“Estoy viviendo de nuevo…, ¡me reinventé!”. Así María Eugenia Oyarzún describe su vida a los 78, alejada hace más de una década del periodismo (trabajó 46 años en La Tercera, fue directora de carrera en la Universidad de Chile y Uniacc) y de la contingencia política, para sumergirse en el desconocido mundo del arte y de la literatura.

Para muchos, era la periodista más cercana al gobierno militar, al punto que por varios años abandonó el reporteo para ejercer como alcaldesa de Santiago y embajadora ante la OEA en tiempos de dictadura, por lo que su nombre generó resistencia en algunos sectores. Con su imponente 1.75 metro y clásico moño, María Eugenia era de las pocas que en esos años tenía la plena confianza de Augusto Pinochet y su familia; logró entrevistarlo más de 30 veces, llegando a publicar dos libros sobre el ex general.

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Cuando cumplió 70, y ya retirada de la vida profesional, un viaje con su marido a París para superar una incipiente depresión que le generó verse de pronto “desocupada”,  terminó con ella internada y operada de trombosis cerebral. “Fue entonces que decidí hacer algo por mí. Necesitaba trabajar con las manos, ¡botar energías!”, dice explicando su nueva veta de pintora, motivada por una cuñada que le recomendó unos talleres de la Municipalidad de Vitacura. Este nuevo pasatiempo le cambió la vida. Ya lleva más de 100 cuadros, muchos de los cuales decoran su espacioso departamento de Presidente Riesco, donde vive con su marido Fernando Errázuriz, y hasta donde llegan a menudo sus dos hijos y ocho nietos. Además, está en cursos de cerámica y de cuentos literarios con lo que llena sus días. “La vejez hay que mirarla con otros ojos, no con los de echarse a morir ni de convertirse en una vieja de mierda, sino de reinventarse, de entender que la vida es un continuo cambio, si no, ¡estás sonada! Me siento de 30, 40, la edad cronológica no es un impedimento para pasarlo bien, hacer cosas entretenidas. Lo único malo es que la salud no me acompaña, soy una enferma de alto riesgo”, se lamenta aludiendo a su problema de coagulación que el año pasado la tuvo grave a causa de una nueva trombosis, tras someterse a una operación en la cadera. Pero a María Eugenia nada la amilana; a pesar de los delicados problemas de salud por los que ha atravesado, está preparándose para partir en septiembre a un viaje familiar en un crucero que la llevará por Nueva York y las Bahamas. “Vivir es un riesgo, y estoy dispuesta a asumirlos. Solo Dios sabe cuándo, y no tengo por qué preguntarle tampoco. Eso sí, ya tengo mi maleta lista”.

A pesar de estar retirada de las pistas, la periodista observa la contingencia con la misma agudeza de sus años de reportera. Lee a diario El Mercurio, La Tercera, todo tipo de revistas, y no se pierde los noticieros, a pesar de su molestia por el tipo de noticias que hoy predominan. “¡¿Cómo es posible que el 80 por ciento de ellas sean violaciones, atropellos, asaltos?!… No quiero caer en la crítica al periodismo actual, pero los profesionales del rubro deberíamos meditar sobre lo que estamos haciendo. Somos responsables de lo que pasa, de lo que quiere la gente y también de lo que cree querer… Y no estimo que lo único sea farándula, piluchos y sexo. No estoy en contra del sexo, pero ¿dónde ha quedado el amor?, ¿el pensamiento, la filosofía, la reflexión, la meditación? Nadie piensa, no hay tiempo para eso, ¡todo es desechable!; eso me asusta por mis hijos, nietos y por mi país que tanto quiero”.

