Fue en la víspera del día de los enamorados del verano de 2005. Lucha o Luchita, como le dicen sus amigos, estaba a punto de apagar el televisor y cerrar los ojos, cuando sintió ruidos que venían desde el portón de su propiedad en el sector de San Damián en Las Condes. Minutos más tarde, escucharía de boca de su empleada y fiel escudera Tegualda Vargas que el alboroto correspondía a Carabineros. La primera versión de los oficiales hablaba de la presencia de ladrones pero la violencia con que se presentaron y el tono, al borde de los gritos, alertó a las dos mujeres que inmediatamente presintieron que había algo más. No se equivocaban, afuera los autos policiales se agolpaban, uno tras otro, debajo del majestuoso nogal que provee a su dueña de nueces “libres de pesticidas” durante todo el año. De pronto, más de diez uniformados fueron directo hacia un rincón de la propiedad, justo en el sector que colinda con la residencia del empresario Francisco Javier Errázuriz y a muy pocas cuadras de la casa del ex Presidente Piñera. Ahí, debajo de una gruesa malla de kiwi estaban las 40 plantas de marihuana que María Luisa había plantado hace poco y que aún no alcanzaban el tamaño para ser cosechadas. No estaban escondidas, la malla buscaba protegerlas del ataque incesante de pájaros que habitan en este verdadero santuario natural de alrededor de una hectárea. Ahí, entre el pequeño bosque de eucaliptos y una huerta orgánica con tomates, porotos verdes, paltas y morones se multiplican las aves y también los conejos. Eso fue lo que Luchita les dijo a los oficiales desde el primer minuto y lo que repitió todas las veces que fue interrogada en el Servicio Médico Legal

No tenía la más mínima idea del valor de un gramo porque nunca había comprado en el mercado negro, pero conocía al revés y el derecho las claves del autocultivo. Algo que los profesionales de salud corroboraron en informes posteriores que cuatro meses después permitieron su sobreseimiento definitivo. Aquejada de una agresiva artritis reumatoide y con placas de titanio en ambas manos y pies, ella defendió desde el primer momento el uso medicinal de la marihuana a través de aceites corporales y compresas hechas con la hierba despertando la solidaridad de personajes de distintos sectores. Políticos de la talla del fallecido Gabriel Valdés salieron en su defensa. Incluso, el desaparecido economista Alvaro Bardón le dirigió una encendida carta pública que decía: ‘Lo que a usted le ha ocurrido es el duro reflejo de una política represiva sobre los derechos personales. Considerando que es ciudadana mayor de edad, ningún político o poder estatal tiene derecho a decirle a usted lo que puede o no consumir. Más aún cuando se trata de una represión que impide curar males y enfermedades empleando métodos que se vienen usando desde hace 3 mil años’. De forma más privada, otros también le hicieron llegar muestras de apoyo, como el emblemático dirigente socialista Carlos Altamirano, quien la felicitó por “ayudar a desdemonizar una palabra”.

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Tras soportar estoica ocho largas noches en la sección Esperanza del Centro de Orientación Femenina de San Joaquín mientras el caso se investigaba, María Luisa regresó a su hogar. Al mismo silencio que abrazó en 1973, cuando puso fin al matrimonio de 20 años con uno de los hombres más poderosos de la Democracia Cristiana, el ex ministro y senador Juan Hamilton Depassier. Ni las millonarias propuestas de estelares de televisión dieron resultado. Tampoco los llamados de revistas y diarios, menos la oferta editorial de escribir su propia biografía. Nada logró convencer a esta mujer, a quien sus contemporáneos definen como “vanguardista” y “libertaria”. Una amiga cercana afirma que jamás se la imaginó dando notas ni haciendo ningún tipo de apología de la hierba. “Imaginar algo así es, en definitiva, no conocerla. Ella nunca quiso convertirse en bandera de lucha. Unicamente exigió que se reconociera su derecho a tener una medicación natural para su enfermedad y no ir a las farmacias. Habló desde la verdad cuando nadie se atrevía”.

