La Sociedad de Ambientadores y Personas Elegantes (SAPE) nació en los años ‘20 como una subcultura en las ciudades de Kinshasa y Brazzaville, en la República Democrática del Congo y República del Congo respectivamente. Sus promotores son los sapeurs, también llamados Dandis del Congo, quienes tomaron la elegancia de los colonos franceses y la hicieron suya. Dicen que los hombres blancos crearon la ropa cara, pero ellos la visten como una gran obra de arte.

Se acaban de cumplir dos décadas desde el inicio del conflicto más sangriento de África, la Segunda Guerra del Congo, donde murieron casi 4 millones de personas y otras 3.4 millones fueron desplazadas hacia países vecinos. La paz aún no llega a esta región de África y las precarias condiciones de vida contrastan con el estilo de los sapeurs, que eligen gastar fortunas que no tienen en trajes Kenzo, Armani o Yves Saint Laurent para recorrer las calles de tierra como un símbolo de riqueza más espiritual que monetaria. Una trampa a la realidad: ‘si te ves bien, estás bien’.

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Un sapeur del ’70 (Severin Mouyengo) en la entrada de su casa en el barrio de Batacongo. Las sandalias en el piso son de su familia, que siguen la costumbre de andar descalzos en la casa. Foto: Héctor Mediavilla.

Si un Dandi del Congo tiene trabajo y acceso a crédito, perfectamente puede pedir 3 millones de francos congoleños (más de un millón de pesos chilenos) para costear un frac, zapatos y accesorios. “La obsesión de los sapeurs por las marcas y los grandes diseñadores me interesó poco. Lo que me sedujo fue intentar comprender las razones que los llevan a anteponer su pasión por la elegancia a necesidades más básicas como una vivienda o una mejor alimentación”, explica el fotógrafo español Héctor Mediavilla, quien inició su acercamiento en 2003, cuando la guerra civil tras la independencia estaba dando sus últimos coletazos y el fenómeno de la SAPE resurgía con fuerza bajo lemas como “Dejemos las armas y vistámonos elegantemente” o “Sólo hay SAPE cuando hay paz”.

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Severin, conocido como “El Bastardo” o “Le Salopard”, muestra el retrato de su padre, quien también fue un sapeur. El living está decorado con varios retratos de parientes y motivos religiosos. Muchos congoleños son bastante religiosos; las iglesias católicas y cristianas evangelistas son preferidas entre los sapeurs. Foto: Héctor Mediavilla.

“Es una realidad contradictoria y fascinante. Se trata de una herencia del pasado colonial reinterpretado de manera única por los colonizados que, inevitablemente, nos revela una cuestión vital en todo ser humano: la autoestima ligada al reconocimiento por parte de los demás”, dice Mediavilla.

Para ser un sapeur, además de tener claras ciertas reglas, como no combinar más de tres colores en un mismo traje, o que las imitaciones no son bien vistas y que los complementos como anteojos de sol, un pañuelo de seda y un puro –apagado, para que dure– son muy valorados, la moral es igual de importante. Ellos son buenos ciudadanos: no roban, no maltratan a sus mujeres, no consumen drogas y son promotores de la paz.

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Conocido como “El parisino Kiboba” toma un taxi a las afueras de Brazzaville. En esta ocasión vistió un frac y cubrió su ojo derecho con un parche negro, solo para ser original. Foto: Héctor Mediavilla.

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Willy Covarie toma una ducha antes de vestirse como un sapeur y enfundarse en su traje. Foto: Héctor Mediavilla.

Los grandes sapeurs han viajado a Europa, especialmente a París, para comprar sus trajes y probar suerte. Muchos vuelven con maletas llenas de prendas caras a la misma pobreza de donde se fueron, para cada domingo reunirse en las calles a mostrar que siguen firmes en su paso por la vida. “Aspiran a ser recordados como personajes importantes de su generación. Cuando se acercan a cualquier lugar vestidos con sus mejores trajes son tratados con respeto, incluso con admiración, y evitan ser marginados por su origen social”, asegura Mediavilla.

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Willy Covarie. Foto: Héctor Mediavilla.