Nicanor arriba de una bicicleta. Nicanor hablando por teléfono. Nicanor sacando agua de un pozo. Nicanor con la Violeta, con el tío Roberto, con el Chamaco. Nicanor en San Fabián de Alico, en Londres y en Nueva York. Nicanor en La Reina. Nicanor en Conchalí. Nicanor en Las Cruces. Nicanor con otros poetas, con Neruda, con Ginsberg, con Enrique Lihn. Nicanor con sus mujeres, las chilenas y las suecas. Por poco y respira en esta eternidad de 259 páginas.

La historia del libro Parra a la vista —editado con el apoyo de la Ley de Donaciones Culturales y la minera Doña Inés de Collahuasi— parte con un terremoto, el del 27 de febrero de 2010. Tras el sacudón, el Tololo —Cristóbal Ugarte, nieto de Nicanor Parra Sandoval— se aboca a la tarea de reordenar la biblioteca de la casa de su abuelo en La Reina. En ese afán se encuentra con una maleta negra —el estuche de una máquina de escribir— que no está en sus archivos y dentro de esta, un tesoro: más de un centenar de fotos tan íntimas como inéditas del hombre imaginario.

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Con la sorpresa en los ojos, el Tololo ve desfilar ante sí toda la vida del antipoeta. ¿Qué hacer con ellas? Poco antes de viajar a España para recibir a nombre de su abuelo el Premio Cervantes, es entrevistado por la periodista de El Mercurio María Teresa Cárdenas. Es ella quien le sugiere hacer algo con esas fotos. Y el Tololo, obediente, con la ayuda de la mujer de su padre —la diseñadora y editora Sofía Le Foulon—y con la venia del propio Don Nica, lo hace. Meses más tarde, María Teresa terminará entrando al ruedo a cargo de la escritura de los textos. Poco más de dos años les toma concretar la idea.

Parra está feliz con el proyecto, pero les advierte que solo mirará desde fuera, no se involucrará. Sin embargo, termina poniéndole hasta el título al libro. “Tenía muy buena memoria. Le mostrábamos las fotos y él recordaba lo que había ocurrido, el nombre de los personajes, hasta de las calles. En esa parte del proceso lo vi un par de veces, el peso de las conversaciones se lo llevó Sofía, quien semana a semana me transfería lo que Nicanor iba recordando”, explica Cárdenas.

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Durante el tiempo que duró la elaboración del libro, Parra vuelve a conectarse con su propia historia, su vida va apareciendo en cada una de esas fotos. El mismo Tololo dice, una vez que el libro está terminado: “Desde que empezamos este trabajo, él revivió. Antes casi no caminaba; le vino un lumbago y estuvo en cama seis meses. Yo pensaba que nunca más volvería a moverse y ahora está totalmente recuperado”.

A las fotografías encontradas en la maleta se suman otras con el fin de completar el círculo biográfico. Entre esas fotos se incluye aquella en la que aparece con Pat Nixon y que le valió la condena de la izquierda chilena y latinoamericana. La imagen muestra a Parra con un libro en la mano. Todos pensaron que se lo obsequiaba a la primera dama de los Estados Unidos, pero era ella quien le entregaba —a él y a todos los otros poetas invitados— un volumen con los poemas de Elizabeth Bishop.

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“El quedó dolido para siempre con eso. Incluso cuando conversamos en 2012 lo estaba. Sentía que no había hecho nada malo”, recuerda Cárdenas. Entre las cosas que más le llaman la atención a la periodista está la cercanía de Parra con sus hijos. Si bien su exposición pública, viajes y presentaciones le han quitado tiempo para la familia, Don Nica recuerda situaciones, detalles, anécdotas que las mismas fotos hacen aflorar respecto de ellos.

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“Aunque él sentía que como padre no había cumplido como debió hacerlo, las fotos muestran el cariño que les tenía. Recuerdo una con el Payuyo en un triciclo y otra en la que aparece con el Chamaco en brazos. Con todas las limitaciones, con todas las deudas afectivas que deben haber existido, Nicanor fue un buen padre. Sus hijos le importaban mucho”, dice Cárdenas. Pero hay algo que sale a la superficie una y otra vez en medio del trabajo de escritura y edición, una suerte de contradicción permanente que él habita y que lo ha acompañado toda la vida, desde la infancia pobre en San Fabián de Alico —en la que era el único hijo de la familia Parra Sandoval que tenía zapatos para ir al colegio— hasta los días en que se paseó por el mundo como poeta e intelectual.

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Esa contradicción se hizo manifiesta cuando viajó a Londres para cursar la beca del British Council en 1949. Pasó dos años en Oxford inscrito en un curso de Cosmología pero no hizo más que sumergirse en Shakespeare. La sufrió en carne propia cuando el país vivió la política con la pasión de un barrabrava, cuando los de derecha se referían a él como “tonto útil de la izquierda” y los de la izquierda lo acusaban de ser un “payaso de la burguesía”, lo que se agravó con el episodio en la Casa Blanca. Entonces él respondió con esos artefactos célebres: “Cuba sí, yanquis también” y “La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”.

“El llegó a la conclusión de que el poeta debía vivir integrando los contrarios, vivir en la contradicción sin conflicto. Esa idea, que es de John Keats, de pronto le sirvió para explicar su propia vida”, plantea Cárdenas. Pasado el mediodía del 25 de enero, mientras toda Las Cruces lo despide en las afueras de la calle Lincoln, esa contradicción se hace presente una vez más, en los acordes cuequeros que siguen a la música de Bach, en la tristeza y la alegría que juguetean cerca del mar, en esa paradoja que su poesía permite: la de seguir vivo estando muerto.