De golpe varios flashs, que emanan de una instalación de Malachi Farrell llamada Interview (Paparazzi), estallan contra los atónitos visitantes. Se suman en el audio gritos y uno imagina empujones, movimientos de multitud. Cuando el famoso aparece en público todo pasa muy rápido y con extrema violencia. Gracias a un conjunto de fotografías que representa a los paparazzi ‘cazando en jauría’, esta introducción tiene por función hacer sentir la presión que vive una estrella.  

Fue una osadía llevar al museo a quienes nadie considera fotorreporteros, hasta ellos mismos se llaman ‘ratas’. Y es que los creadores de la muestra quisieron proponer a los visitantes un cuestionamiento de nuestro tiempo, de la celebridad y de la sociedad híper mediatizada que disminuye cada vez más los límites entre lo público y lo privado. 

Incluso antes de su apertura, la muestra despertó reacciones y polémicas, en especial entre algunos que han sido víctimas de los paparazzi. Mazarine Pingeot, la hija por años escondida del ex presidente François Mitterrand, vio su existencia revelada al pueblo francés por una foto robada y no ve evidentemente nada de artístico en la gestión de un cazador de imágenes y que precisamente aquella fotografía sea parte de la muestra. Sébastien Valiela, el mismo fotógrafo que destapó la relación de Hollande y la actriz Julie Gayet, fue quien hizo que los franceses la descubrieran en Paris Match en 1994. Interrogada en la radio France Inter, Mazarine dijo ver en el proyecto un “fracaso del gesto artístico”. 

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Varios medios franceses entrevistaron a Pingeot y a Valiela, los platós de televisión, los programas de radio hervían con debates casi violentos. Durante uno de los programas más respetados, Le Grand Journal, su periodista estrella, Jean-Michel Apathie preguntaba a sus interlocutores casi rojo de ira: “¿Usted iría a ver una exposición de cuadros robados? No, eh bien, son imágenes robadas”. Pero no se quedó ahí. Absolutamente choqueado por la elección del tema volvió a lanzar en su programa en la radio RTL: “Es un insulto a los valores que tenemos en común. El trabajo honrado por este museo nacional, está hecho por ladrones de fotos que espían a la gente, vigilan y acosan a personalidades conocidas, que bañan de dinero a confidentes sin moral, que corrompen a personas débiles, que mienten y trucan lo que les sirve para su pequeño comercio. ¡Y eso lo presentan hoy como un trabajo artístico!”.

Para explicar mejor la muestra y salir de tanta polémica, uno de sus curadores, Clément Chéroux precisó: “No es una exposición sobre la actualidad. No nos ponemos del lado de los paparazzi ni de las estrellas”. De hecho, a través de la puesta en escena de las centenas de fotografías, pinturas, videos y otras disciplinas se consigue formular las preguntas adecuadas sobre lo que es a la vez un fenómeno social, histórico y estético. 

La tarea no fue fácil para sus comisarios que tuvieron que identificar las mejores fotos y luego buscarlas. Además de tratar de montar una muestra cuando las imágenes más conocidas en los medios son las más caras o no pueden ser mostradas por problemas judiciales, como explicó Clément Chéroux: “retiramos ciertas imágenes después de consultar un abogado. El objetivo no era correr detrás de scoops ni hacer voyerismo insano”.

En otra de las salas podemos ponernos del lado del caza imágenes. El oficio es más complejo de lo que parece. Deben ser ingeniosos, llevando a cabo operaciones muchas veces complejas y riesgosas. Cada uno posee pequeños trucos y anécdotas, como aquella de Ron Gallela cuando seguía a Elizabeth Taylor y Richard Burton en el rodaje de Hammersmith is out, quien cuenta que lo atraparon en el plató: “Burton me conocía y envió a tres guardaespaldas a golpearme. Me quebraron la nariz y un diente. Tomaron mis rollos, fueron a mi hotel y confiscaron otros 15, o sea, dos semanas de trabajo y más de 500 fotos. Destruyeron mi obra. Entablé una demanda contra Burton y Taylor. Pero perdí el proceso…”, recuerda.

A través de una serie de entrevistas con algunos de los grandes paparazzi de nuestra época y la evocación de sus herramientas de trabajo, desde la cámara espía al teleobjetivo, pasando por algunos de sus disfraces, esta sección explora su vida diaria. Se les pregunta si existe una ética paparazzi y aunque muchas respuestas no hablan muy bien de ellos, una bastante conmovedora es la de Francis Apesteguy, quien cree que “cada persona tiene sus propios límites. Tengo colegas que fotografiaron al hijo de Romy Schneider en la morgue, disfrazándose de médicos; yo no hubiera podido hacerlo, porque yo tenía un hijo en la época. Quizás hubiera hecho lo mismo si no hubiese sido madre, es una cuestión de referencias mentales”. 

Las víctimas de las cámaras son mayoritariamente mujeres. Entre las más fotografiadas a partir de los años ’50 están: Elizabeth Taylor, Jackie Kennedy-Onassis, Brigitte Bardot, Carolina y Estefanía de Mónaco, Ladi Di, Paris Hilton y Britney Spears. Cada una tiene su espacio. Y cada una es el reflejo de una época, y al mirarlas en conjunto dan cuenta de los cambios en el estilo del trabajo de los paparazzi. Las imágenes de Jackie Kennedy-Onassis o Brigitte Bardot tomadas de lejos en sus casas de playa son muy diferentes a las de Britney Spears, sacadas de cerca saliendo de un auto sin ropa interior. Esto tiene una explicación según Clément Chéroux, comisario de la exposición: “en los ’50 y ’60, los paparazzi buscaban el instante decisivo. Imágenes que resumieran en un cliché una situación. Hoy, esos fotógrafos practican el Strolling, es decir, el paseo. Van a fotografiar a una estrella que hace sus compras. Es una fotografía de tiempos débiles. Esto debe mucho al advenimiento de la telerrealidad, como si un cordón umbilical nos uniera a ellos”.

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Igualmente, a través del recorrido se observa que los paparazzi generan una estética particular: la rapidez y la improvisación con la que toman las fotografías tienen consecuencias sobre la composición: el teleobjetivo, utilizado de lejos, o el flash de cerca, tienen tendencia a aplastar la imagen. La reacción de las celebridades protegiéndose el rostro con la mano se convirtió así en un símbolo muy representativo de la agresión mediática.

Esta supuesta estética que se creó a través de las fotos captadas inspiró a varios artistas del Pop Art, del Post-modernismo o de corrientes más contemporáneas, desde Richard Hamilton a Paul McCarthy pasando por Valerio Adami, Barbara Probst o Gerhard Richter. Fotógrafos como Richard Avedon, William Klein y recientemente Alexi Lubomirski o Christian Leseman, fueron los primeros en transformarse en paparazzi para algunas campañas de moda. Otros ejemplos son el estadounidense Gary Lee Boas, el colectivo austriaco G.R.A.M. o la inglesa Alison Jackson, quien fotografía irónicamente a un falso George Bush tratando de resolver un cubo rubik o a Lady Di yéndose de compras con Marilyn.

A través de las obras seleccionadas vamos clarificando esa especie de seducción que ejercen esas imágenes, llenas de una desaprobación que muchas veces es bastante hipócrita, ya que aunque se habla de la lacra de estos fotógrafos, las portadas con celebridades a quienes les roban fotos están en cada esquina, en todos lo medios y se agotan rápidamente. Las fotos puestas unas al lado de otras exponen el voyerismo de un público ávido de detalles, mostrándonos los excesos de la sociedad de espectáculos híper mediatizada.