Pocos escritores chilenos tienen un prestigio tan amplio siendo tan poco leídos, particularmente por el grueso público, como el Premio Cervantes y actual embajador en Francia, Jorge Edwards. Otro dato decidor en relación a él es que suele ser blanco de la insidia, envidia y mala leche de muchos de sus colegas, particularmente de los que tienen orígenes diferentes al suyo. No se le perdona ni el apellido, ni su pertenencia de toda la vida al servicio diplomático y, obviamente, su éxito en una industria donde el fracaso y la ingratitud son la norma.

 

Recuerdo con alguna jocosidad cómo cierto novelista nortino, best seller mundial, me contó un episodio incómodo que vivió en el departamento de don Jorge, frente al cerro Santa Lucía, hasta dónde llegó invitado amablemente por el dueño de casa, junto a otros escritores, a participar en una amistosa tertulia. El pampino en cuestión se encontró de pronto, servido con un plato de brebaje con aspecto extraño y reclamó en voz alta que la sopa estaba demasiado fría. El anfitrión, entonces, según contaba el afectado, medio burlón –dice– lo apabulló con una detallada explicación culinaria sobre las diferencias entre el gazpacho y la sopa propiamente tal. Evoco la escena y veo por un lado al dueño de casa detallando con entusiasmo y simpatía recetas y preparaciones, para nada pedante, sino al contrario; y por el otro al obrero devenido en novelista, expuesto en su ignorancia social, avergonzado, azuzado en el proverbial resentimiento de clase que ni las grandes ventas, ni los reconocimientos, ni los jugosos cheques de los premios que ha recibido, le han quitado. “Ese viejo además no tiene ni un brillo para escribir, si no fuera cuico no lo conocería nadie”, remató.

Ciertamente en Los círculos morados, el primer volumen de sus memorias, Jorge Edwards se hace demasiado cargo, para mi gusto, de maledicencias como esa y se lamenta largamente del acertado, según él, juicio-advertencia que le hizo de Pablo Neruda luego de leer su primer libro de cuentos: “Llamarse Edwards y ser escritor en Chile es muy difícil”. Como si a estas alturas aún necesitara disculparse por escribir y, al mismo tiempo, ser un aristócrata a veces cursi que intercala citas en francés. Sin embargo, los recuerdos de don Jorge dan cuenta de algo más, mucho más profundo y universal, un padecimiento común a quienes sufrimos del bendito mal, la necesidad irrefrenable de atesorar palabras: querer dedicarse a leer y escribir es prácticamente incompatible con una “vida normal”.

En el seno de su propia familia, en los pasillos hipócritas del colegio de curas –donde padeció el abuso de un sacerdote pedófilo, episodio del que da cuenta con una naturalidad horripilante y a la vez, increíblemente sana– en la escuela de derecho, en sus propios tira y afloja entre el deber y el querer ser, el autor va narrando un calvario que apenas es mitigado por un, al menos para mí, sorprendente y precoz éxito con las mujeres, de una dichosa amargura que disuelve en generosas cantidades de vino barato, de ese que deja manchas –círculos morados- en las comisuras de los labios.

 

Quien no haya leído aún este libro, maravillosamente escrito, podrá tal vez seguir pensando que Jorge Edwards, heredero de fortuna, abogado, diplomático cosmopolita, amigote de las vacas sagradas, regalón indiscutido de la élite literaria hispanoparlante, es el menos indicado para afirmar algo así. Pero recorriendo estás páginas, entre anécdotas y reflexiones espontáneas y más bien desorganizadas sobre el arte de escribir –acaso el valor superlativo encerrado entre estas líneas–, uno es testigo de cómo un alma sensible y delicada debe coexistir con la brutalidad de una humanidad que apenas vislumbra algo más valioso que acumular posesiones, estatus y poder. Un sino que, sin duda, no reconoce clases, condiciones ni apellidos. Es, a fin de cuentas, la crónica de un espíritu escritor que se abre paso desde las catacumbas de sí mismo, a pesar tal vez de sí mismo, para salir a la luz a decir lo suyo, léalo quien lo leyere, “pese a quien pese”, como diría Alessandri Palma.

Entre borracheras precoces y aventuras románticas, muchas veces dramáticas, desfila gran parte de la fauna literaria chilena del siglo XX, delineada con precisión, agudeza y un poco disimulado cariño. La magnífica prosa de don Jorge y sus recuerdos, seguramente adornados más o menos voluntariamente con su talento para describir atmósferas, caras, contextos, le permite retratar personalidades y señalarlas en sus respectivos destinos, trágicos, tragicómicos, miserables muchas veces, pocas edificantes, pero aún así, humanos, nobles y hasta se diría épicos, en escenarios la mayoría ya desparecidos, al que el lector se ve transportado súbita y suavemente, donde se contagia de añoranza y admiración por esos tiempos previos a esta miserable edad folletinesca de la televisión basura, del analfabetismo funcional y la existencia sin ideales, donde la política es cosa de malos payasos y el amor otra hamburguesa con papas fritas de cartón.

Reconozco, como ha de reconocer usted, que no soy un especialista en la obra de Jorge Edwards. Aparte de Persona non grata (¿interesará hoy ese relato formidable de la infame Cuba de Castro, como interesaba hace 20 años?) y Adiós… poeta, su libro sobre Neruda, he leído a penas si un poco más. Pero después de finalizar, con pesar y resignación, el primer volumen de sus memorias, me explicó por qué está donde está, rodeado del afecto y admiración que le tributa una grey de incondicionales en la que ahora, lo digo sin premura, pero sin claudicaciones, me cuento con orgullo. ¡Brindo por usted, y agradezco su vida maravillosa, don Jorge!

>@Daniel_Trujillo

>LEA Entrevista de CARAS a Jorge Edwards

“Ser embajador y escribir ha sido francamente agotador”

 

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