El deporte es una forma para lograr la figura ideal, pero es un camino que no está exento de situaciones límite.

Olivia Newton-John tiene muchos méritos: dulce voz, belleza y una gran personalidad, características que la convirtieron en un símbolo juvenil de los ’80. Sin embargo, también se puede decir que fue una visionaria capaz de capitalizar una tendencia incipiente en la época: el culto al cuerpo. En el video de su tema Physical, la estrella recorría un gimnasio retro-futurista lleno de cuerpos masculinos trabajados, que resultaban de la transformación de un grupo de gorditos sudorosos que se esforzaban por bajar de peso.
A este lado del mundo las cosas avanzaban por el mismo camino y, treinta años después, el movimiento ya es un estilo de vida que tiene millones de seguidores en todo el planeta. Son personas preocupadas por su bienestar físico, lo que incluye periódicas rutinas de ejercicios y una alimentación balanceada.

Hasta aquí todo parece perfecto. Pero tanta preocupación por la apariencia también tiene su lado oscuro: sujetos que llevan hasta el límite ese interés por el cuerpo perfecto y que están dispuestos a someterse a desafíos físicos tan exhaustivos que caen en lo patológico.
“Hacer ejercicio en horarios dedicadas al descanso (por ejemplo, de madrugada) o buscar un volumen corporal más allá de lo razonable son claramente situaciones extremas”, detalla el sociólogo deportivo Daniel Ramos, profesor del Diplomado Gestión Psicología y Sociología aplicada al deporte de la Universidad Gabriela Mistral.
En el caso de los chilenos, su relación con la belleza ha ido evolucionando, sobre todo en el caso de las mujeres, y hoy legitimamos ciertas acciones que antes tenían una connotación negativa. Los medios de comunicación masivos, sobre todo la televisión, muestran modelos estéticos ideales que reflejan los valores imperantes en nuestra sociedad. Hoy no es extraño ver a chicas cada vez más jóvenes con varias operaciones en el cuerpo y a las que no les importa que eso se haga público. Hace 20 años, si se sabía que una reina de belleza estaba operada, perdía de inmediato su cetro.
Ese cambio de mentalidad viene desde hace mucho más tiempo del que se tiene conciencia. Se trata de procesos de civilización que tienen que ver con la forma como el hombre se relaciona con la muerte. En las sociedades arcaicas era poco habitual llegar a una edad avanzada. En muchos casos, ser viejo era visto como un castigo divino. Los guerreros estaban dispuestos a morir jóvenes por el bien de su comunidad. El hombre actual, en cambio, posee una relación diferente con la violencia, se ha civilizado y evita todo lo que se relaciona con la muerte.

HOY, LA APARIENCIA FÍSICA TIENE UNA PREPONDERANCIA CADA VEZ MAYOR y se vincula con el consumo. Según Ramos, una sociedad menos violenta sólo se puede sostener porque tiene un marco valórico ad hoc. Eso explica el surgimiento de un discurso que alaba la juventud y que privilegia un cierto fenotipo físico. Esos cuerpos tienen un mayor valor social o estatus y es posible que en algunos círculos tengan más oportunidades y logren un mayor poder adquisitivo.
En paralelo, la aparición de conceptos como el tiempo de esparcimiento o las vacaciones hizo posible la consolidación de los deportes actuales, que en su mayoría eran actividades recreativas asociadas a las clases altas y a lo masculino. Con los años se han democratizado en todos los estamentos sociales, fortaleciendo una ideología relacionada con el logro del record y el culto al cuerpo.
Así, algunas personas están dispuestas a ejercitarse a altas horas de la madrugada, por períodos prolongados o con mucha frecuencia. La exigencia de una buena figura es transversal en hombres y mujeres, por lo que muchos están dispuestos a hacer lo que sea necesario para mejorar sus circunstancias. “La masificación de las cirugías plásticas, la explosión de los gimnasios o el creciente interés por el running son sólo algunas situaciones visibles de la puesta en práctica de estos valores modernos”, señala Ramos.
El fenómeno no se ha hecho extensivo a todos los segmentos sociales, sino que se concentra especialmente en los grupos más altos o los jóvenes. En Chile, más del 90 por ciento de la población es sedentaria, situación que se replica en otras sociedades contemporáneas.
En este punto coincide el doctor Roberto Negrín, traumatólogo de la Clínica Las Condes y uno de los médicos deportivos convocados por la selección chilena para los Juegos Olímpicos de Londres. Sin embargo, existe un grupo que se ubica en el extremo opuesto, donde se incluyen los deportistas de elite y los adictos al ejercicio.

“Son personas que hacen una actividad física que sobrepasa sus capacidades fisiológicas, lo que les genera complicaciones de salud, como problemas articulares, de tendones, desgarros musculares o cardiopatías derivadas de su alta exigencia”, indica.
Un dato interesante es que el deporte, en cualquiera de sus variantes, definitivamente genera adicción. Eso porque cada vez que hacemos ejercicio, percibimos una sensación de bienestar al liberar endorfinas, unas hormonas equivalentes a la morfina, que hacen que las personas quieran seguir entrenando.
El médico comenta que existen dos momentos en que la ejercitación deja de ser saludable o normal: cuando el volumen de actividad física comienza a generar daños en la salud, como lesiones; o cuando afecta el desarrollo de la vida personal en general. Si la práctica deportiva desplaza a la pareja o al trabajo, es posible ver quiebres matrimoniales y problemas laborales.

LA ACTIVIDAD FÍSICA PATOLÓGICA VIENE ASOCIADA A UN CUADRO SIQUIÁTRICO. “Se conoce como vigorexia y que es la adicción extrema a los ejercicios. Son personas obsesionadas con sus músculos, que recurren a la ingesta indiscriminada de suplementos nutricionales —dice Negrín—. Son casos más bien extraños, menos del 1 por ciento de quienes hacen deporte. Son individuos enfermos que prácticamente viven en los gimnasios y donde la capacidad física se convierte en el centro de sus vidas”.
Esa visión distorsionada suele asociarse a otros cuadros siquiátricos como ansiedad, depresión, problemas del sueño y trastornos obsesivos compulsivos. La persona usa el deporte como vía de escape ante situaciones de estrés, así como otros usan el trabajo o la comida.
Quienes padecen de vigorexia no dudan en usar sustancias anabólicas para verse más musculosos o con mejores condiciones físicas, lo que a la larga les provoca diversas patologías, entre ellas, cáncer.

Ramos explica que, desde un punto de vista sociológico, este mayor interés por cultivar una imagen ideal —que resulta de una alta exigencia física— se relaciona con “el hedonismo y narcisismo, fenómenos asociados a la modernidad”.
Añade que la validación o la legitimación de las personas por aspectos puramente externos da cuenta de una sociedad muy superficial e individualista, que no está preocupada de formar seres integrales. “El deporte es una nueva religión que predica la construcción de un hombre pleno, pero contradictoriamente refuerza el consumismo y la búsqueda del éxito a cualquier costo”, afirma.