A los políticos actuales también los mira con distancia. “Cuando los veo en TV, cambio de canal. Están discutiendo tonteras… Estamos viviendo tiempos difíciles, no toda la gente que está en el poder está preparada, y eso es grave. Son pocos los líderes que se enfocan en el país por sobre sus bolsillos o intereses personales. Las naciones se construyen a largo plazo, se proyectan, sin embargo, aquí los gobiernos deshacen lo que hizo el anterior, ¡y empecemos de cero! Todas las medidas son cortoplacistas. Chile se hace cada vez más viejo, no tiene jóvenes ni niños, y nadie hace nada. Al contrario, se promueve la ley de aborto en vez de propiciar proyectos que premien a las mujeres o matrimonios para que tengan hijos… Siento que aquí no valoramos nada, sólo los fracasos. Somos un país sin historia, aspiracional; los pobres quieren ser de clase media; éstos de clase alta, y los de alta, ¡príncipes! Vivimos mirando para arriba, preocupados de cosas básicas, no miramos con la altura de quien sueña… A los políticos les falta soñar con un Chile mejor, sin embargo, en el Congreso están concentrados en aumentarse los cupos con los tremendos sueldos, ¡están locos!… Mira, lo apasionada no se me pasa, de repente digo ¡qué ganas de ser regidora!, pero ya estoy muy vieja… Lo bueno que a estas alturas puedes decir lo que quieras, ¡me importa un poroto lo que piensen!”.

—Y las reformas que pretende el gobierno de Bachelet, ¿no cree que apuntan a un mejor país?

—En la educacional no se han centrado en lo más importante, esto es los profesores, sino en los establecimentos, si hay o no lucro. No me importa que lo hubiese si los docentes enseñaran bien, estuvieran preparados y puedan ser evaluados; y los que no sirven, ¡pa la casa! Fui directora de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile y después de una privada, y aunque en la Chile los alumnos eran mejores, ninguno venía qué bruto que bien preparado. Con las medidas que se quieren tomar están nivelando para abajo, vamos caminando de espalda para atrás que es lo más peligroso. Bueno el ministro Eyzaguirre dijo que no sabía nada de educación… Están apuntando a la Escuela Nacional Unificada (ENU), de la que soy contraria y me opuse, ¡pero nadie hace nada! 

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—Por lo visto, le afecta.

—¿Sabes?, estoy súper preocupada, con todo lo que leo —y leo harto—, me duele la guata. Hay muchas expectativas que si no resultan se pueden transformar en odio y violencia. Además, con las medidas económicas, Chile se está ralentizando, con bajas en el comercio, producción y crecimiento que generará menos empleos. Me pregunto, ¿qué pasará con esos cesantes? No quiero por nada del mundo volver a la época de los 70…

—¿Piensa que se puede llegar a eso?

—Estamos volviendo a un enojo, a un clima de violencia como en los años de  la UP, en que lo mío es lo que vale y lo tuyo no; la política de la retroexcavadora. La gente salía a la calle, hacían barricadas, les pegaban a los uniformados, hay una fotografía famosa de un tipo tirándole piedras con una honda a un carabinero. Por qué mejor no seguimos el camino de Patricio Aylwin de tratar de ponernos de acuerdo; claro, en ese tiempo estaban los militares, no es tanta la gracia, o se ponían de acuerdo, ¡o se ponían de acuerdo! Los políticos deben ponerse las pilas para no caer en lo mismo, ya que varios de ellos fueron responsables de lo que ocurrió, aunque todos se lavan las manos, ¡nadie fue!… Y el costo lo pagaremos todos. El dinero es cobarde, arranca cuando hay problemas. Ya se han ido capitales de Chile, hay cada vez menos inversiones… El anterior gobierno de Michelle Bachelet fue bastante bueno, tranquilo, se hicieron cosas, sin embargo, ahora reina el ideologismo y la politiquería; veo a muchos con apetito político, económico y de poder. Súmale a eso una suerte de laissez faire, de ‘dejar hacer’. ¿Cómo puede ser que un tipo mate y quede libre? Sebastián Piñera prometió mano dura, ¡no la hubo! Y ahora tampoco. Ni los que investigan ni jueces quieren aplicar la ley. A los tipos que han puesto bombas los han soltado a todos, y si no lo hacen, viene la comisión de DD.HH. o Amnistía Internacional, ¡y los liberan! El escudo chileno debería llevar la palabra “relativo”, porque todo es relativo en este país: el amor, el matrimonio, la sexualidad… Hoy puedes ser de un sexo, mañana de otro, ¡y da lo mismo! 

—¿Por qué cree que este segundo mandato de Bachelet es distinto?

