“No soy una señora sociable ni brillo por ser elegante. Así es que si me haces esta entrevista, tengo que mostrarme tal cual soy”, afirma de entrada Sylvia Soublette, sentada en la poltrona de su escritorio, el lugar donde a sus impecables 96 años recibe alumnos de canto y compone junto al piano, el laúd y sus numerosas partituras. Sobre una mesita figura abierto su computador personal, el mismo donde acaba de terminar las memorias que —confiesa– todavía no se atreve a publicar. En esa misma laptop suele redactar las cartas al director que de cuando en cuando sacan roncha desde la página A2 de El Mercurio. “Es que soy bastante crítica de las cosas que suceden en este país”, explica.

Con una memoria e inteligencia envidiables, Sylvia Soublette Asmussen no usa bastón y camina despacito, pero derechita. El tiempo sólo ha castigado su oído, el mismo que tantas satisfacciones le dio. No se queja, aunque ya no pueda ir a los conciertos que tanto le gustan. “La sola idea de salir en auto, y un taco, y llegar al Teatro Municipal… me quita el entusiasmo”, justifica.

Compositora, directora coral, cantante, profesora y gestora cultural, viuda del senador, canciller y carta presidencial Gabriel Valdés Subercaseaux, ha hecho de la cultura su razón de vida. Fue precisamente la música lo que la llevó a enviar su última carta publicada por el decano: “Era sobre un tema que a mí me importa mucho y lo voy a decir ahora también: pasa que este país es muy poco artista; el tema simplemente no interesa. Por supuesto que el Teatro Municipal hace óperas estupendas, pero va gente que le gusta la música y otros que lo ven como un lugar de encuentro, para hacer vida social. No los critico, pero eso no es lo mío”, apunta en su estilo directo. Y cuenta una situación que le ocurrió hace poco y que a su juicio nos describe: “Le pedí ayuda financiera a un banco para hacer una obra y me dijeron que no, que se habían gastado todo el presupuesto del año para cultura en Plácido Domingo. Eso retrata a Chile de cuerpo entero”.

Y mirando con ojos serios, suspira antes de agregar: “Cada vez está más cargado al materialismo este país. Echo de menos un poquito más de espiritualidad, de sensibilidad, que es lo que lleva a buscar lo bueno, lo positivo, algo que para mí se traduce en ser generosos, preocuparse de los demás… Este país está muy egoísta, individualista; a nadie le importa nada, no hay ningún respeto. Qué quieres que te diga: me siento tremendamente ajena”.

Si hay algo que desde siempre la ha indignado, es lo mal remunerados que están los músicos en Chile y la escasa disposición a pagar lo que realmente vale la entrada a un concierto, ya sea una orquesta, una suite de cámara o un solista: “Piensan que debe ser gratis o que tiene que costar mil pesos, lo que es una gran injusticia”, reclama. Por eso anuncia el que ahora es su máximo orgullo: Camera Music, una sociedad que acaba de crear junto a Marisa Morel (hermana de Cecilia, la Primera Dama) para organizar conciertos con aportes de personas interesadas en apoyar la actividad. “Marisa es agente, ella coloca los conciertos y nos ha ido bien. Para este año tenemos cuatro programas de música de cámara, que comenzarán en julio”.

Siempre ha hecho las cosas a su manera. Desde que era niña y vivía en Viña del Mar con su hermano Gastón, el reconocido filósofo, musicólogo y esteta. Estudió Composición en la Universidad de Chile con Domingo Santa Cruz y luego partió a Francia por un año a especializarse. “Conseguí una beca del gobierno francés y nos fuimos con mi marido”, dejando a sus hijos en Chile a cargo de su mamá. “Lloraba a moco tendido. Desde que me subí al avión y durante los 12 meses que estuvimos fuera”.

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Fundadora del Conjunto de Música Antigua de la Universidad Católica (pionero en Chile y Latinoamérica), Sylvia y su familia pasaron la dictadura en Estados Unidos, donde su marido trabajaba para la ONU. Al regresar comenzó lo que ella misma llama su “gran época”: abrió una pequeña escuela en el convento de los franciscanos y cuando ya no cupo un solo alumno más de los que tenía, creó el Instituto de Música de Santiago. “Arrendé una casa que no sabía cómo iba a pagar… Quería hacer una enseñanza distinta a los conservatorios y las escuelas de música. Empecé sin un peso, pero formé Los amigos del Instituto, que eran puros empresarios; ellos aportaban dinero —no una gran cantidad, pero suficiente porque eran muchos— y si bien los alumnos pagaban, podía hacerme cargo de los que eran más pobres”.

En su casa, hoy prepara cantantes para sus conciertos: “Son solistas que van a cantar una determinada obra, y vienen acá para que yo los corrija, les enseñe el estilo y esas cosas”. Tampoco ha dejado de componer. “Ahora hice una última cosa bastante moderna”, cuenta Sylvia, quien se ha destacado por su música coral, solos de canto y sonatinas para piano, violín, flauta…,“acabo de escribir una obra que se llama El maleficio y está basada en una leyenda del sur”.

