“La manera en que los dictadores se relacionan con las mujeres refleja su comportamiento frente a la sociedad”. Para Rosa Montero éste fue el puntapié inicial de su libro e investigación. Sin embargo, al mirar el título, lo que causa curiosidad es saber cuál es la verdadera relación entre Francisco Franco, Adolf Hitler, Benito Mussolini y Joseph Stalin. A primera vista queda claro: todos fueron tiranos, pero a medida que se desentrañan detalles desconocidos en cada una de las páginas, Dictadoras se transforma en una reflexión sobre la sicopatía de estos personajes: narcisistas e incapaces de sentir lástima por los otros.

El aspecto que más se repite en los tres —a excepción de Franco— es su sentido perverso del amor: El Duce, Hitler y Stalin utilizaban a las mujeres como si fuesen una especie de ‘fan enloquecida’ por el artista, es decir, las sensibilizaban a partir de sus palabras, promesas, y ellas se ‘derretían’ al escucharlos. El Führer siempre fue muy claro de cuál era su estrategia de escalada política y la relación que ésta tenía con el sexo femenino: En 1923 le dijo a un amigo: “¿Sabes que el público de un circo es exactamente como una mujer? Quien no comprenda el carácter intrínsecamente femenino de las masas jamás será un orador eficaz”. Y aparentemente así lo fue. Con el tiempo recibió cerca de 150 mil cartas de admiradoras, quienes le pedían que fuese su amante, y él para no defraudarlas, mantenía a escondidas a Eva Braun, su esposa.

Sin embargo, historiadores —como David Solar, Luis Reyes Blanc, entre otros— que colaboraron con la periodista española, dicen que el gran amor del austriaco fue su sobrina Geli Raubal: “Todos los que la conocieron aseguraron que era muy bonita, con mucha vida, alguien a quien le gustaba salir y divertirse… Hitler era más que sobreprotector, la fue atrapando en una red de la que la joven no podía escapar. Siempre había alguien del partido cerca de ella vigilándola y la casa se transformó en una cárcel”. La historia de amor que empezó con mucha ilusión terminó en un encierro que la llevó al suicidio.

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El cuento sobre las mujeres de Iósif Stalin es similar. Al igual que Hitler, el dictador ruso “era un desequilibrado incapaz de condolerse por el prójimo y tenía un sentido de amor perverso”. Rosa Montero asegura que “para él, ellas eran simplemente un espejo en el que mirarse para magnificar su propia imagen… Se adaptaban a ese papel”. Kato, su primera mujer, cumplió con la regla, se acopló a su personalidad y no tuvo las agallas para enfrentar su carácter: el hombre feroz ‘acabó’ con su vida. Aunque su marido lloró por la pérdida, no demoró en encontrar a su segunda mujer: Nadezha Serguéievna, una joven bolchevique muy alegre y pura en su ideología.

La historia del ‘hombre de acero’ y Nadia —como se le acuña en Dictadoras— para Montero es interesante y trágica; ella debió no sólo callar y ocultar las constantes humillaciones y maltrato físico que él le propinó, sino que también tuvo que dejar de lado su carrera político-profesional. El líder bolchevique quería que su mujer fuese una ama de casa dedicada a él y al hogar. Es así como boicoteó su ‘futuro’, ya que la veía como una amenaza a su poder, pues ella tenía las herramientas para opacarlo. Con el tiempo, la joven se transformó en una opositora de su marido por su brutal política, fastidiándolo constantemente con los comentarios que decían sus compañeros universitarios sobre él. Finalmente al no soportar los malos tratos de Stalin, su historia terminó de la misma manera que la de Kato: se pegó un tiro en el pecho al no conciliar con el avasallador carácter de su marido.

El Duce seguía una línea similar. Fuera de distinguir entre la mujer útero —o esposa— y la mujer vagina —sólo para sexo—, Mussolini habría tenido 600 acompañantes, de las que sólo de 60 se conocen algunos datos bibliográficos. Las protagonistas son dos: su esposa, Rachele Guidi y su ‘fiel’ amante, Claretta Petacci. “Doña Rachele tenía un carácter prosaicamente práctico, discutidor, severo y autoritario, a veces más que el marido”. Ella siempre estuvo al tanto de todas las infidelidades, pero al ser una mujer tradicional, se mantuvo a su lado. Clara, en cambio, lo dominó: “Era como cualquier pobre marido de una esposa celosa… Fascista, antisemita, convencida de todo esto en su fuero interno”. Con la caída del régimen, Claretta fue colgada junto a Benito Mussolini en frente de la multitud.

En cuanto a Francisco Franco su hazaña en este ámbito es totalmente diferente. A él las féminas no lo adoraban, ya que como se describe en el libro “era un tipo peligrosamente aburrido y gris en todo, incluso en el tema del amor y las mujeres”. En 1923 contrajo matrimonio con Carmen Polo, una joven de Oviedo y familia reconocida por la aristocracia. Desde el primer día ella fue quien cumplía con el rol de autoritaria: “Era codiciosa… nada generosa y tenía gustos muy extravagantes”. De acuerdo a lo que Montero narra, a diferencia del resto de las ‘dictadoras, jamás fue sumisa. De hecho, la gran parte de su ambición es parte de las ansias de revancha del caudillo por una infancia infeliz.

Aunque la historia de estos cuatro personajes históricos aparentemente está sellada al ser países que hoy están dirigidos bajo regímenes democráticos, Rosa Montero ha dicho que en Italia y Rusia aún existe cierta admiración por sus dictadores. ¿La razón? Italianos y rusos creen que esa época fue la única en que se vivió en auge económico y social.

Tras tres años de investigación,  la periodista concluye su trabajo en que “las ‘dictadoras’ fueron víctimas de “relaciones que fueron patológicas” y no puramente de amor.