Repentinamente Ted Sarandos se levanta de la mesa. La entrevista con CARAS ha terminado hace más de una hora, pero deja su puesto en un almuerzo en el Four Seasons de Buenos Aires, para acercarse y mostrarnos un inesperado tesoro: “¿Lo reconoces?”, pregunta con su celular en la mano mientras muestra una foto. En ésta aparece él con una sonrisa de oreja a oreja abrazando al actor Henry Winkler, su ídolo Fonzie en la icónica serie Días felices (Happy Days). El hombre fuerte de Netflix viste de impecable traje a la medida, propio de un ejecutivo exitoso, pero su gesto con el teléfono devela lo que hay tras el cargo: es  un ‘tevito”. Un fan de la TV.  Aquel  hombre que controla los hilos de la industria del entretenimiento y  aparece en la portada de The Hollywood Reporter, pero que al final del día frena su auto en seco cuando ve en la calle a la estrella de su infancia para posar con él.

No aparece en cámara, pero Sarandos es el personaje del que todos hablan en el mundo del espectáculo. ¿Por qué? Es el jefe de contenidos de Netflix, el servicio que con sólo una conexión a internet permite –a un bajísimo precio– ver películas y series en tablets, televisores, celulares, consolas de juegos y computadores. Un sistema en línea que por estos días tiene a muchos pegados a la pantalla en maratones de ficción.

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Lo que más de 40 millones de abonados en el mundo ven es responsabilidad de este gerente, quien no se quedó replicando material de otros, sino que dio el salto para realizar títulos propios de la compañía. El aprobó los 100 millones de dólares para producir dos temporadas del aclamado drama político House of Cards con Kevin Spacey y dirección de David Fincher (Red social). Además apostó por la comentada serie carcelaria femenina Orange is the New Black, negoció con la TV nórdica para realizar la comedia bilingüe Lylihammer y, después de años, revivió la desaparecida Arrested Development (lo que también hará con la recientemente cancelada The Killing).

“Cuando nos reunimos con el equipo de Arrested Development para reestrenarlo, vi a mi alrededor y me puse a reír. No entendían nada. Pero allí estaba yo, con Ron Howard (productor del show)…  La estrella que estaba en el póster de Días felices en mi pieza de niño”, ríe cuando se da cuenta de que trabaja de la mano de aquellos que veía a distancia.

—Y ahora Ud. es el big boss…  
—¡Sí! (da otra carcajada)

—Tiene un pasado parecido al de Quentin Tarantino, pues también pasó mucho tiempo aprendiendo de películas y TV mientras trabajaba en un videoclub.
—Eran mis días de estudiante de cine en la universidad. Había muchas horas muertas en el trabajo, entonces pasaban a verme mis amigos y poníamos los clásicos. Más del 70 por ciento de los títulos que analizábamos en clases estaban en la tienda. Y nos repetíamos una y otra vez nuestros favoritos, como El padrino.

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—En una industria donde los ejecutivos mandan a hacer decenas de programas pilotos como si fueran cualquier producto de consumo, ¿cuán importante es para usted, como gerente, tener ese lazo afectivo con lo que sale por su pantalla? 
—Mi forma de trabajo es distinta. No es que la del resto esté mal. Allí tienes a Les Moonves, presidente de CBS, quien no tiene éxito con sus programas sólo por una cosa de suerte, sino que posee el instinto para saber lo que funciona o no en TV.  Es un don que lleva desarrollando por más de 30 años. Algo que no es menor para una industria que cancela más del 75 por ciento de los shows que estrena al año.

—Hay instinto para tener éxito con una serie. Pero la industria habla de una “ecuación Netflix”: ustedes saben lo que quiere el público por la base de datos que manejan de sus suscriptores (preferencias, géneros, edad). ¿Cómo funciona?
—Es un sistema que une un 70 por ciento de ciencia y un 30 por ciento de arte. Tenemos los datos de preferencias del público y contamos con los profesionales lo suficientemente inteligentes para interpretar esa información. Cuando llegó a nosotros House of Cards,  el proyecto ya venía con el director, sus estrellas y guión listos. Entonces allí lo que hicimos fue ver en nuestra base la cantidad de personas a las que le gustaban los dramas políticos, Kevin Spacey y las películas de David Fincher. Allí evaluamos y nos dijmos: Si este programa se hace bien, la audiencia potencial es bastante grande. Y no se hacía nada del género desde The West Wing sólo porque los ejecutivos de las cadenas lo habían decidido, no porque analizaran los datos. Además, yo veía a esta serie como un drama shakesperiano que podía entenderse en Washington como en Buenos Aires.

