Uno de los hoteles más lujosos del mundo se encuentra en Abu Dhabi, la capital de los Emiratos Arabes Unidos, una ciudad de un millón y medio de habitantes, todos inmensamente ricos y saludables, que goza de una situación privilegiada en un rincón de la Península Arábiga, en la entrada del Golfo Pérsico.

Colonia británica hasta 1971, este país de recolectores de perlas fue territorio beduino hasta que se descubrió petróleo en la zona, y se convirtió, junto al resto de los estados del Golfo, en una de las economías con más ingreso per cápita del mundo lo que les permite a sus ciudadanos tener todos los servicios gratis incluida la educación en el extranjero y una vivienda cuando se casan.

En este pequeño infierno paraíso, 48 grados a la sombra en verano, mirando de reojo hacia las arenas de uno de los desiertos más áridos del mundo, el Emirates Palace Hotel se abanica rodeándose de grandes parques, decenas de fuentes de agua, incontables piscinas, su propia playa privada de arena blanca, y la marina mejor dotada de la región.

Como su nombre lo dice, este hotel tiene el privilegio de recibir a los emires de todo el Golfo con sus familias, sea porque hay un gran evento político, económico o cultural o, simplemente, porque Abu Dhabi, como su hermana Dubai, es más relajada en las reglas morales musulmanas que sus vecinos saudíes u omaníes.

El hotel tiene 394 habitaciones y varias suites, algunas arrendadas todo el año por alguna familia real. Estas son famosas por cobijar a los jeques emiratíes y a sus vecinos de la Península como la jequesa Moza de Catar antes de la crisis que aisló a los cataríes, o el inescrutable Sultán Qabús de Omán, o los reyezuelos y príncipes sauditas y kuwaitíes.

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La decoración de las habitaciones es menos recargada que la de otros grandes hoteles de Estambul o El Cairo y son extremadamente gratas para individuos, parejas o familias. Están completamente aisladas de las zonas de negocios y sus pasillos y muros, recubiertos de un mármol ineluctable, le dan un toque de frescura que el cuerpo reclama después de venir de las llamas que queman el exterior.

Los emires no sólo se alojan con sus familias completas, que en varios casos supone más de una esposa y muchos hijos, sino que traen a todos sus sirvientes. Las suites reales, por lo tanto, tienen cocinas para que sus altezas no puedan ser envenenadas como se acostumbra en la zona cuando alguien desentona con la voluntad de los que mandan.

Desde el exterior, el Palacio de los Emiratos, parece una fortaleza musulmana india, dura y mayestática. Sin embargo, su interior está lleno de recovecos acogedores e íntimamente oportunos llenos de empleados que parecen nacidos para servir. Un detalle que debe ser aplaudido es que, además de su función como hotel con restoranes de muchas estrellas, el Palacio se ha transformado en una vitrina de arte mundial, teatro y cine.

Su gerente nos dice que dormir allí está al alcance de todos los bolsillos. Porque aunque la suite real más cara vale 20.000 dólares la noche, no hay que angustiarse, se puede pedir una habitación estándar que sólo llega a los 400 dólares diarios.

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En el Emirates Palace nadie se queda sin comer a gusto. Más de 20 restoranes de todo tipo y sabor. Sobresalen, según los sibaritas, el Diwan, de comida libanesa y el Hakkasan, de comida cantonesa, que ya entró en el Olimpo de las estrellas Michelin.

En el Palacio de los Emiratos, el oro y las hojas de oro campean por todas partes. Difícil de creer pero las llaves de las suites son una moneda de oro. Los grifos son enchapados en una fina capa áurica. Y lo mejor: hay cajeros automáticos desde los cuales se puede sacar pequeños lingotes y joyas.

Por último, una experiencia religiosa: una de sus cafeterías ofrece un capuchino adornado con pepitas de oro reales de 24 quilates.  Los camareros dicen que hacen muy bien para la piel.