Una revista de los años veinte muestra técnicas de nado con ilustraciones de una persona que, acostada sobre su abdomen en una mesa rectangular, bracea en el aire. Fotografías de la época retratan a mujeres y hombres vestidos elegantemente sentados en la arena contemplando el océano. El miedo al mar, a principios del siglo pasado, era un lugar común. Nadie se metía al agua. Con el pasar de los años, los chilenos fueron incorporando algunas ideas europeas y estadounidenses sobre las bondades del baño marino y la vida sana. Recién ahí, se animaron a ir más allá. Las mujeres, con vestidos que llegaban hasta los tobillos, entraban al agua y salían corriendo como si la lluvia las hubiera pillado sin paraguas. Los hombres, con pantalones y suspensores, imitaban también estas acciones, tímidamente. Una cuerda amarrada a una boya hacía de salvavidas. Afirmados del cordel, los más osados entraban al agua para salir del mismo modo y así no ser arrastrados por las olas.

Esos eran los veraneos en las primeras décadas del siglo XX. Un mundo casi inimaginable para quienes nacieron con la cultura touch y las redes sociales. Viajar de Santiago a Viña en una hora y media era una utopía para ellos; aventurarse con una tabla por las olas, ni hablar. Con suerte los hombres se atrevían a abandonar el traje de baño completo para quedarse sólo con la parte de abajo.
“En el caso de la mujer, de a poco se va acortando el vestido y el mundo se hace más práctico, comienza a ser más importante la eficiencia y el traje de baño se va simplificando. Con los hombres pasa lo mismo: al principio salen muy vestidos y después se pasa a los culottes (prenda que cubre la parte inferior del cuerpo), para terminar en el traje de baño clásico. Alrededor del 1930 empiezan a aparecer conceptos que tienen que ver con la higiene y la salud, el tema de la depilación efectiva o el bronceado, por ejemplo”, comenta la historiadora Olaya Sanfuentes.
El bikini, que irrumpe por primera vez en Chile en 1963, causó más de alguna polémica. Como cuenta la autora Pía Montalva en su libro Morir un poco: moda y sociedad en Chile, en esa época, el arzobispo Emilio Tagle declaró que las mujeres que usan estas prendas “son responsables no sólo del daño que se hacen a sí mismas (…) sino de su cooperación a la relajación social”. Aunque hubo amenazas de excomulgar a quienes usaran bikini, finalmente esta idea nunca se ejecutó.

CARTAGENA, VIÑA DEL MAR Y ZAPALLAR ERAN LOS ÍCONOS VACACIONALES para las familias acomodadas de principios del siglo pasado. A estos lugares se accedía en tren, que se tomaba en Estación Mapocho o Estación Central, y luego se abordaban caravanas en carreta o góndolas (una especie de liebre actual) para llegar a los balnearios. Tras la introducción del automóvil y el desarrollo de las carreteras, algunas familias privilegiaron viajar en este medio de transporte, aunque en el trayecto sufrían varias panas y demoraban más de veinticuatro horas en llegar a las playas más cotizadas. Los veraneantes se instalaban literalmente con camas y petacas: llevaban muebles, colchones y todos los implementos necesarios para estadías que duraban hasta tres meses completos.
Según muestra la serie documental Chile íntimo, de la directora Viviana Flores, después de 1931, cuando se legalizaron las vacaciones pagadas, Ferrocarriles del Estado ofrecía paquetes turísticos para movilizar a la población. Aparecen las excursiones por el día a la costa, lo que popularizó más las playas. El caso de Cartagena es emblemático. Con la llegada del tren, se masificó la presencia de visitantes, debido a lo cual la clase alta decidió instalarse en el vecino Las Cruces, un balneario más exclusivo para la época.
Los trenes sobreviven hasta el auge de los buses, en los años ochenta, lo que democratizó aún más el veraneo.
Zapallar, por su parte, tiene su segunda y más importante fundación después del terremoto de 1906, cuando en esta playa exclusiva y de difícil acceso empiezan a levantarse cada vez más construcciones. En su época, se decía que esta playa tenía el “clima perfecto”, al estilo de los más destacados balnearios europeos. Pero para llegar allí había que ser paciente. El tren dejaba a los veraneantes en Catapilco, desde donde se tomaban carretas a cuatro caballos que tardaban tres horas en arribar. Su geografía y precariedad vial le otorgaban a Zapallar el título de referente vacacional de la clase acomodada.

