Fue un noticia que sacó aplausos de emoción en el medio nacional. En julio de 2017 se confirmaba que Paolo Bortolameolli (35 años, casado, un hijo) era nombrado director asistente de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, un lugar nunca antes alcanzado por un chileno, una suerte de Olimpo musical que ha tenido en su pódium a figuras como Zubin Mehta, Esa-Pekka Salonen y Gustavo Dudamel.

Entre ensayos y viajes al aeropuerto, nos recibe luego del concierto de verano que ofreció en el Hollywood Bowl con la interpretación de la Séptima Sinfonía de Dvorák y una pieza de violín de Camille Saint-Saëns. Ahí, donde estrellas como Frank Sinatra, The Beatles, Louis Armstrong y Luciano Pavarotti han actuado para más de 17 mil personas en los faldeos de las colinas de California, el chileno recibió solo elogios. El crítico Rick Schultz, de Los Angeles Times, dijo que su interpretación “había sido cálida e inteligentemente moldeada. Consiguió llevar la música hacia adelante, logrando captar las alturas y los valles de las obras”, remató.

Una buena antesala para otros hitos que se viene en su carrera: conducirá la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles y la Sinfónica Simón Bolivar, considerada una de las mejores del momento. Cuando se encuentra en Chile, le gusta estar cerca de las nuevas generaciones. Prepara un concierto de cámara en el GAM con un grupo que se llama Solístico, el mismo con el que el año pasado ganó el Premio a la Crítica. “Me encanta tocar con ellos, son gente joven, con ganas. La mayoría son de la misma Filarmónica de Santiago, otros no y eso permite una onda especial”.

Las charlas en Vitacura, con la misión de cautivar y formar nuevas audiencias, es otra de las facetas que lo tiene entusiasmado. “Básicamente se trata de invitar a gente para que escuche música con el mismo entusiasmo que tengo yo por ejemplo. ¿Qué es lo que me hace sentido? Las dinámicas o las historias detrás de la música. La idea es que cada uno pueda crear su propio código. Lo mismo que sucede con las TED TALK, donde on line hablamos de los secretos de la música. Ya tiene medio millón de visitas en Youtube”.

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—¿Por qué crees que a mucha gente le cuesta acercarse con naturalidad a la música clásica?

—La gente en general cree que es necesario saber mucho para pasarlo bien con cualquier disciplina artística. Con eso discrepo absolutamente. Claro, entender algo bien siempre será un buen complemento. Pero bajo ningún punto de vista es una puerta de entrada para la emoción. Con la música clásica sucede que muchos piensan que es una labor decimonónica que quedó en el pasado, como ir a un museo. Pero es todo lo contrario, es muy potente ver a tanta gente arriba de un escenario entregándose, observar esa pasión, esa energía. Siempre digo que la música clásica es la más viva que existe porque está llena de contrastes. Puede ser intensa, dramática, romántica o graciosa. Todo en un rato, un viaje que te transporta por emociones diversas.

—¿Te has acostumbrado a tu nueva vida en Boston?

—Sí, ya llevo dos años viviendo ahí. Pero yo me fui a Estados Unidos hace siete años. Estuve en otras ciudades, como Nueva York y Baltimore perfeccionándome. Después de eso volví a Boston, porque mi mujer y mi hijo viven ahí. Ella es chelista, española, nos conocimos cuando los dos estudiábamos. Entonces hubo un período en que estuvimos separados geográficamente, pero ahora ya es nuestro centro de operaciones.

—¿Qué es lo más difícil a la hora de mantenerse arriba, en un circuito tan competitivo? ¿Cuál ha sido tu receta?

