Todavía puedo ver a Parra… las canas a lo Einstein, las grietas que ajan su rostro, las piernas cruzadas, una copa de vino tinto sobre la mesa, la mirada vívida, como la de un veinteañero ansioso y seductor. Afuera está la playa. Dentro, Parra. Un octogenario atípico, vital, que cautiva la mirada de la gente. El inventor de la antipoesía, rey de los artefactos. Los ojos que lo observan son, preferentemente, femeninos. Y dentro de ese universo, las miradas de las jovencitas son las que se detienen en él con más avidez. Cuando él se da cuenta de eso, se desentiende de mí y saca de bajo de una manga un verso verso que acaba de inventar,  o que quizá repite hasta el cansancio, cómo saberlo, que deja a su destinataria casi en estado de trance.

Hace cinco años ocurrió esta escena en un restorán de El Tabo, a corta distancia de su República Independiente de Las Cruces. Parra ahora tiene 95 años. “En Parra hay un venid a mí tácito. No las busca. Llegan a él. Y es probable que todavía lleguen”, dice su amigo Jaime Quezada, poeta y escritor, autor de Nicanor Parra de cuerpo entero.

El corazón parriano siempre se agitó con mayor intensidad por las ninfas, aunque él le ha dicho al escritor Antonio Skármeta (Ercilla 1970) que “de todo lleva la banca”. Inga Palmen, su segunda mujer, tenía catorce años menos que él; Sun Axelsson, veintiuno; Nury Tuca, la madre de sus hijos Colombina y Juan de Dios, treinta y tres; y a la periodista Andrea Lodeiro, uno de sus últimos romances conocidos con nombre y apellido, la aventajaba en varias décadas. Hay una suerte de compulsión amorosa que queda, de alguna manera, graficada en la puesta que le da al propio Skármeta cuando éste le pregunta que es el amor para él: “Dentro del cataclismo se mantiene la Venus de Milo. Un hombre puede dudar de todo, menos de una muchacha que se tira a la piscina. Cambie lo de la muchacha en la piscina por una desnuda nomás”.

No se sabe si la primera vez que vio a Anita Troncoso fue zambulléndose en una piscina o calata (pilucha), como diría… Se enamoró de su cuerpo, de su piel morena, de su pelo hasta la cintura. No era todavía el gran poeta ni podía imaginar que un día sería candidato al Nobel. Tenía 26 años cuando se casaron, ella poco menos. Fueron felices en medio de los primeros aleteos poéticos de Nicanor, de sus papers sobre mecánica avanzada y de los tres hijos que trajeron al mundo: Catalina, Francisca y Alberto.

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Pero como la felicidad no puede ser eterna, todo acabó antes de que el matrimonio cumpliera diez años. Parra viaja entonces a Oxford como becario. Allá estudia cosmología, lee a Ezra Pound, a T.S. Elliot, a William Blake, a Franz Kafka, y conoce a una mujer que lo pone de cabeza. Una sueca sin pudores ni complejos que pasa sus vacaciones en Inglaterra. Inga Palmen es alta, llamativa, rubia y ama a Parra con una naturalidad sexual que a él lo saca de su centro: “Las mujeres (suecas) viven en una libertad erótica completa que para mí es imposible comprender vitalmente (…) Es como si el sexo no tuviera importancia para ellas y buscan el placer sin inhibiciones (…) La libertad sexual de los países nórdicos es algo…, bueno, que no soy ningún santo, me sentía allá un verdadero mojigato”, le cuenta al escritor José Donoso (Ercilla, 1960).

Pierde la razón con Inga. Se olvida de su mujer que ha quedado en Chile y se casa en Londres con la sueca. Lo más increíble es que Anita Troncoso no se da por enterada hasta que ve en la calle a Nicanor de la mano de la nórdica, lo que ocurre en 1951, cuando regresa a vivir a Santiago con ella. “Yo tenía tres hijos, pero ya no era casado. A mi siempre me han gustado las mujeres, altas, rubias, muy vistosas. Inga me pareció la muchacha más hermosa que jamás había visto. Y me casé con ella en Londres. Soy caótico sentimentalmente y, a pesar de eso, Inga ha estado junto a mí y me ha apoyado. Es la persona con la que cuento en la vida, que me comprende y sabe perdonarme”.

Se juraron amor eterno. Pero la historia volvió a repetirse. En un viaje  Estocolmo, conoce a otra sueca, una leona morena de ojos azules. Se llama Sun Axelsson, una estudiante de letras de 24 años. Se ven por primera vez en una fiesta en casa de Arthur Hundkisl. Nicanor saca unos versos y lanza unas mentiras piadosas. Esa misma noche terminan en el hotel donde alojaba. Y al día siguiente se va vivir al departamento de estudiante de Sun. Semanas después, el poeta vuelve a Santiago a los brazos de Inga. Sin embargo, la pasión de Sun no cesa y fogosas cartas vuelan desde Estocolmo a La Reina. Sun decide venir a Chile  y una mañana figura golpeando la puerta de la casa de los Parra. Al abrir, él supo que su segundo matrimonio tenía los días contados. Inga descubre la existencia de la amante y decide abandonarlo.