—¿Todo está en la base de datos?
—Nosotros no creemos en convenciones. Confiamos más en los datos.

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—¿Los datos también sobre los grandes nombres de Hollywood?
—Es que también hay que pensar, por ejemplo, que David Fincher más que un nombre nunca ha hecho una mala película. Nos damos cuenta que sus trabajos –Los siete pecados capitales, Benjamin Button, El club de la pelea– son vistos por muchos suscriptores. Tiene visualidad y, al estilo Hitchcock, sabe cómo manejar una audiencia. Y eso es lo que buscamos, no sólo un nombre vistoso en los créditos.

—El servicio “on demand” está en el mercado hace rato con otras empresas. ¿Por qué el éxito del algorismo Netflix?
—Pienso que la idea del sistema es importante, pero la ejecución de éste es crucial.  A nosotros no sólo nos pueden acceder por distintos aparatos, sino que también funcionamos aunque la velocidad de internet esté lenta. Además, junto con el catálogo de películas y series, tenemos producciones propias de alto estándar, presentamos nuestra oferta de manera atractiva y amigable para el usuario y a un precio muy barato (en Chile, casi $ 4 mil mensuales), así que la gente no se priva de algo para tener Netflix.

—¡Pero se acaba nuestra vida social! 
—(Se ríe fuerte). Igual es muy gratificante pensar que una serie que partió en una oficina de Los Angeles termina siendo tema de conversación en un lugar como Chile.

—En su aventura de lanzar series, ¿qué ha aprendido de las cadenas tradicionales?
—Siempre tomando el referente de Les Moonves en CBS, ellos saben quiénes son. Conocen su marca. Y en cuanto a TV, no ha existido un gran cambio en los últimos cuarenta años… También vemos ejemplos como el canal F/X que retoma géneros que eran parte de la oferta cuando éramos más joven. Es su caso con American Horror Story , que retoma el género del terror que era habitual tiempo atrás con  shows como La dimensión desconocida. Nosotros queremos hacer lo mismo, hallar lo que falta en pantalla.

—¿Y cuándo nació la idea de saltar a la producción original?
—En 1999, ya era parte de nuestro plan con Reed Hasting (creador de Netflix). Pero decidimos que el primer paso debía ser armarnos de una base de suscriptores, mantener la fidelidad con una oferta de títulos atractivos y, de allí, saltar a los programas propios.

—Pero en cuanto partieron con las series de su factoría los números de suscriptores se alzaron notoriamente.
—Se logró algo muy interesante: con nosotros la fidelidad del público se dio con el acceso a series que a la gente ya le gustaban, pero nuestro crecimiento se notó cuando le dimos programas que adoraban (los de su marca).

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Hace unas semanas, Ted Sarandos llegó a los titulares en Estados Unidos por afirmar en una conferencia que la rigidez del sistema –liderado por las cadenas de cine– que dificulta el pronto estreno de los títulos en otras plataformas (dvd, web, tv) iba a matar en corto plazo el negocio de las películas.

—¿Cómo es coexistir con el sistema tradicional de Hollywood?
—Los estudios se venden uno al otro programación. Así que no es raro que tus competidores también sean tus proveedores…

Y para Chile, la pregunta más importante: ¿Cuándo vamos a tener en nuestro país el mismos catálogo de títulos que en Estados Unidos?
—La brecha se acortará muy pronto… (no da fecha, pero da una mirada cómplice). Luego, muy luego, seremos globales. El único obstáculo de que eso ocurra es el sistema del negocio (de restringir las fechas de estreno, para privilegiar a los cines). Un sistema que ya muere, pero es una muerte lenta. La forma de las distribuidoras es un mar en el que tenemos que navegar todo el tiempo. En caso de las series, a veces un canal compra los derechos para Latinoamérica por dos años, y tenemos que esperar esos para poder transmitirlo nosotros.