Hace más de cuarenta años que el fotógrafo chileno Marcelo Montealegre llegó desde Santiago a Nueva York —cámara en mano— en busca de fotos, de noticias y de vida. El suceso que lo trajo fue la elección de Richard Nixon: “Creía que iba a ser una elección muy importante para Sudamérica y el mundo”, dice. Y así, renunciando a su trabajo en Canal 9 partió a la ciudad “activa y efervescente” en la que quería estar.




Nacido en 1936, estudió en el colegio Saint George y en la Universidad de Chile, pero su vida la consagró a la fotografía, estando actualmente enfocado a la difusión de su trabajo a través de los libros. Luego de publicar No me olvido 1954-1968 , editado en 2011, que recoge fotografías del Chile olvidado e irrecuperable de esa época, por estos días, Marcelo Montealegre está a punto de lanzar “La resistencia” que, según dice, tardó 38 años en realizar y que en diciembre presentará personalmente en Santiago.




La resistencia se compone de fotografías de Nueva York y su transformación, del movimiento de artistas que con vocación política y social, incluyendo a Joan Baez y Bob Dylan, que se unieron en El Loft, donde Montealegre vivía.




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Y es que el inquieto Marcelo, a sus casi 80 años está en un período de clasificación y orden de sus más de cien mil fotografías tomadas alrededor del mundo y publicadas en Life, Time, Washington Post, Newsweek, Playboy, Machete y muchas otras.




“Cuando me fui de Chile no había escuela de fotografía ni nada. Era un problema decir que era fotógrafo, era mal visto en la familia, se pagaba muy poco. En Nueva York encontré la gente, el interés y la posibilidad de desarrollar mi trabajo”, cuenta Montealegre, quien por sus innovadoras técnicas de intervención realizadas en fotografías a principios de los años setenta, es considerado por algunos como “el padre del photoshop”.




“La fotografía tiene que ver con la memoria, al menos para mí. Recién cuando tuve que nombrar el libro anterior (No me olvido), me di cuenta de que tomaba fotos para no olvidar. Que era un testigo de momentos que para mí eran importantes. Mi manera de recordar, eran las fotos”.




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Haciendo él mismo un trabajo de memoria, Marcelo señala que fue en el año 1962 que su carrera al fin despegó, debido a la intensidad que dicho año trajo al país y al continente. Fotografió el Mundial de Chile, principalmente el ambiente desde la calle, vendiendo sus fotos mayoritariamente a medios extranjeros. Viajó con sus propios recursos a Punta del Este, Uruguay, con sus maletas llenas de lentes y químicos a la histórica reunión de la OEA cuando fue expulsada Cuba, estableciendo una duradera amistad con la leyenda del periodismo nacional Mario Planet. Estuvo preso y a punto de ser fusilado, acusado de ser espía, cuando fotografió el levantamiento militar ocurrido en Argentina ese mismo año.




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“Siempre me cargó el trabajo de estudio, prefería estar en la calle”. Quizás es por eso que dice no tolerar a las personas que sienten nostalgia por los tiempos de las cámaras mecánicas y los químicos, “andar con tres, cuatro maletas cargando los lentes era ridículo. Un fotógrafo sólo necesita ahora esto”, nos dice, señalando su Iphone. “El fotógrafo siempre buscaba la espectacularidad y no creo que eso sea lo mejor. Hay que darles tiempo a los procesos, quedarse en los lugares para poder fotografiar. Por eso tampoco me gusta el uso del flash, es muy invasivo. Yo nunca lo usé, me gustaba la espontaneidad, tomar fotos sin que nadie se dé cuenta.




En este sentido las cámaras nuevas son una maravilla. Puedes sacar las fotos que quieras, total, no hay revelado y siempre lo que importan no son las fotos que no salen, sino las que salen”.




Marcelo siguió trabajando y registrando el agitado Chile de la década de los sesenta. Estableció amistad con políticos y artistas de la época, sin alejarse de la calle. “Yo no podría decir que me identifico con Estados Unidos, pero sí con Nueva York, a la que veo como esas ciudades-estados de la época romana. La música, la actitud hacia el arte, Chinatown, Little Italy, el desaparecido Germantown… Fueron tantas cosas las que encontré. Quizá lo que más me gustó fue la falta de barreras. De una cuadra pasabas de donde vivían los millonarios al ghetto. En Chile uno está acostumbrado a vivir detrás de rejas, con murallas de dos o tres metros. Acá aún no se conoce eso”, explica.




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En 1970, Marcelo regresó a Chile en busca de su esposa. En sus fotografías de esa época encontramos retratos de ese país que parece ajeno, lejano, convulsionado, dramático y hermoso. “A fines de los sesenta ya se veía el fracaso de la DC, la inminente derrota de Alessandri y el ascenso de Allende. Luego del golpe, hubo un ensañamiento con la gente cercana a la izquierda. Yo tuve tres hermanos presos (incluyendo al abogado Hernán Montealegre), y la verdad es que no quise volver más”.




En Nueva York tuvo un comienzo difícil, sin embargo pronto encontró su lugar en la ciudad. Junto a Jaime Barrios, cineasta y activista chileno, impulsaron un espacio de creación y reflexión artística y política llamada El Loft, lugar en el que también vivían y que ocupaba una cuadra en Tribeca, Manhattan.




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Así, Montealegre fotografió y participó en la organización de conciertos en el Madison Square Garden a favor de los derechos humanos en Chile, frecuentando a gente como Bob Dylan, Joan Baez y el “Gato” Barbieri. Fue en ese ambiente de activismo político y de bohemia, cuyo centro neurálgico era El Loft.




Andy Warhol fue otro de los personajes que pertenecían a sus círculos y a los que retrató. “La gente era muy accesible. A veces se reunían en la casa de Andy en Long Island músicos, pintores, pero no solo artistas, sino todo tipo de personas. Andy era un tipo sencillo, encantador, cálido, muy distinto a la imagen que de él los medios proyectaban”.




Sus fotografías de esa época, que son intervenciones coloridas de imágenes de la prensa chilena, una suerte de “proto-photoshop”, son el reflejo de este prolífico período. Marcelo recuerda a personas como el videoartista Juan Downey o al dibujante José Palomo dentro del grupo de chilenos que experimentaban con recursos y estéticas que hoy no han sido adecuadamente reconocidas.




“A veces la gente toma fotografías por ser algo así como un elemento de sofisticación, o porque cree que es un elemento de seducción, o para ganar dinero. No creo que ninguna de esas cosas resulte mucho. Dinero salvo contadas excepciones, no se hace. Y lo de seducción dura muy poco.




Creo que las fotografías son elementos, representaciones de la memoria. Y la memoria es un elemento indispensable para poder creer en el futuro”.