—Hay una nueva coalición más radicalizada, con el Partido Comunista que está empujando…

—¿Y en qué rol ve a la DC?

—No es el mismo que tuvo en el gobierno pasado; hoy tiene menos poder y menos votos…

—Pero han sacado la voz cuando no están de acuerdo en ciertos temas.

—No lo suficiente. A la DC siempre le ha fregado la división interna; no piensan lo mismo, su presidente dice una cosa, y su secretario otra. El desastre de los ’70 en Chile fue por la división democratacristiana. Salvador Allende me dijo en el Congreso: ‘María Eugenia, la DC está dividida, y si me apoya el Partido Radical, seré el próximo presidente de Chile’. La derecha también tiene responsabilidad, que no se escondan.

—¿Cuál sería su responsabilidad?

Se pelean entre ellos, aparece dividida, y una derecha fragmentada no sirve para nada… Está muy de la mano el poder con el dinero; no sé si la lucha sea por el poder mismo o porque éste trae plata. Discuten por cosas sin importancia; se quedaron en el pasado. Ahora están viendo si sacan o no el 11 de septiembre y el gobierno militar del estatuto de los partidos, ¡por qué mirar para atrás!, han pasado 40 años y siguen en la misma. De tanto mirar hacia atrás terminarán convertidos en estatuas de sal, como la mujer de Lot…

—¿La representó Sebastián Piñera como Presidente de la centroderecha?

—Jamás lo he mirado de derecha, sino como democratacristiano. Nunca me gustó Piñera, lo conocía y no me daba confianza. Lo peor es que voté por él, bueno he votado tantas veces por lo menos malo que ya estoy cabreada. Ahora, que lo acusen de debilitar el sector, no es válido; todos jugaron a mirar para atrás, y nadie se hizo responsable del desastre de la presidencial que se veía venir. Qué falta de generosidad.

—¿A quién ve como líder del sector?

—A nadie; ninguno tiene la altura de estadista. Todos están más preocupados de asegurarse los puestos que del bien del país.

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—Al cumplirse los 40 años del Golpe, algunos de su sector se distanciaron del gobierno militar, ¿usted se lo replanteó?

—No he cambiado en cuanto a que sigo creyendo que muchos de los políticos responsables de lo ocurrido todavía están vivos. 

—¿Y en cuanto a los excesos que hubo en materia de Derechos Humanos?

—Por supuesto que no estoy de acuerdo, fueron fallas graves las torturas y violaciones a los DD.HH., sin embargo, creo que de manera interesada, el acento se ha puesto sólo en eso, y no en las cosas buenas que tuvo. Oye, si los militares llegaron por algo. Ahora es muy fácil hablar del gobierno militar, pero nadie dice que este país cambió, ¡es otro! La conmemoración de los 40 años fue lamentable, en eso los periodistas fueron muy poco rigurosos y tendenciosos. No pensaron que un 44 por ciento votó por el Sí, y que esa gente esté callada no significa que esté muerta.

—¿Qué siente al ver que muchos de los que participaron de ese gobierno hoy guarden silencio y renieguen de Augusto Pinochet?

—Hipócritas nomás… Mira, hace mucho que no hablaba de esto. Para mí, lo pasado, ¡pasó! Se requiere unos 100 años para una visión histórica, cuando la evaluación sea desapasionada. El país entero fue culpable, estábamos divididos igual que ahora, por eso me da horror que se repita la historia. Siento que hay mucho odio, en especial en los jóvenes, y eso me da pena. Hay resentimiento de todo tipo. Basta ver la televisión, en que todo apunta a la rabia y odio de clases que, al final, incita a la violencia.

—Pero es precisamente el modelo creado en ese período el que ha generado desigualdades que se traduce en resentimiento.

—Claro que genera desigualdades, pero los empresarios tampoco se ponen las pilas. Este es un país egoísta, la gente se mira el ombligo y que los demás se vayan a la cresta. Hubo un aprovechamiento del modelo por parte de los mismos de siempre… A veces pienso en todo lo que pasamos para volver a lo mismo. Como decía Julio Durán, la política es un péndulo, de repente se inclina para la derecha y después para la izquierda.

