En medio de las colinas del appennino forlivese aparecen viñedos y campos cultivados que se combinan casi sin darse cuenta con las pocas zonas salvajes restantes, donde en temporada de caza, el cinghiale, un jabalí de pelaje oscuro, intenta esconderse de los cazadores. Es en este territorio habitado por poco más de seis mil personas donde Predappio vive una doble realidad, por un lado está unida indisolublemente con la figura de Mussolini,  y por otro, su profunda identidad antifascista reclama el derecho a no tener que pagar el precio de la historia y vivir bajo el estigma mundial que la encasilla como ‘la ciudad del fascio’.

Las calles de Predappio están casi desiertas, de tanto en tanto nos encontramos con un anciano que descansa fuera de un bar con un vaso de vino entre las manos y quizá qué recuerdos en la mente o algún otro que, sentado en una banca, lee el diario a la sombra de un árbol disfrutando del simple dolce far niente, o un grupo de jóvenes que se divierte escondiéndose tras los arcos de la Piazza Garibaldi. Esta tranquilidad es interrumpida cada 28 de abril (nacimiento del Duce), 29 de julio (su muerte) y 28 de octubre (la marcha sobre Roma, hito que detonó el alza al poder del fascismo) con la llegada de casi tres mil camaradas que provenientes de toda Italia arriban para conmemorar cada aniversario.

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A fines de abril las calles de esta ciudad son invadidas por buses, motos y autos de los que descienden familias completas, desde niños que duermen en sus coches, jóvenes skinheads con pantalones militares y la palabra DUX tatuada en el cuello hasta ancianos eternamente huérfanos de quien, según ellos, fue la única figura política que supo elevar Italia a la grandeza. Son personas cercanas a los ideales de la extrema derecha, son quienes recuerdan el régimen con melancolía y creen con ferviente devoción que el mundo ideal sería uno gobernado por el Duce. 

Es imposible encontrar un hotel disponible y el agroturismo de la región pasa un buen momento gracias a quienes llegan para revivir y recordar el inicio de los 20 años de fascismo. Las calles y parques se llenan de verdaderos personajes vestidos de perpetuo negro, camisas negras, chaquetas negras, sombreros Fez negros, siempre de negro, es la representación de su fe e ideales. Bajo un cielo despejado flamean banderas con el águila romana, mítico estandarte de la República Social Italiana, mientras a lo lejos se escucha el cantar de “Eia Eia Alalà!” y los saludos romanos son infaltables. 

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En la Piazza San Antonio, reunidos a la sombra de la iglesia de San Antonio de Padova, con la vista fija en la Casa del Fascio, el edificio símbolo del régimen que gracias a su imponente tamaño y contraste de colores entre rojo y blanco crea un efecto visual proyectado con más fuerza por la presencia de la torre littoria, y bajo la atenta mirada del Palazzo Varano, actual sede municipal, cientos se preparan para marchar hasta el cementerio de San Cassiano y rendir honores frente a la tumba del Duce. A la cabeza del cortejo dos filas de camerati se encargan de llevar una gran bandera italiana guiando al resto de los fieles a lo largo del camino, los siguen varios camicie nere con los estandartes de cada provincia, mientras más atrás familias enteras comienzan a caminar entonando canciones como Faccetta nera o Giovinezza, incluso veteranos de guerra vestidos con sus uniformes se unen al recorrido de más de un kilómetro.

Durante la década de los sesenta quienes visitaban la tumba lo hacían casi a escondidas y en los ’70 era el lugar de encuentro preferido entre fascistas, pero después de que llegaran cinco mil personas en 1983 para conmemorar los 100 años del nacimiento de Mussolini, las visitas se transformaron en un ritual a respetar. 

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La quietud y el silencio del cementerio San Cassiano son sólo interrumpidos por el cantar de las golondrinas que vuelan sobre la masa de visitantes del lugar. Desde la entrada principal de este pequeño camposanto, dos columnas de perfectos cipreses guían por un camino de arena y piedras hasta el mausoleo de la familia Mussolini. Detrás de las grandes puertas de madera escoltadas por dos hombres vestidos de negro. En la pared una placa de mármol lleva grabada una frase del Duce casi como un presagio: “Sería increíblemente ingenuo si pidiera ser dejado en paz después de mi muerte. Alrededor de las tumbas de los líderes de las grandes transformaciones, llamadas revoluciones, no puede haber paz.”

Un silencio imperial y las sombras alargadas por la luz de las velas que los propios visitantes encienden, crean una atmósfera especial pero un tanto tétrica, y es que, nos encontramos a poco más de un metro de distancia de un mito o lo que queda de él, los restos de un cuerpo tan amado y venerado durante más de 20 años como repudiado y humillado los días posteriores a su dramático final. 

