Es Tomás Munita, quien, comisionado por América Solidaria, estuvo en Haití y recorrió con su cámara lugares donde la miseria se parece al infierno. Pero en vez de expresiones lastimosas trajo de regreso imágenes de fortaleza y dignidad. Como estas mujeres retratadas en uno de los campamentos más pobres del país, más pobres de América.

Donde hay un ser humano, hay esperanza, parecen decirnos sus sonrisas. Rostros despejados, sanos, alegres. Me emociona su confianza. Su estar digno en un lugar aparentemente indigno. El momento que el fotógrafo elige y retrata me toca. Esa podría haber sido yo, pienso, y esos podrían haber sido mis hijos.

¿Qué puedo hacer por ellas?, me pregunto.  Meto la mano a la cartera y saco unos billetes. ¡Una limosna, por caridad!, me digo. Ellas no me la están pidiendo. Me detengo. ¿Resolverá mi generosidad el problema de injusticia y desigualdad que viven esas mujeres que reconozco como mis iguales?

Caridad. En el colegio donde estudié esa palabra, escrita en cartulinas de color, empapelaba las salas de clase como en año electoral los rostros de los candidatos que cuelgan en las calles. Amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Darás sin esperar nada a cambio. Ayudarás al que menos tiene, al que sufre, porque ahí está el rostro doliente de Jesucristo. Ese era el mandato. Dar. Socorrer. Asistir. Nada de luchar por reducir las brechas de desigualdad ni eliminar la pobreza. Defender derechos, criticar la injusticia se llegaban a entender como actos subversivos. Era como si la pobreza material fuese por flojera, mala suerte o designio divino. Era posible aliviarla pero no luchar por acabarla.

Hoy vivimos un momento de inflexión en la historia social de Chile: hay incertidumbre por las modificaciones que se avecinan, pero ya son pocos los que piensan que no necesitamos cambiar para ser un país más sano, justo y pacífico.

Las fotografías que Tomás Munita expone en el GAM, desafían, hacen reflexionar. Ojalá también movilizaran. Porque ya lo sabemos: la generosidad individual alivia la urgencia, pero no resuelve el problema. Esas mujeres de caras lavadas y sonrientes confían en que no descansaremos hasta haber generado las condiciones para que ellas y sus hijos tengan una vida digna y plena en derechos. Como la nuestra.