Uno de los grandes desafíos al casarme y venirme a Dinamarca ha sido la maternidad. Llegué aquí con semanas de embarazo y sintiéndome pésimo. Pasó un embarazo, nació una vikinga muy blanca y de pelo oscuro; 15 meses después vino la segunda, rubia como el vikingo. Ahí comenzó mi nueva identidad: Tati, la mamá.

Casi me morí cuando un día el vikingo, mi marido, me dijo muy amorosamente que él haría dormir a la niña; media hora después me encontré con que nuestra hija estaba durmiendo plácidamente en su coche, afuera… Era octubre y el otoño era frío. Ahí vino nuestra primera discusión como “padres”, hasta que miré hacia la casa del frente donde el pequeño Nikolaj también dormía en el exterior, lo mismo que Clara, unas casas más allá. Es una de esas situaciones de espanto para los extranjeros cuando ven la escena en supermercados y cafés y que para los daneses es de normalidad absoluta.

Son pequeñas grandes diferencias que hacen que tu experiencia como “mamá extranjera” sea todo un desafío, más allá de si eres primeriza o no.

A mí los miedos me agobiaban y me siguen atacando de tanto en tanto. Hay momentos en que me lo cuestiono todo, y ni siquiera está mi mamá o alguien que hable mi idioma para pedir ayuda o conversar. Eso mismo me hizo quizás más fuerte, más creativa, abierta a “probar”, ávida de leer lo que se me cruzara —impreso u online—, en el idioma que fuera.

En Dinamarca a los niños se les deja experimentar más, no se les fuerza a nada, todos fluyen a su ritmo infantil y van aprendiendo por sí mismos. Si se caen no corren desesperados a limpiarlos y consolarlos, sino que les dicen “¡arriba otra vez!”. Les falta una dosis de disciplina, observo desde mi crianza chilena, pero largas conversaciones con el vikingo y otras madres me han hecho ver el crecimiento de nuestras hijas desde un ángulo distinto. Aprendí a tomarme las cosas con más calma, a no ser obsesiva a la hora de planificar porque con niños todo puede ser y, lo más importante, que cada uno es un mundo distinto, lleno de sorpresas y desafíos y que no existe guía alguna, más que el corazón, para seguir su formación y crecimiento.

Soy de una generación donde había una “respetuosa distancia” con nuestros padres y vivo en un país con un profundo sentimiento igualitario, a todo nivel. Eso hace que si mis hijas en un momento de agitación me dicen “Tati, pásame eso”, yo reaccione sabiendo que lo están pidiendo con el mismo respeto y cariño que si dijeran “mamá” o “mami”. De más está decir que todas sus amistades me llaman también Tatiana o Tati y jamás “tía” que es como yo sigo llamando a las madres de mis amigas.

Aquí he podido, sin grandes problemas, ser una mamá que trabaja porque la flexibilidad laboral lo permite y sé que si hay enfermedades o situaciones imprevistas puedo seguir trabajando de casa y ya. Eso me ha ayudado a sentirme un poco menos “culposa” que algunas de mis amigas-mamás en Chile.

He sido madre en circunstancias muy distintas a las que tuvo mi mamá. Eso me ha hecho admirarla aún más y ese cariño infinito que ella genera tiene aún más sentido. Ella es afectividad en estado puro; está hecha de entrega, amor, dedicación, respeto… y un toque serio de disciplina. Los años y la vida misma no han borrado su sonrisa sino que le han dado una paz y una paciencia a prueba de todo. Es mi mamá, única, inigualable e intransferible. Ella es una bendición que merece un “Feliz Día Mamá” —y “colega” también ahora— en cada amanecer del año.

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