Cuando tenía catorce años su papá, el artista nacional Alfredo Jaar, le regaló un cd de otro chileno. Con el disco de Ricardo Villalobos en las manos, Nicolás se convenció de que lo suyo sería la electrónica. A los 17 grababa sus propias canciones en su casa de Manhattan y, al poco tiempo, el sello Wolf+Lamb publicaba su primer EP titulado The Student. Con su trabajo debut era invitado frecuente para tocar en el Marcy Hotel de Williamsburg y en MoMA.

Hijo único de Alfredo y Evelyne Meynard, diseñadora y bailarina, nació en Nueva York. Pero vivió en Chile en el período en que sus padres estuvieron separados, desde los dos a los nueve años. “Mi casa estaba siempre llena de música”, ha dicho en más de una entrevista y siempre recuerda los discos con ritmos africanos y árabes que su padre coleccionaba y que, finalmente, terminaron por influir su sello cosmopolita. “Mis padres han sido una gran inspiración. Sin ellos no hubiese tenido la libertad de elegir un camino creativo. Creo que la mayoría de la gente ve el trabajo de mi padre como algo conceptual y político. Y lo es, absolutamente. Pero yo veo un componente espiritual y psicodélico muy fuerte”.

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The Guardian lo describe como “el hombre del Renacimiento de la electrónica” y habla de que su música es de una belleza singular con melodías hipnóticas. La última edición de Vogue Hommes Francia lo destaca como ícono de elegancia y titula que es el nuevo ‘Mozart electro’. Con estudios de  literatura comparada en la Universidad de Brown, le gusta leer a William Faulkner y biografías de John Cage y James Brown. De ahí, obtiene inspiraciones que finalmente imprime en sus composiciones o en  los remixes que ha hecho de Nina Simone, Brian Eno y Cat Power.

En estos días recorre el mundo en una gira sin respiro. “Todos los días despierto en una nueva ciudad”, dice como si ese pasado de calma que tuvo hasta los nueve años en Chile hubiera quedado como una postal en suspenso.

Eran los tiempos en que era fanático de Colo Colo y, aunque ahora ya no es hincha del fútbol, conserva la costumbre de pasar la Navidad con su familia en Santiago. No puede evitarlo y más de una vez ha dicho que mantiene imborrable  la imagen de su abuelo Pepe despidiéndose esa vez que dejó el país antes de cumplir diez años. “No paró de mover las manos hasta que desaparecimos por completo”, cuenta como si también sus recuerdos tuvieran ritmo.