“Pero el dinero es de ellos —respondió Feynman—, se lo ganan con su trabajo. Tu obligación es convencerlos del valor que tiene determinar la edad del universo y si no lo consigues… deberás entretenerte con tu propia plata”.

Saliendo del mall, con los ojos entrecerrados por la luz, no reconocemos el paisaje, lo encontramos feo y protestamos: ¿Dónde está el político, no lo dejé cuidando el auto y el parque mientras yo entraba a comprar mis cositas?

Debiéramos tener presente este diálogo al discutir sobre el financiamiento público para la cultura y las humanidades.
Los ciudadanos de hoy caminamos con una fea contorsión: nos rendimos a la corriente voluptuosa del consumo al tiempo que nos quejamos de sus consecuencias (estrés, destrucción de la naturaleza, desaparición de los barrios…).
Para eludir esta vergonzosa contradicción nos hemos inventado un malo: el político. Saliendo del mall, con los ojos entrecerrados por la luz, no reconocemos el paisaje, lo encontramos feo y protestamos: ¿Dónde está el político, no lo dejé cuidando el auto y el parque mientras yo entraba a comprar mis cositas?

Pero sabemos que el verdadero responsable vive dentro nuestro, sabemos que el mercado nos da fútbol porque le pedimos fútbol, pero que si quisiéramos ópera nos daría ópera. No nos gusta pensar así porque nos obliga a reconocer que el paisaje es una proyección de nosostros mismos. Lo irritante del mercado es que es profundamente democrático.
¿Cómo defender entonces esos territorios sutiles que sólo valoran unos pocos? ¿Por ser pocos deben sentarse a ver cómo se desmantela un edificio cultural que jamás será defendido por la mayoría? ¿A contemplar cómo la matrícula de historia, letras y filosofía cae año tras año? ¿Qué pueden hacer quienes han escalado la colina y han visto desplegarse un paisaje más bonito y valioso que el del valle?

El intelectual elitista exige que sea el Estado el que financie y proteja ese paisaje. Es válido, mientras no olvide que la plata es de otros y que deberá hacer un esfuerzo que aún no ha hecho.
Los intelectuales son cómplices de la extinción de las humanidades; por satisfechos, por confiar en que viejos prestigios heredados de cátedras europeas justifican financiar sus actividades con la plata de gente que tiene otras necesidades (más simples) y otros gustos (más vulgares).

El intelectual que pida la plata de otras personas para dedicarse a estudiar declinaciones latinas, va a tener que empezar a articular con la precisión de Cicerón…

El intelectual que pida la plata de otras personas para dedicarse a estudiar declinaciones latinas, va a tener que empezar a articular con la precisión de Cicerón las razones por las cuales la sociedad debiera invertir en cultura, con argumentos más válidos que un guiño de ojo entre eruditos.

Por mi parte, creo que las humanidades merecen apoyo y protección del Estado. Creo que la cultura es eso que da resplandor al mundo; insufla vida y sentido a lo que de otro modo sería un solo y gran estacionamiento de autos. Pero esto tengo que demostrarlo.