudarla y tener una estrategia. Ahora es más fácil, los equipos se conocen desde antes, se graban y se revisan. Antiguamente no había ni televisión ni internet y no sabíamos cómo eran los rivales hasta que estábamos en la cancha”, sentencia, antes que suene nuevamente su teléfono. Es un equipo de la televisión japonesa que vendrá a entrevistarlo. “Mucha suerte a Chile”, repite antes de cerrar el portón.