—Hay quienes señalan que con Piñera se izquierdizó el país.

—También lo creo. Prometió mucho, y cuando se le promete a la gente, ésta quiere más.

—Michelle Bachelet también prometió reformas profundas.

—No creo que pueda cumplir. La reforma educacional la han pintado como la panacea, y lo peor es decir que las cosas serán fabulosas y resultan un fracaso, porque el enojo, la ira, el odio, será mucho peor, y terminará en más violencia. Le digo a La Moneda que tenga cuidado con lo que ofrecen, porque si no funciona —como creo no funcionará—, será un nuevo Transantiago. Y es fregado porque, nos guste o no, este es un gobierno constitucional y democrático. Si hay descontento podría llegar uno populista. Tengo horror de que venga un Chávez o un Fidel Castro. No estamos vacunados, no hay vacuna… Bueno sí, “vacunas” hay, espero que los que nos “vacunaron” el ’73 no sean tan estúpidos de hacernos caer en lo mismo.  

Asegura que nunca fue amiga de Augusto Pinochet. “El me tenía mucha confianza. Sabía que no le iba a cambiar lo que él afirmaba en una entrevista; nunca lo hice, pero jamás dejé de preguntarle lo que debía. Le dije derechamente si se consideraba un dictador. Recuerdo que para uno de los libros que escribí le consulté de amores, ¿cómo andaba? ‘Ayy —me señaló picarón, poniendo los ojitos así para arriba—, soy de una lealtad con la Lucía…’. Y le respondí, ‘por piedad mi general’… ‘¡Ohh!, ¿usted sabía? A esa mujer yo la amé mucho’, me indicó sobre Piedad, la amante que tenía en Ecuador, ¡se acusó solo!… Nunca lo traté de tú ni él tampoco, le decía mi general o don Augusto, y él de María Eugenia”.

—¿Y era amiga de Lucía Hiriart?

—Tampoco. Ella también pedía que yo la entrevistara…

—¿Leyó el libro Doña Lucía?

—No quise, es que ya estoy tan aburrida del cuento. Tengo otros 3 mil libros antes por leer…

—Fue cercana al matrimonio, ¿cierto que fue ella la que finalmente gobernó?

— No sé, no podría asegurar eso, pero ella era una mujer fuerte. Don Augusto siempre decía que las señoras de militares tenían dos grados más que el marido, y era verdad. Ella fue muy dije conmigo. 

—¿Mantiene relación con los Pinochet?

—No, de repente me encuentro con alguno nomás. Insisto, nunca fuimos amigos, los respeto mucho, como familia han sufrido harto. Los compadezco… Las Fuerzas Armadas y su gente lo han pasado muy mal; no merecían tanto. La historia se reescribirá algún día. Hay que tener la virtud de la calma, de la paciencia e investigar a fondo, porque no se ha dicho toda la verdad. Hay muchas cosas que lo parecen y no fueron; aún no está dicha la última palabra… Y la derecha aquí ha sido poca cosa, no dice ni recuerda que los militares llegaron cuando había un clima de guerra civil. Acaso, ¿no les conviene?, ¿tienen amnesia?, ¿se pegaron en la cabeza? Nadie quiere asumir costos. Has visto a alguien decir tengo derechos, pero también deberes, ¡no! Hoy todo es puro derecho… Mira, menos mal que no soy periodista en este minuto porque estaría metida en el medio del cuento: opinando, escribiendo, hablando en TV, si es que me dejaran entrar claro, porque en televisión casi todos son de izquierda. Es verdad que este país se izquierdizó; la mayoría de los periodistas lo son.

—¿Cuál ha sido el costo de haberse declarado de derecha?

—Alto, de partida quedé sin pega. De la Universidad de Chile tuve que irme porque me iban a hacer la vida imposible. ¿Y crees que alguien de derecha me ayudó?, ¡jamás me ofrecieron trabajo!, y yo nunca pedí nada tampoco. Había prejuicios, “¿para qué?, si ella no necesita plata”. Qué injusto, cuando trabajaba en cinco partes a la vez y me pagaban como las pelotas. Por fortuna no le debo un peso a nadie.