Existen diferentes tipos de personas. Hay buenas, malas, dedicadas, haraganas, tristes, felices. En el contexto general, la mayoría de la gente es común y corriente. Aunque en la vida también surgen espacios para los otros. Los distintos. Jorge Sampaoli es uno de ellos. Escapa a la media. Se salió de ella desde un sitio en donde casi nadie se distingue: Casilda, un lugar pequeño del interior de la Argentina.

Sus ciudadanos trabajan por la mañana, almuerzan en sus casas, duermen la siesta, vuelven a trabajar por la tarde y regresan para cenar y volver a dormir. Los fines de semana visitan las plazas y dan un paseo en auto a un ritmo cansino rodeando los bares del centro. En ese contexto, Sampaoli, ya adulto y padre de familia, hacía sus labores de forma urgente, escapaba a los horarios de oficina, no descansaba, planificaba sus entrenamientos llenando un cesto con esquemas que se hacían bollos de papel, de noche los ejecutaba y conciliaba el sueño si las responsabilidades futbolísticas lo dejaban. 

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Los fines de semana, competía. En la cancha con sus equipos, y fuera de ella con sus amigos, jugando a las cartas, provocando a todos. Su orgullo es que a pesar de incentivar la confrontación, jamás recibió un golpe en la cara. Habla de su picardía. Tenía su arrolladora personalidad como bandera y convencía a todo el mundo de hacer lo que él quería que hagan. Conquistaba.

Conducía sus coches a máxima velocidad. El Ford Escort negro al que se subían sus futbolistas para no faltar a entrenar quedó en la memoria de los juveniles de ese Alumni de los ’90 —hoy, la mayoría son directivos—, arropados por el sentido de pertenencia que les imprimía su DT. Doblaba en dos ruedas porque de lo contrario no iba a llegar adonde quería. Nadaba contra la corriente. Miraba jugadores en canchas tan marginales como las de los barrios bajos de Rosario. Planeaba prácticas en horarios remotos. Un domingo por la mañana, con conos y una pizarra en vistas de explicar un movimiento táctico. O al mediodía, a pleno sol, lanzándole centros a su arquero para que salga a cortarlos. Pasaba a buscar a sus muchachos, los hacía correr bajo cualquier clima y los acompañaba para hacerles sentir que si él podía, ellos también. Estudiaba a los rivales y les ofrecía las posibilidades necesarias para que en el campo ellos decidieran por sí mismos y exprimieran esa diferencia.

Notó que ese medio le quedaba chico. Buscó trascender. Generó todas las situaciones posibles para transgredir las limitaciones que un ambiente elitista les muestra a quienes no relucen en ninguna marquesina. Se las ingenió. Resolvió rápido y trabajó a destajo. No se cansó de luchar y se impuso al destino.

De niño me impactó. Estando en su casa, a 50 metros de la mía, corrió para atar una soga elástica e improvisar una red para mi cancha de tenis-fútbol. Quise agradecerle, pero se había ido. Solucionó y sin pausas, marcó su paso. Así era su vida. Así sigue siendo. 

Debió formarse como profesional fuera de su entorno. Reconoce que el desarraigo es muy duro. Por eso es que regresa cada vez que puede y se retroalimenta de sus raíces para que sus ramas continúen creciendo. Cuando uno habla con el Zurdo en una situación distendida, es inevitable la cita a momentos de su juventud. Pasé varios días en su casa de Las Condes, en Santiago, y en cada comida, degustando esas carnes apenas cocidas que son de su agrado, o en los trotes de unos 40 minutos que llevábamos a cabo, el tema era su entorno eterno. 

Es el espíritu que hoy mantiene. Incluso en el aspecto físico. No le gusta que el tiempo pase. Se relaciona con los futbolistas de forma directa. Lo estético, gestual, su mentalidad ganadora, las palabras adecuadas para construir el mensaje. Todo lo utiliza en pos de comprometer a sus dirigidos con su idea. El éxito más grande que un entrenador puede tener es que adhieran a sus pensamientos y los traduzcan en acciones. Ser interpretado. Lo palpo en las asiduas charlas que sostenemos. Incluso cuando comenta series de TV que ha observado —Lie To Me, Prison Break, El Puntero— busca un rédito para comunicar.

En el interior de su hogar hay un lugar que lo define: su oficina. Ahí todo es prolijidad. Una computadora portátil para almacenar detalles que vayan con él, un teléfono en función de comunicarse y un escritorio donde se apoyan algunas pocas de las múltiples distinciones que ha recibido. La decoran cuadros con imágenes significativas. La cara de ‘Dr. House’ rodeada de pastillas replican al hombre que habita ese espacio, al que le cuesta dormir porque pierde tiempo en función de estar siempre alerta. La pose de Muhammad Alí golpeando es el talento y la fuerza de un ganador que se sobrepuso a años de proscripciones y supo cómo reinar en un mundo que lo prohibía. La bandera de Alumni, el club de Jorge, su origen, la esencia de sus pasiones. El amateurismo. Un afiche de Callejeros, esa banda que en un minuto vio el sueño hecho añicos en la tragedia del boliche República de Cromañón donde murieron 194 personas; la misma que se reconstruye con el tiempo y con una fuerza de voluntad que no admite un día de brazos caídos. Es la expresión más fuerte del rock de la esquina, el barrio, tu calle y la nuestra. 