La segunda hija de Manuel Velasco y María Luisa Wightman, nació en Viña del Mar en 1934, en medio de una noche de tormenta descomunal en la que el estero Marga Marga se desbordó como pocas veces en la historia. De alguna manera fue un augurio de lo que sería su existencia y arrojo. Su madre fue una de las fundadoras de la Cruz Roja de la región y el padre, un destacado ingeniero de la Armada que llegó a ser gerente general de la Sudamericana de Vapores. Sus primeros años los vivió al final de un pasaje que terminaba en la Quinta Vergara. Eran los tiempos en que de noviembre a abril, nadaba junto a sus hermanos Manuel y Pilar, más una decena de primos, en la playa Las Salinas. 

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Años después, en Santiago, la residencia del abuelo Federico Wightman se convertiría en uno de los escenarios importantes de su niñez y adolescencia. En el edificio de estilo neogótico construido por el arquitecto Alberto Cruz Montt en 1919 transcurría parte importante de la vida social santiaguina de la época y de la curia que ni bien llegaba de Roma acudían hasta el también conocido Palacio Wightman. Tertulias, conciertos de piano y fiestas eran frecuentes en el hogar del gerente de Grace & Company que hoy es conocida como la Casa del Maestro. La imponente construcción fue utilizada por Salvador Allende para preparar su desembarco en el palacio de gobierno en 1970 y la prensa la bautizó “la Moneda chica”. Entre los integrantes de su familia, Luchita fue una de las pocas que se puso feliz con la noticia. “Es que tú eres roja” le decían sus familiares, mientras ella sonreía. 

A Hamilton lo conoció con apenas 16 años y era su opuesto. Ella una buena cristiana, educada en la solidaridad con los más desposeídos, él un abogado sobresaliente de una empresa minera con las más altas aspiraciones políticas. Juntos tuvieron cinco hijos: Patricia, Tomás, María Luisa, Pauline y John, quien falleció muy pequeño a causa de un derrame cerebral. En las publicaciones de la época, los Velasco Hamilton aparecen retratados como ‘la familia perfecta’. Mientras el dirigente democrata-cristiano escala en los círculos de poder, desde el Ministerio de Vivienda y Urbanismo a la Subsecretaría del Interior hasta convertirse en la carta presidencial de un sector falangista, María Luisa se repartía entre los niños, los compromisos del Movimiento de Acción Católica y las demandas sociales que recogía en las campañas senatoriales de Chiloé, Aysén y Magallanes. Le dolía las condiciones de trabajo de las temporeras del sur, pero más le afectaba la indolencia de las autoridades, a quienes no temía en plantear sus inquietudes en cuanto evento social pudiera. Mientras, también organizaba talleres de sexo, salud y matrimonio para enseñar a las mujeres cómo cuidarse y no quedar embarazadas. Muchos la celebraban, pero también hay quienes criticaban sus ideas “demasiado progresistas para la época”.

Cuando nadie se atrevía a pronosticar el fin de su matrimonio, es la misma reina Isabel II en 1968, en el marco de una visita oficial, quien le diría algo que cinco años después cobraría un sentido especial.  En la ronda de saludos protocolares previa a la recepción en La Moneda, la monarca se detiene frente a ella y al escuchar que era la señora de Hamilton, le pregunta: “ Hamilton is irish or scottish”. María Luisa le responde irish y la reina acota: ‘Very charming people but very difficult’. Durante la fiesta, concentrará todas las miradas en la improvisada pista de baile, cuando Felipe de Edimburgo le invite una pieza y entablen un breve diálogo, fuera de todo protocolo. En la administración Frei Montalva, la Luchita era una cara habitual en La Moneda, donde sus talentos de anfitriona hacían que la entonces Primera Dama, Maruja Ruiz Tagle confiara ciegamente en ella. 

