“Desde que se fue la Pedro Lemebel, no he encontrado una compañera igual. No ha habido otra, salvo Silvana Pestana”, dice Pancho Casas, otrora Yegua del Apocalipsis, cuando nos presenta a su camarada. Juntos convertirán la galería Patricia Ready en una enorme “huaca mochica”, una urna sagrada colmada de objetos fúnebres, cactus San Pedro bañados en oro, plata, bronce y arcilla, un lienzo de doce metros donde aparecen los hombres que sacrificó la Dama de Cao y un video de once minutos que muestra el rito de Casas. Un momento cúlmine en la investigación artística de la dupla, junto a un grupo de producción, para revelar el poder de la gran gobernanta, sacerdotisa y jefa militar que hace dos mil años dominó el Pacífico desde Ecuador hasta Santiago de Chile, la misma que reclutaba a los hombres más vigorosos de su imperio para ser sacrificados en un sangriento rito para honrar la tierra y evitar las calamidades de la Corriente del Niño.

Extrema y sanguinaria, la emperatriz de lo sobrenatural, nunca tenía miedo. “Era la dualidad de lo masculino y lo femenino en un mismo cuerpo”, manifiesta Pancho, el poeta, novelista y artista visual que no se muerde la lengua. Despotrica como siempre y advierte que no regresa a Chile, “a menos que me cambien por el Huáscar. Cuando vea ese barco en el Callao, hablemos”, sentencia mientras organiza el montaje en la galería que lo recibe como una diva de otro tiempo.

Su alianza con Pestana, una artista que partió en el diseño y que luego trabajó en moda editorial en NY, fue un amor a primera vista desde que se conocieron en la escuela de arte Corriente Alterna, en Lima. “Me llamó la atención cómo trabajaba con las minorías, su mirada crítica frente a temas como la prostitución adolescente en la minería informal o en la explotación del caucho”.

Un reconocimiento mutuo que después se convirtió en pacto. Pestana añade: “Juntos nos obsesionamos con la Dama de Cao, una soberana con más de dos mil años de antigüedad, nuestra propia Nefertiti, más imponente que una Cleopatra, una mujer que le da una vuelta al discurso hegemónico patriarcal y machista que supuestamente dominó en la antigua América”.

Cuando el equipo de arqueólogos, a cargo de Régulo Franco, encontró la momia por accidente fue noticia mundial. En realidad buscaban al equivalente del Señor de Sipán en la zona de Trujillo. Observaron la pirámide fúnebre y después de las excavaciones llegaron hasta la tumba rodeada de sirvientes, animales y joyas ornamentales con lapislázuli y turquesa. No había duda, se trataba de alguien muy importante para la cultura mochica, la base del posterior Imperio Inca.

Lo confirmaba el plato de oro en el rostro y los 250 metros de fino algodón que la envolvían. Una vez desnuda, el asombro fue mayor. Se trataba de una mujer que había muerto durante el parto y que por los tatuajes en toda la piel de serpientes y arañas demostraba que se trataba de un ser divino, una hechicera que no sólo gobernaba, sino que se comunicaba con el inframundo. Quienes la embalsamaron murieron después del proceso por contaminación por mercurio y finalmente la sepultaron bajo un estricto sistema de espejos, para que nadie viera su cuerpo inerte.

Durante el rodaje del video, Pancho tomó el compuesto de San Pedro, también conocido como huachuma, junto al apoyo de arqueólogos y chamanes. En un estado de alteración de conciencia, prosiguió con el acto de sacrificio. Entró a la urna y repitió el rito de hacer un corte en sus testículos para honrar con esa sangre la tierra. “Pero fue muy poca sangre, recuerdo la gran mantarraya que cruzó el cielo, el frío sepulcral de la bóveda y los pequeños seres que deambulaban alrededor.

La cantidad de sangre, sin embargo, fue pequeña, exigua”, dice. En los días posteriores continuaron las pesadillas y, de vuelta en Lima, sufrió un accidente. Lo atropellaron junto a su perra Valentina, que murió en sus brazos. “Enloquecí, me emborraché y caí sobre una copa de vino, me rompí la cara y me quedó una cicatriz en forma de serpiente. Ese fue el pago, tal vez el precio por haber entrado a un lugar sagrado. Aunque no me guste decirlo, fue una profanación y la señora de Cao se encargó de demostrármelo”.