De ojos claros, pelo ensortijado y un maquillaje discreto, Margaret Atwood aparece ante una audiencia compuesta notoria y mayoritariamente por mujeres en una de las dos actividades programadas para ella durante su visita a la Biblioteca Nacional de Argentina, ubicada en el barrio bonaerense de Recoleta.

Consultada sobre la composición de la audiencia, la escritora canadiense de 78 años responde con humor que esto se debe a que los hombres odian hacer fila, y los que van, “acompañan a novias o a sus madres. Muchos van por su cuenta pero no quieren admitirlo. Aunque es mucho más probable que lean libros de escritoras mayores o fallecidas, porque si una es vieja o está muerta es más respetable. Y no tienen que considerar la posibilidad de invitarnos a salir”.

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La visita de Atwood viene marcada por la adaptación de dos de sus novelas a series disponibles en plataformas de streaming: Alias Grace, en Netflix, sobre una empleada doméstica acusada de asesinar a una familia —una especie de A sangre fría femenino que trata, en este caso, sobre el silencio y la dificultad de las mujeres de poseer su historia—, y The handmaid’s tale, disponible en Hulu, que mereció a sus intérpretes principales, Elizabeth Moss y Alexis Bledel, los galardones de mejores actrices en la última entrega de los Emmy.

La novela traducida al español como El cuento de la criada (reeditada por Salamandra) apareció en 1985 como una distopía donde un régimen derechista, católico y conservador arrebata a las mujeres sus derechos civiles en medio de una crisis de fertilidad. Las “criadas” imaginadas por Atwood son sometidas a rituales puritanos de violación con el fin de ser embarazadas, en un contexto donde se les prohíbe la lectura y se les quita hasta el nombre (los personajes de Moss y Bledel se llaman Offred y Ofglen, de Fred y de Glen).

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Alias Grace

OSCURA HUMANIDAD
Atwood ha afirmado que su fuente de inspiración son las zonas más oscuras del ser humano. De ahí lo terrorífico de su distopía: no hay nada ni en el libro ni en la serie que no tenga un referente real. “Todo lo que allí sucede, incluso lo que no está originalmente en el libro, debe tener una contraparte en la realidad. Así que no hay otros planetas, ni dragones, ni magia, lamentablemente”, comenta.
Por ejemplo, las desapariciones forzadas de regímenes totalitarios como el nazismo y el estalinismo; los secuestros de bebés y de mujeres que aparecen en la Biblia (y caracterizaron, por ejemplo, la dictadura en Argentina), o los discursos que buscan asegurar la fertilidad. “En países industrializados la tasa de fertilidad está bajando y en Estados Unidos es un tema que plantea la derecha. El cómo lograr que las mujeres tengan más hijos. Quién debe tener bebés y quién no, quién los cuida, etc. Es un tema en todas las sociedades”, explica.
En la era de Donald Trump en Estados Unidos, Michel Temer en Brasil y Mauricio Macri en Argentina, la distopía de Atwood cobró un peligroso valor de profecía. La escritora cuenta que cuando publicó la novela, “muchos de los países europeos querían creer que en Estados Unidos nunca pasaría algo así, porque era la nación de la libertad, la igualdad, la democracia. Ahora la situación cambió. Me preguntan: Margaret, ¿cómo sabías?”, dice, y agrega que incluso la vestimenta de la criada, una sotana roja con un sombrero que cubre el rostro, se ha visto durante protestas que defienden los derechos de las mujeres. “Todos saben qué quiere decir”, comenta Atwood.

Estos textos, pero también el resto de su obra —que incluye ensayo, poesía y libros infantiles—, le han valido el epíteto de “feminista”, sin embargo, ella se muestra escéptica ante aquella definición.

—¿Le parece ese apelativo? ¿Una mujer protagonista hace a una ficción feminista?

—En el minuto que decidas poner a una mujer como una protagonista que piensa y actúa, ya sea buena o mala, mucha gente dirá que eso es feminista. Bien, la gente que dice eso piensa que la mujer no debe pensar ni actuar. Yo parto del pensamiento radical de que las mujeres son personas integrales. Que no debemos ser ángeles para tener derechos civiles, para merecer respeto y leyes igualitarias, porque si los hombres tuvieran que ser ángeles para tener derechos civiles, no los tendrían.