De vuelta en casa, en el día a día normal con oficina, casa y las mini-vikingas se aprontan para iniciar un nuevo año escolar.

La ausencia del vikingo desde febrero pasado, me ha puesto frente a algunas situaciones que, aunque parezcan simples, pueden terminar siendo un “desafío” para mí. Yo no tengo experiencia ni talento en el arte del DIY (do it yourself), los daneses —en general— tienen una maestría en el tema y mi vikingo se ha ganado el doctorado tras décadas “jugando” con ladrillos, cables, martillos… y herramientas de jardín.

Siendo la menor de cuatro hermanos y con bastante diferencia de edad, siempre hubo alguien que me hiciera la vida más fácil en casa. No es el caso aquí. Cuando llegué en el invierno del 2000, pronto me quedó claro que yo —que nací con 10 dedos gordos— debía aplicarme. No me quedó otra porque el talento natural del “hágalo usted mismo” no me fue dado al nacer.

Recién casada, esperando a nuestra primera hija, debí aprender lo que no había hecho en 30 años. Y funcionó. Pero la jardinería nunca ha sido mi fuerte… No tengo dedos verdes, así de simple. ¿O quizás nunca tuve la maestra indicada?
Al volver de India, rápidamente me di cuenta que había llegado el ineludible momento de cortar los arbustos que cubren las vallas que separan nuestro terreno del de los vecinos. También había crecido el césped, la maleza estaba de fiesta y como había olvidado avisar sobre las plantas interiores, varias de ellas fueron directo al reciclado.

Situaciones inesperadas requieren de soluciones rápidas y mientras pensaba en una me encontré a la salida de casa con mi vecina Rita.

Con sus 70 años es una mujer activa, de lo más positiva y tremendamente generosa con sus conocimientos. Por eso cuando le conté mis preocupaciones pensando en cómo cortar esos arbustos, muy pronto llegó con tres tipos distintos de tijeras de podar, su podadora eléctrica para cercas, escaleras y taburetes y su buena dosis de paciencia con esa sonrisa que la caracteriza. Y ahí comenzamos. Poco a poco, intentando –en buen chileno- “no echarme la cerca” y mantener las líneas lo más derechas posible, tanto por arriba como por los lados.

Cuando el vikingo está en casa, él se encarga de estas tareas porque dice que lo relajan. Ahora lo entiendo y comparto ese sentimiento. Mientras jardineábamos, Rita me habló de las fechas en que deben podarse las distintas cercas, cuándo hay que hacerlo con las otras plantas –que hasta ahora yo había podado con suerte y casi al azar-. Me habló de los cuidados que requiere un jardín dependiendo de las épocas del año, cómo regar correctamente y cómo se mantienen las herramientas del jardín. Hablamos de la vida, de su difunto marido y del mío en Kabul, de recetas danesas y chilenas también… y jardineamos.

La entrada de la casa se ve ahora verde y bonita; también las cercas que nos separan de los vecinos en el patio. No creo tener “dedos verdes” pero ahora me entusiasmé y descubrí que hay más plantas que las orquídeas que me enloquecen y cuyo cuidado me enseñó un amigo que ha vivido en Asia la mitad de su vida.

Ahora entiendo también un poco más esa pasión que Claude Monet sentía por su jardín, ¡no por nada escribió “Mi jardín es mi más bella obra de arte”!

La lección que aprendí me ha hecho reflexionar sobre la belleza, la paciencia y la delicadeza necesaria para el cuidado del jardín. De más está decir que el vikingo está, además de sorprendido, feliz de pensar que desde ahora puedo asumir sus tareas de jardinería… ¡y con un enorme placer!

 

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