Cuando Pablo Simonetti (53) hizo su primera firma de libros, en un centro comercial, la única persona que llegó fue su madre, Eliana Borgheresi. Lo cuenta riendo, en el departamento donde vive en el barrio El Golf, y se levanta a buscar una foto donde aparecen ambos, precisamente de 1999, cuando lanzaba la colección de cuentos Vidas vulnerables. Ese día también le escribió una carta donde le decía: “Finalmente tenías razón en perseguir esta vocación”, luego de la inicial resistencia a que su hijo ingeniero civil le contara que dejaría su trabajo para convertirse en escritor. Dos años después de su primer lanzamiento, ella falleció a los 77 años tras un fulminante cáncer de páncreas, y no alcanzó a ver el éxito que ha tenido en la literatura. A cambio, fue la inspiración para su primera novela, Madre que estás en los cielos, que cumplió diez años y que ha vendido 100 mil ejemplares. Traducida a cinco idiomas, el libro tiene ahora una reedición, con un prólogo añadido, donde el autor de libros como La razón de los amantes o Jardín cuenta cómo surgieron las ganas de escribirlo, mezclando ficción y realidad en la vida de Julia Bartolini, una descendiente de inmigrantes italianos que narra su vida de tensiones familiares —tanto de sus padres como de su marido y cuatro hijos— luego de saber que tiene cáncer. Parte de la historia de la madre de Simonetti (y la suya) está ahí, pero otra parte es invención. “La novela es una autoficción”, define él. De todos modos, esa mezcla le trajo problemas.

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—En el prólogo cuentas que cuando lanzaste el libro, una de tus hermanas se molestó al verse reflejada, y luego lo aceptó.

—Mi hermana (la artista visual Eliana Simonetti) se sintió expuesta, en algunas partes del relato traicionada, y me decía: “Esto no fue así”. Y efectivamente no había pasado así, porque era ficción, aunque María Teresa está inspirada en su vida. Y mi otra hermana me llamó a los tres días llorando, muy emocionada, y me dijo: “Mi madre está viva en esta novela”. Y eso es lo maravilloso de la literatura: es mi madre, es nuestra vida, pero al mismo tiempo no es mi madre y no es nuestra vida. A pesar de que inventé todo, sigue siendo mi madre.

—¿Cuán intenso viviste el momento en que a tu madre le diagnostican cáncer de páncreas y luego muere?

—Fuimos a almorzar un martes a la casa de ella con mis dos hermanas y nos había preparado unos ñoquis y su típica ensalada de apio, palta y nueces, pero no comió. Me dijo que no se había sentido bien y que esa tarde iría al doctor, y al otro día una hermana me llama y me dice que la mamá está internada en una clínica, porque el doctor cree que tiene un cáncer al páncreas. Luego fue todo cuesta abajo: a ella le encontraron el cáncer el 3 de octubre de 2001 y murió el 29 de ese mismo mes. Estaba ramificado y le produjo una septicemia.

—¿Cómo se lo tomó ella?

—Con mucha valentía. Recuerdo que al tercer o cuarto día internada llamó una tía suya para preguntar cómo estaba y yo le dije que tenía una inflamación en el páncreas y mi madre me dijo muy seria: “Dígale que tengo cáncer, no uses eufemismos”. Y me sorprendió. Ella al principio estuvo muy enojada, pero nunca la sentí desesperada, sino desconcertada. Pero después se entregó a la situación. Y visto en el tiempo, ella tuvo un privilegio, al enfrentar una enfermedad así y que se desencadenara tan rápido. De las tres semanas que pasaron, la última la pasó inconsciente. Pensado desde el sufrimiento, para mí fue una tranquilidad cuando murió. 

—¿Recuerdas algún momento especial de la despedida?

—En el último momento que estuvo lúcida yo entré a la habitación, ella estaba hablando con la enfermera, y cuando me ve le dice: “Ahí viene el amor de mi vida, me ha tenido loquita la vida entera”, algo así, esas cosas que sólo las madres pueden decir y que uno se derrite sencillamente (se emociona).

—¿Cómo te recuperaste tras la pérdida?

—Estuve inhabilitado de escribir, quedé muy dolido y deprimido. Yo lidiaba con la idea de escribir una novela y no me salía. Entonces se suma la ausencia de esta persona a la que había amado y me hacía tan bien amar. Madre que estás en los cielos me permitió traer a mi madre de nuevo a la vida, me hizo sentirme acompañado por ella en todo ese tiempo, y me dio las fuerzas para sacar una novela adelante. La muerte de mi madre me hizo perder la conciencia de mí mismo y tomar riesgos personales, familiares, pero que frente a la muerte se vuelven insignificantes.

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Uno de los momentos que más recuerda Simonetti de su madre es cuando le confesó su orientación sexual. Ella le pidió que no se lo contara a su padre —que estaba en una fase avanzada de Parkinson— y, contrario a lo que ocurre en la novela, murió sin saberlo. Para su mamá, esa revelación fue compleja.  

—Cuando le contaste, ¿cuánto tiempo duró ese quiebre con ella?

—Nunca tuve un quiebre definitivo con ella. A ella la vi sufrir, contrariada, pero nunca dejó de ofrecerme su amor. Siempre he agradecido que ella me abrazara y llorara conmigo cuando le conté. Por mucho que en su mente se estuvieran alzando todos sus prejuicios, su reacción física fue la de una madre plena. Sin ninguna distancia, estuvo conmigo, y hasta el día de hoy siento ese abrazo y pienso que nada me puede vulnerar.

—¿Era pudorosa? ¿Cómo se habría tomado tu exposición pública?

—No, era recatada. A mi madre no le gustaba que apareciéramos en el diario, ni en una foto. “Nunca dejen que les saquen fotos en vida social”, nos decía (risas)… que la vida era privada. Yo, que hablo tanto de ella, se pudo haber horrorizado, porque era una mujer muy privada, aunque antes de morir yo ya salía en algunos medios de prensa. Mantenía ciertas fronteras: no era una mujer que estuviera contando sus problemas, ni a sus amistades ni a sus hijos.

—Madre que estás en los cielos es una de las novelas chilenas más leídas de la última década. ¿Te sorprendió esa respuesta?

—No lo esperaba: estaba escribiendo un libro de una mujer de 77 años, que narraba una historia pretérita, que se estaba muriendo y que en sí misma no tiene una característica que la haga estereotipo. Entonces no pensaba que fuera a ser leída. Pero esta idea del secreto y la negación en las familias es algo que se repite y había una manera de vivir la vida que se estaba viniendo abajo y la idea de las identidades diversas, dentro de las familias, estaba borbotando bajo nuestros pies. Eso hizo que muchos se sintieran reflejados.