Camina vanidosa por las calles de Manhattan. Su acompañante, un galán de traje y sombrero, la escolta sin poder ocultar cierto tono de lujuria en su mirada. Se coquetean. Ella, rubia con un vaporoso vestido blanco, oye el ruido del metro bajo tierra y, con picardía, se instala sobre una rejilla de ventilación en plena calle. La ventosa transmitida por el tren levanta el vestido plisado de Marilyn, dejando entrever no sólo las pantorrillas, sino también parte de los muslos del ícono erótico más deseado en la historia del cine. Se trata de una escena de la película La tentación vive arriba (1955) que se transformó en un emblema de la seducción y que hasta el día de hoy es imitada en cientos de representaciones. Inocencia, sensualidad y erotismo, características que Norma Jeane Baker Mortenson personificó a cabalidad, pero que muchas veces la hicieron sentir prisionera de un estereotipo que no encajaba con su verdadera esencia.

Ni siquiera su trágica muerte permitió que la rubia dorada descansara de las caretas que los medios de comunicación de la época le impusieron. Las fotos tomadas por los equipos de investigación en su lecho de muerte fueron publicadas a las pocas semanas de su deceso. Y hoy, a más de 50 años de su fallecimiento, salen a la luz una serie de indecorosos detalles revelados tras la autopsia. Que la rubia no tenía dientes, que llevaba semanas sin depilarse, que usaba implantes mamarios y que no había retocado las raíces de su dorada cabellera, son algunos de los morbosos detalles publicados en un libro titulado Pardon my hearse (2015). Sus autores, dos trabajadores que estuvieron presentes durante la autopsia, declaran que la sorpresa los embargó al contrastar a esa Marilyn destruida, con la imponente y sensual imagen que veían en sus películas. Es como si a la mujer más deseada de Hollywood se le exigiera lucir perfecta, incluso tras su muerte. Falta de escrúpulos y exigencias que la atormentaron durante toda su carrera.

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Norma Jeane Baker Mortenson, más conocida como Marilyn Monroe, nació en Los Angeles el 1 de junio de 1926. Jamás supo la identidad de su padre y, desde pequeña, tuvo que enfrentar el abandono de una madre trastornada que luego fue internada en un sanatorio siquiátrico por un cuadro de esquizofrenia paranoide. Vivió desde los nueve años en orfanatos. Nunca supo lo que era el calor de pertenecer a una familia y, según algunas fuentes, sufrió de abusos sexuales en una de sus tantas casas de acogidas.

Sus inicios en Hollywood fueron lentos. Comenzó como modelo posando desnuda para el lente del fotógrafo André de Dienes, provocando la alarma social. Marilyn fue pionera en cuanto a la liberación femenina, una mujer de mentalidad abierta, incluso en lo sexual, contrastando notoriamente con el hermetismo erótico de la época. Luego de ello, incursionó en el cine. Pero no siempre fue la estrella. En 1945, con sólo diecinueve años, firmó su primer contrato con 20th Century Fox, en donde realizó varios papeles secundarios. No será hasta 1953 –en la película Niágara- que interpreta su primer rol como protagonista, dirigida por Henry Hathaway.

Desde allí, la fama la golpeó fuerte e inesperadamente. La tentación vive arriba (1955), Los caballeros las prefieren rubias (1953), Cómo casarse con un millonario (1953) y muchos otros fueron los títulos en los que el mito erótico de los años 50 lució sus curvas. Pese a esto, ella aún no estaba conforme con su carrera cinematográfica. “Hollywood es un lugar donde te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma. Lo sé porque rechacé la primera oferta bastante a menudo y cobré siempre los cincuenta centavos”, aseguró en una entrevista. La rubia tentación estaba cansada de interpretar papeles que denigraran a la mujer. Estaba aburrida de ser siempre una ‘chica objeto’ y ansiaba realizar roles que sacaran a relucir su talento como actriz.

Se inscribió en una escuela nocturna para aprender sobre Literatura e Historia del Arte, al tiempo que se esforzó en crear una productora propia: Marilyn Monroe Production. Pese a todos los intentos, nadie la tomó en serio. Ni la prensa, ni sus amigos, ni compañeros de trabajo y menos sus amantes. Se casó tres veces, y las tres terminó con el corazón destrozado. Su primer marido fue un mecánico al que conoció con tan solo 16 años en una planta de construcción de aviones. Cuatro aniversarios después se divorciaron luego de que éste la engañara con su ex novia. El siguiente fue el jugador de béisbol Joe DiMaggio, un hombre inseguro e inmaduro con quien duró tan sólo 9 meses. El escritor Arthur Miller fue el tercero, pero no por ello el definitivo. De hecho, este quiebre matrimonial fue el que la llevó a la perdición.

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“¡¡Sola!!! Estoy sola, siempre estoy sola, sea como sea”, escribió en un viejo cuaderno de anotaciones que fue encontrado en su habitación y que, hace poco, fue publicado bajo el título de Fragmentos (2011). Allí, es posible detectar la desesperación de una mujer sumida en la depresión, bastante diferente a la chispeante y seductora fémina de las películas. Su terapeuta, la doctora Hohenberg, la persuadió para que se internara en una clínica siquiátrica a modo de “descanso”, pero ni siquiera aquel tratamiento alivió su dolor. “Socorro, socorro, socorro. Siento que la vida se me acerca cuando lo único que quiero es morir”, escribe en otro de los poemas de su cuaderno. Un grito de auxilio que ya advertía sobre su trágico final.

El 5 de agosto de 1962, Marilyn Monroe fue hallada muerta en su casa de Hollywood. Tenía tan sólo 36 años y, si bien el forense dictaminó que la actriz se había suicidado con una sobredosis de somníferos, las causas de su deceso aún permanecen inconclusas. ¿Envidia? ¿Líos amorosos? ¿Confabulación de Kennedy por su supuesto romance? Al parecer, nunca se sabrá la verdad, pero la curvilínea actriz sigue viva. Posee esa belleza inmortal que la dejó plasmada hasta la eternidad. Hoy es el rostro de la marca de cosméticos Max Factor, su famoso vestido blanco fue subastado por 4,6 millones de dólares y su imagen sigue siendo el emblema de la sensualidad femenina. Es que Marilyn es un mito. Y los mitos nunca mueren.