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Después de ser colgado boca abajo en Piazzale Loreto en Milán en 1945, el cuerpo del Duce de Italia fue enterrado en secreto en una fosa anónima en el cementerio Maggiore de Milán, un año después un grupo neofascista reclamando una sepultura digna exhumó el cuerpo que fue escondido primero en un monasterio franciscano y antes de ser entregado a la policía, a cambio de una cristiana sepultura, en un monasterio capuccino. Durante 12 años el cadáver de Mussolini estuvo oculto en un baúl y sólo después de todo ese tiempo fue trasladado hasta la cripta familiar.   

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Los nostálgicos que visitan la tumba se detienen frente al gran busto de mármol y le entregan un saludo romano a su Duce, algunos incluso se fotografían con la icónica M, las botas rasgadas por los alemanes, el cofre que contiene su cerebro o la camisa negra de fondo. Todos dejan una leyenda o escriben algo en el libro de visitas, lo más común es: “No te olvidaremos” o “Estarás por siempre en nuestros corazones” y se retiran dejando algunos euros como donación para la mantención del mausoleo. Al subir nuevamente encontramos una pared adornada con distintas placas grabadas con los nombres de los arditi caídos en batalla, extractos de algunos discursos de Mussolini o comunidades fascistas de diferentes regiones de Italia que quieren estar presentes en este lugar.

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Fuera de la cripta se forma una fila para entrar. Esperando paciente su turno para compartir unos minutos con el alma del Duce, encontramos a un anciano vestido con un impecable uniforme militar. Enrico viajó desde Lucca para dejar un ramo de rosas teñidas de negro sobre la tumba de quien, nos explica emocionado, le entregó honor, respeto, cultura y orgullo a la patria, y si su legado no es replicado el país caerá en la ruina total.

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A lo largo de la calle principal de Predappio, Via Roma, existen tres tiendas dedicadas exclusivamente a la venta de merchandising fascista donde se pueden encontrar distintos tipos de souvenirs: bustos de Mussolini en diferentes tamaños, libros dedicados al Duce, tazones y baberos con símbolos fascistas, botellas de vino, poleras con frases estampadas como: “es mejor vivir un día como leones que cien años como ovejas”; “es mejor morir de pie que vivir de rodillas”. Un perfume llamado Nostalgia o el champú Me ne frego, que pensando en la calvicie del Duce es un buen ejemplo de autoironía. Quienes están a cargo de la tienda se muestran distantes y serios, pero basta cruzar un par de palabras para que se relajen, comiencen a hablar sin parar e incluso nos cuenten un poco de sus vidas, de cómo dejaron atrás un trabajo estable y tradicional por uno más lucrativo lejos de las grandes ciudades. “Es un negocio que genera muchas ganancias, pero hay que vivirlo desde adentro para darse cuenta de esto”, afirma quien nos atiende mientras envuelve con una página de la Repubblica un bate negro con el perfil del Duce y la frase Me ne frego - Dux Mussolini. Antes de retirarnos sonríe y pide esperar un momento mientras saca algo del mostrador, son calendarios 2015 con el lema: “Creer, obedecer, combatir”, un regalo de la casa.

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El último invento turístico de la ciudad del Duce se encuentra en una heladería ubicada en Viale Matteotti y asegura satisfacer el paladar de los más nostálgicos. Elaborado con una crema de vainilla llamada ‘crema años veinte’ y bañado con un chocolate rigurosamente oscuro, casi negro al estilo fascista nace el gelato del Duce.  

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La tarde avanza y el sol comienza a esconderse, son cada vez menos los camaradas que se ven por las calles, algunos comen las típicas piadine de Viale Matteotti antes de emprender su camino de regreso y los niños salen felices de la pastelería Forno Pasticceria Bassini con un cornetto alla crema o las tradicionales galletas cantucci alle mandorle. Mientras un grupo de nostálgicos busca disfrutar de la verdadera hospitalidad de la Emilia Romagna, a través de los sabores típicos comparten platos creados con alimentos locales como tagliatelle o cappelletti acompañados de porcini y tartufi de los bosques del appennino junto a los aromas del vino de esta tierra. Las horas pasan pero las anécdotas, recuerdos y los innumerables brindis en nombre de Benito “un italiano que pagó con la muerte su amor por Italia”, encierran en el ristorante del Moro una pieza fundamental de la historia del bel paese. Algunos veteranos y ex piccole italiane miran la hora y se levantan, prometen que se reunirán el año que viene y se despiden con un simple “nobis”.  Al día siguiente el corazón de la región de Emilia vuelve al sueño tranquilo de la provincia hasta julio cuando se conmemore la muerte del Duce.