“Siempre fue así, Las relaciones de Parra eran breves. No llegaban a la década. Ocurrió también con Nury (Tuca). Era apego y desapego. Como si él cada tanto necesitara de un retiro consigo mismo. Volver a su refugio. En el fondo, es un solitario. Un hombre que ama la soledad. Entonces, sus amores terminan y casi ninguno acababa bien. No han sido finales a lágrima viva ni con pañuelitos blancos. Son rupturas bruscas”, dice Quezada.

La misma Sun Axelsson contó en una entrevista los motivos de su llegada a Chile: “El me lo pidió durante un año, a través de sus cartas, que mantengo guardadas. Y, finalmente, yo accedí porque estaba enamorada del profesor estricto y del amante dulce de entonces. Era un encanto, increíble, súper inteligente y tenía mucho humor. Pero podía cambiar de situaciones muy rápidamente y también de mujeres”.

Quezada alcanzó  conocer a Sun Axelsson: “Era una sueca atrayente, deslumbrante. Fue una relación bien complicada. Parra es muy posesivo. Se deja querer, pero no responde de la misma manera que sus parejas quisieran. Y con Sun Axelsson: “Era una sueca atrayente, deslumbrante. Fue una relación bien complicada. Parra es muy posesivo. Se deja querer, pero no responde de la misma manera que sus parejas quisieran. Y con Sun sucedieron cosas que pudieron ocurrirle a cualquiera pero que a Parra no lo dejan muy bien parado y que ella misma se encargó de revelar”.

Axelsson estuvo dos años en Chile y vivió tres meses junto a él. Fue un amor obsesivo. Nicanor era muy celoso y, según cuenta la sueca en su libro La estación de la noche, la castigaba y la dejaba encerrada para que no conociera a nadie. El mismo lo admitió cuando en una entrevista se le preguntó si realmente la había maltratado: “le contestaré en tres versos. Mentiría si le digo que no, pero no más que Otelo a Desdémona. Todavía está vivita y coleando”.

La poeta Teresa Calderón, amiga de Sun, recuerda que era una relación rara: “Parra la trataba mal. Ella terminó viviendo en una verdadera casucha de donde fue rescatada por la Embajada de Suecia que la envió de regreso a su patria. Lo extraño es que, a pesar de todo lo que le había hecho, ella siempre preguntaba por él, y cuando nos juntábamos en alguna casa y coincidían los dos, se perdían, y él regresaba con la cara manchada de rouge”.

En la cronología de los amores parrianos y ya en la década del ’60, aparece en su casa Rosita Muñoz. Llegará como empleada y con los meses cambiará su estatus para convertirse en su pareja y madre de su hijo Ricardo. El idilio dura poco. Ya entrando en sus sesenta años se enamorará de Nury Tuca, con quien tendrá sus dos únicos hijos músicos: Colombina y Juan de Dios (el Barraco). Quienes conocieron la relación con Nury, la definen como una hippie hermosa, rubia, admiradora de la obra de Parra que llegó a su vida como un espíritu libre y que se fue del mismo modo.

En esa época se encuentra con Ana María, casada, dos hijos. “Una señora de la más rancia burguesía chilena, estaban todos los apellidos ahí”, le cuenta el vate a Leonidas Morales, en su libro Conversaciones con Nicanor Parra. “Yo tenía 64 años y ella 32. Era la mujer que yo soñaba, que buscaba y creía haber encontrado”, cuenta Nicanor. Y nuevamente aparece la obsesión de la que el poeta se libera gracias al taoísmo. “Yo debía haber hecho lo que ella hizo. Se suicidó. No por mí y no en ese tiempo, sino años más tarde. Sobreviví gracias al taoísmo”.

Ana María inspira uno de los más famosos poemas de Parra, El hombre imaginario… Y en las noches de luna imaginaria,/ sueña con la mujer imaginaria/ que le brindó su amor imaginario,/ vuelve a sentir ese mismo dolor imaginario y vuelve a palpitar el corazón del hombre imaginario”.

Según le confiesa a Morales, ese fue su último idilio convencional. Claro, porque después de ella comprende que no puede aspirar a poseer una mujer, que aquello es un error, el taoísmo plantea otra cosa. “Yo no podría aguantar a una mujer todo el tiempo, y no creo que ella me podría soportar a mí tampoco de una manera indefinida en una casa. No tiene sentido. Parece que a partir de cierto momento el hombre entiende cómo son las cosas, y queda solo. Y la mujer también. Y se juntan estos sexos esporádicamente. De pasa y bola, como se dice. Son los que tratan de apoderarse del prójimo los que después tienen que pegarse tiros o saltar desde el último piso de un edificio”.

Y así ha vivido, hasta el día de hoy. De pasa y bola, hasta sus 95 años.