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En el pasillo, después de cruzar la puerta de la sala, aparece Evita. Eva Duarte de Perón es el ícono de un movimiento sin precedentes en Argentina. El peronismo lo abarcó todo. Las clases bajas representadas por el poder. También las altas. Los trabajadores, los sindicalistas, los empresarios. La izquierda y la derecha. Todos.

En Juan Pinto Durán comprobé que Sampa es jefe. El periodista uruguayo Víctor Hugo Morales ha dicho que se es jefe si se es generoso, se respalda a los más chicos, se planta la cara en cualquier escenario contra cualquier rival. Sampa es jefe. Sus asistentes lo admiran y lo respetan. Lo siguen adonde vaya. Eso quiere. Soldados que levanten los escudos por una causa colectiva. 

En sus inicios tuvo que esconderse en los buses de los equipos alternativos de Newell’s Old Boys para codearse con el mundo del profesionalismo. De esa forma fue como conoció aspectos logísticos que complementaban lo que veía en los entrenamientos que él mismo pedía presenciar. Más tarde, buscó altura. La encontró en los árboles de su región, donde fue fotografiado dando indicaciones en una final en la localidad de Arequito, dirigiendo a Alumni, como también en los del predio de Ezeiza. Desde allí espiaba las indicaciones de Marcelo Bielsa a los jugadores de Argentina. Su modelo inicial ya era de selección. 

Mientras, supo formarse lejos de su tierra. En Perú, entre precariedad y ansias de crecimiento. Con duros golpes y situaciones que atentaban contra su estado de ánimo, tal el caso de la salida entre sombras del camarín visitante del estadio Nemesio Diez, de Toluca. Allí encontró el principio del fin en Cristal, tras la goleada que le propinó el América mexicano en Copa Libertadores. Luego, le volvió a seguir los pasos al ‘Loco’, y fue su espejo en O’Higgins en tanto que el rosarino comandaba los destinos de La Roja. En Ecuador peleó hasta el final por conseguir un título. Logró el éxito en el primer semestre, durante el segundo sostuvo el rendimiento pero no pudo rubricarlo en la última instancia. 

Lo mejor estaba por venir. Regresó a Chile y en la U rompió todos los moldes. Renovó el plantel, se jugó por lo que creía y con sus armas, ganó. No sólo ganó, a la vez conquistó. Cautivó. El juego de ese elenco fue fabuloso. Presión, ataque, circulación, agresividad, carácter y una buena dosis de lujo. Un salto de calidad. Supo sostener ese trabajo en el medio local y después potenciarlo en el internacional. 

Tanto dio la talla que un buen día se convirtió en un seleccionador. Tomó los destinos de la nación futbolera y los encausó. Sacó boletos a Brasil y a punto estuvo de desbancar al anfitrión de su sitio más preciado. No se quedó con eso. Eligió caminar por la misma senda.

Hoy está ante un desafío muy grande. Se siente pleno. Lo domina la ilusión. Ahora es el dueño de casa y toma el asunto con naturalidad. Ostenta una lucidez total. En el encuentro previo a presentar su biografía, advertí que conoce cada instancia de lo que ocurre en la previa a la Copa América. Va por ella, aunque entiende que es la cita continental más competitiva de los últimos años. El resto, los oponentes, llegan con niveles individuales que encandilan. Lo suyo es conformar un colectivo que pueda sobreponerse a esa desventaja.

Anda por la vida al ritmo del Rock and Roll. Intenta conmover con sus letras favoritas y por eso, las lleva en la piel. Se tatuó leimotivs de Callejeros y Los Redonditos de Ricota. De aquel joven que viajaba sin dinero en los trenes a Buenos Aires a este adulto profesional serio y meticuloso que en sus ratos libres, comparte momentos de distracción en los camarines con sus héroes de la guitarra. Se abraza con Pato Fontanet, cruza mails con Gustavo Cordera —el fundador y ex vocalista de Bersuit Vergarabat— y se fascina con las historias que le acercan de Charly García. Su estampa lo puso en los escenarios, pero no todo es reconocimiento y respeto. También hay quienes no confían y lo critican. Natural de un hombre que ocupa un lugar de privilegio. No puede detenerse ante eso. Jorge Sampaoli tiene algo muy importante delante suyo. El lema es uno y lo lleva grabado en su piel. No escucho y sigo.