¿CARPAS O QUITASOLES? LA PREGUNTA TIENE QUE VER CON LA METAMORFOSIS VERANIEGA. En la actualidad, la postal estival es más o menos la misma: las familias se reúnen bajo coloridos quitasoles que acogen al veraneante ya cansado del sol. Quien quiera permanecer en un buen sitial del territorio playero debe llegar temprano, ya que para las doce del día la primera línea costera está copada. Antiguamente, sin embargo, los quitasoles no existían y eran carpas las que, durante toda la temporada de verano, quedaban instaladas en la playa. Cada familia tenía la suya, y ésta no se movía del lugar donde era dispuesta las primeras semanas de diciembre. La carpa era casi una especie de inmueble. Una propiedad privada de uso familiar que servía tanto para dejar los enseres personales como de cabina de vestir.
Recién en los años cuarenta, el veraneante comienza a gozar de las termas y los lagos, y ya no es la playa la única posibilidad de veraneo. La aparición de las carreteras es clave. Hoy, según la última encuesta de Sernatur poco más del treinta por ciento de los turistas nacionales viaja en bus, mientras que el cincuenta por ciento lo hace en automóvil. Del total restante, sólo un diez por ciento, que generalmente pertenece a la clase alta, ocupa el avión.

El uso de los aviones comerciales en Chile empieza alrededor de los años treinta, cuando se crea la Dirección de Aeronáutica Nacional. De esta forma, además de los destinos extranjeros, los chilenos pueden llegar a sitios remotos o menos explorados del país.
Así, lugares como Isla de Pascua, San Pedro de Atacama o Torres del Paine se convierten en opciones para los chilenos. En sus inicios, el turismo en Rapa Nui, que actualmente es una de las actividades económicas más potentes de la isla, fue complejo. Corría 1950 y unir en vuelo Chile continental con Isla de Pascua era una de las grandes aspiraciones de la Fuerza Aérea nacional, en especial del capitán de bandada Roberto Parragué Singer. Era la tarde del 19 de enero de 1951 en La Serena y nueve hombres, incluidos capitanes y tenientes, esperaban impacientes subirse al hidroavión Consolidated PBY Catalina, un modelo de aeronave ampliamente utilizado en la Segunda Guerra y uno de los más producidos de la época. El avión había sido previamente bautizado como Manutara por los isleños, en honor a su ave sagrada. Ese atardecer, las personas apostadas en el aeródromo La Florida veían despegar la aeronave y a su entusiasmada tripulación. Cuenta la historia que después de diecinueve horas y veintidós minutos de vuelo, en el límite de su período de navegación y cuando el reloj marcaba la una y media de la tarde, el capitán Parragué gritó: “¡La isla!”. El grupo de hombres fue recibido con honores por decenas de isleños que corrían por los cerros para observar de cerca al Manutara.

Ese día y por algunos años, quienes visitaban la isla debían alojar en carpa, toda una travesía para los turistas. El primer vuelo comercial a Isla de Pascua se consolidó en 1967. Hoy son alrededor de cincuenta mil personas las que viajan anualmente a este destino.
Por su parte, el Parque Nacional Torres del Paine y San Pedro de Atacama han pasado a ser visitas obligadas para los amantes del outdoor. El primero, el parque chileno con más visitas extranjeras, fue creado bajo un decreto del Ministerio de Agricultura el año 1959 y declarado Reserva de la Biosfera por la Unesco en 1978. Desde esa fecha su popularidad ha crecido en el país, aunque todavía alberga casi un treinta por ciento más de visitantes extranjeros que nacionales. En el caso de San Pedro de Atacama, según cifras de la Subsecretaría de Turismo de Chile, en los últimos años son más de doscientos cuarenta mil visitantes los que llegan a la comuna anualmente.
Playas, lagos, termas, parques nacionales y salidas al extranjero. Cada vez son más las opciones de los chilenos para veranear. De seguro ningún ancestro habría pensado que hasta existe una empresa de turismo espacial que ofrece viajes privados a la Luna.

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