Culpas y el Carmen-gate

“Oye, pero si tú estás muy bien, ¿por qué no te casas de nuevo?”, le han comentado al ver lo bien que luce a sus 96. “Les contesto que ni muerta; después de haber estado casada con Gabriel, no habría encontrado a ningún otro hombre que valiera la pena”, dice bajando la mirada. Todo lo contará en sus memorias, que como se encarga de anunciar están “requeteterminadas”, aunque admite que aún tiene ciertos escrúpulos de publicarlas… “Porque cuento hechos de la vida nuestra, de cuando Gabriel era ministro, de los viajes, las personas que iban con nosotros, cómo eran… Entonces ahí puede haber alguien que se sienta herido”.

Aunque no quiere adelantar mucho, hay más de un capítulo dedicado a la política. Particularmente a la DC, partido del que su marido fue uno de los máximos referentes y donde ella militó hasta hace poco. Seguramente, en su libro hablará de un momento negro para la DC: el Carmen-gate, la bochornosa primaria interna marcada por acusaciones de hurto de las actas de votación, lo que habría perjudicado a Valdés —identificado con el ala más progresista del partido— y tras lo cual Patricio Aylwin fue proclamado como candidato de la DC para las presidenciales de 1989.

“Me molestó —confiesa Sylvia—. Siempre fui de una fidelidad total con Gabriel. Siempre estuve con él, lo apoyé, lo defendí cuando se hacía algo que no estaba bien. Así es que ese fue un episodio que viví mal. Nunca lo he hablado, pero claro, estará en mis memorias…”.

—¿Se le fue el rencor con el tiempo?

—Pasan los años y uno al final se pone muy comprensiva y perdonadora.

—¿Es perdonable que partidarios de Patricio Aylwin hayan entrado a la sede del partido en medio de la noche a cambiar los votos?

—Bueno, eso también ha tenido su censura, porque la mayor parte de la gente lo sabe. Pero no quiero estar mal con la familia Aylwin. Tengo mucha simpatía por Leonor y Mariana, y con el mismo Patricio no guardaba rencores especiales al final de su vida y de la mía; creo que he llegado a una edad en que no conviene seguir alimentando antipatías.

—¿Fue un dolor muy grande para su marido perder así la opción de ser el primer presidente en democracia?

—Sí, pero lo que más le afectó fue la actitud de los democratacristianos y de sus amigos.

—¿A usted le habría gustado ser primera dama?

—¡Encantada pues! Imagínese todo lo que habría hecho por la música. Habría viajado por todo el mundo consiguiendo ayuda.

—A propósito: ¿qué visión tiene de Sebastián Piñera?

—Le tengo harta simpatía; lo conozco de niño, desde que tenía cinco años. Eramos muy amigos de sus padres, José Piñera y la Picha Echenique, porque ellos eran DC. Gabriel quería mucho a Sebastián, tenían una amistad muy fuerte. Y él es una persona muy inteligente; desde que era senador se distinguía por eso. Pero para mí es muy difícil, porque yo no puedo aceptar el pensamiento de derecha, menos el de la UDI. Y para qué decir el del nuevo neonazismo…

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—¿Lo dice por José Antonio Kast?

—Un neonazi, pues. Una persona que acepta ponerse una camiseta con un helicóptero que va dejando caer una persona al mar, como burlándose. ¿Qué es eso? El se defendió diciendo que le habían entregado la polera, que se la había puesto y no se dio cuenta. ¡Pero el letrero era así tan grande! Hay que combatir una ultraderecha porque es peligrosa. Eso es algo que no se puede aceptar, así como tampoco acepto el extremo en la izquierda.

—Han pasado casi siete años desde que murió su marido. ¿Lo echa mucho de menos todavía?

—Se extraña más a medida que pasa el tiempo, eso es lo más curioso. Cuando recién pasó, uno como que no se convence, es como si hubiera vivido una especie de película…

—Cuando se piensa que en cualquier momento va a volver…

—Eso me pasó a mí. Por lo demás, él ha vuelto…

—¿A ver, cómo es eso?

—Es que me van a creer loca, así es que no sé si contarlo.

—Entiendo que los primeros días usted lo llamaba, le pedía que se manifestara.

—Claro, hasta que un día lo vi parado al lado de mi cama.

—¿No era un sueño?

—Lo vi, lo vi. Lo que pasa es que antes de que él muriera, dijimos que el primero que se fuera daría algún tipo de señal. El me preguntó: ¿pero cómo? Y yo le dije: en sueños.

—¿Entonces sí se apareció?

—Al amanecer. Es ahí cuando uno está en vigilia, entre sueño y despierto. Y lo vi por segunda vez ahora, hace poco, parado al lado mío, en la mañana. Y yo le dije: qué bueno, usted está conmigo, qué felicidad.

—¿Qué expresión tenía?

—No recuerdo tanto su cara. Lo vi a él entero, parado así, al lado, y lo único a lo que atiné fue a decirle: quédese por favor, no se vaya. Y bueno, en otra ocasión también, cuando recién se murió, también lo vi. En mi pieza, lo vi.

—¿Hablaron?

—No, esa vez me dio un abrazo. Sólo han sido esas dos veces. Por eso tengo mucha fe de que existe otra vida, absolutamente.