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“Tiene una belleza única. De joven, eran cascadas de pelo rubio interminables y como Juan era muy buenmozo  hacían una linda pareja ”, recuerda Mary Rose Mac Gill, quien en 2005 fue una de las primeras en reclamar por su detención. “Es una mujer encantadora con un gran sentido del humor y muy valiente. Imagínate que se separó en un momento cuando nadie lo hacía”. Un ex colaborador de la DC recuerda haber presenciado muchas veces como la vitoreaban en los actos políticos, en los que llamaba a los trabajadores a exigir sus derechos con la misma pasión que mostraba en las múltiples actividades pastorales. “Ella estaba muy pendiente de todo, participaba activamente, discutía con los sindicatos, siempre con una opinión bien argumentada. Era un verdadero aporte. Cuando se encontraban con Allende en el sur, él siempre le decía ‘tú eres la que debería ir al Congreso, cámbiate de bando’. Eran tiempos en que una familia bien constituida era el requisito número uno de un político. 

El distanciamiento con su marido surgió de profundas diferencias valóricas que terminaron por convencerla de que los democratacristianos no eran ni demócratas ni cristianos. “Ahí comienza a gestarse en ella un divorcio interno. Espera el matrimonio de su primera hija y después decide instalarse en la parcela de San Damián”, cuenta un ex militante DC. “Siempre he dicho que hay mujeres que se dedican a hablar de lo que hacen las otras y mujeres que simplemente siguen su camino. Ella era de estas últimas”, agrega. 

En la década de los ’70 y ya separada, mientras realizaba estudios de asistente social y sicología en el Instituto Carlos Casanueva,  frecuentó un grupo que sería clave en el resto de su vida: Arica.  En este movimiento dirigido por el boliviano Oscar Ichazo, al que también se incorporó su amigo el  fotógrafo Sergio Larraín, descubre una escuela evolutiva que calzaba a la perfección con sus intereses. Ahí, aprendería el eneagrama en tiempos en que nadie sabía de qué se trataba. Su vida se llenó de otros colores y su casa de nuevos amigos y actividades que la hicieron popular entre quienes trabajaban el espíritu.

En este proceso de búsqueda, Luchita se traslada a vivir al Valle del Elqui en 1983. Ahí pasa cerca de 10 años realizando ‘trabajos evolutivos’  y en los que las Memorias de Platón se convierten en su mejor compañía. Pero el deterioro de su salud y los dolores que le provocaban su avanzada artritis la obligan a regresar a su casa en Santiago.  

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Proclama a sus amigos que para mejorar utilizará sólo medicina natural y que no caerá en “el monopolio de la salud que hacen las farmacias”. Fue entonces cuando recurrió a tratamientos derivados de la marihuana, la que había conocido a principios de los 70 junto a un grupo de artistas locales entre los que estaba su fiel amigo y Premio Nacional de Arte, Hugo Marín. Decidió autoabastecerse cultivando su propia huerta de cannabis, la que años más tarde descubriría Carabineros y las que ella llamaba cariñosamente “princesas”.

Hoy, refugiada en la misma casa de San Damián, que ha defendido de inmobiliarias y ofertas tentadoras, no oculta su preocupación frente a lo que llama la “banalización del tema de la marihuana” y no entiende cómo hay gente que aún desconoce que la planta no puede ser consumida con ningún tipo de alcohol.  “El THC es un coñac muy fino por lo tanto agregarle otro alcohol es tan peligroso como mandarse una borrachera”, les repite a todos los que buscan en ella información científica sobre la planta. Y aunque periódicamente aparece algún periodista que busca conocer su historia de primera fuente, ella repite siempre lo mismo: “muchas gracias pero no”. Son demasiadas batallas para alguien cuyo máximo logro es despertarse cada mañana con la vista a su jardín silvestre, el que pese a no tener ya la controversial planta, le provoca la misma felicidad que cuando lo construyó hace más de cuarenta años con sus propias manos.