—Hay que estar tremendamente seguro, siempre. Esa es la clave, nunca tener dudas del camino que tomas. Me acuerdo cuando le conté a mis padres que me quería dedicar a la música. Fue a los trece años y fui muy concreto: ‘Quiero ser director de orquesta’, les dije. Mi papá fue muy inteligente y me contestó que sí. Pero con un plazo, a los 20 años tenía que demostrar que mi decisión iba en buen camino. Mis primeros acercamientos a la dirección de orquesta fueron con el maestro David del Pino cuando era director de la Sinfónica de Chile. Entré al conservatorio a estudiar piano y tenía claro de que apenas me graduara tenía que ir a estudiar a Estados Unidos. Y así fue. Fueron años de mucha determinación y esfuerzo. Nunca me sentí un prodigio y las cosas no me llegaron solas. Era de los que estaba a las ocho de la mañana en el conservatorio y me iba cuando cerraba. De lunes a domingo, me saltaba los feriados, las fiestas, los viajes.

­—En este momento las dos orquestas más importantes de Chile están a cargo de directores extranjeros, ¿qué piensas?

—Tengo dos opiniones. Creo que lo importante es tener a la cabeza a alguien que sea muy bueno, que sea un líder, independiente de donde venga. El complemento a esa respuesta es que a veces pienso que los chilenos no nos creemos el cuento. Podríamos ser grandes líderes culturales y artísticos, pero lamentablemente se cree demasiado en el talento de los que se van y vuelven. Olvidamos que hay gente de gran valor que nunca se ha ido. Existe un potencial en toda Latinoamérica capaz de refrescar la mirada del arte y la actualidad. Me encantaría que nos nutriéramos más de nosotros mismos y que, en ese camino, siempre se elija al mejor. En ese sentido, creo que las dos respuestas se complementan.

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—¿Cuándo y cómo recuerdas que la música te tocó el alma?

—Hay dos momentos precisos. Uno con mi abuelo materno que toda su vida fue un abogado que tocaba el piano. Yo me sentaba debajo del instrumento a escucharlo. Pero lo primero que me hizo clic fue una vez que mi papá me llevó al teatro, a los siete años, a escuchar la Sinfonía Nº5 de Beethoven. Antes de ir me preparó y me explicó un poco de qué se trataba. En un momento de la transición del tercer al cuarto movimiento, aparece un Do mayor radiante, de victoria, un alivio esperado. Aunque para llegar ahí hay algo que se va construyendo, algo que adivinas que desembocará en algo potente. Ese momento, que debe durar un minuto, a mí me produjo una emoción tan grande que me puse a llorar. Miré a mi papá y le dije que no sabía por qué estaba llorando. No era tristeza, era algo que me estaba cambiando la vida. Luego fuimos a saludar al director, me abrazó y me dijo “Bueno, por esto es que hacemos lo que hacemos”. Fue revelador, porque de alguna manera había descubierto mi destino.

—Tienes un hijo de cuatro años, ¿su destino también será por el camino de la música?

—Nuestra posición con Elisa, mi señora, es que jamás vamos a ejercer ningún tipo de presión. Pero evidentemente la música nunca le faltará en su vida y simplemente nos gustaría que estudiara un instrumento, más como una cosa de experiencia de vida que como un camino a seguir. Si llegado el momento vemos un interés real, obviamente seremos los primeros en apoyarlo. Es bonito pensar que podría ser violinista, Elisa es chelista y yo pianista. Imagínate, podríamos formar un trío (reflexiona en voz alta y con sonora carcajada).

—Finalmente, ¿qué aporta la música al espíritu, a la humanidad, a la existencia?

—La respuesta es simple, pero compleja. Solo belleza. Yo me emociono mucho leyendo un libro, viendo una película, pero lo que siempre ha tocado mi fibra más profunda ha sido la música. Me hace sentir cosas que tienen que ver con la búsqueda de la belleza y ojalá encontrarla a través de una interpretación. Honestamente, pienso que el máximo logro de la humanidad ha sido ser capaces de crear algo abstracto que eventualmente se transforma en algo que produce emoción estética. Son sonidos, ondas que viajan, fenómenos acústicos, que para mí son milagros. Yo repetiría mil veces el camino que elegí. Viajo mucho, no veo a los que quiero con la regularidad que me gustaría. Pero aquí es donde me siento totalmente bendecido, de alma y de espíritu.