Se mueve en un Ferrari rojo, se viste de Cavalli, Armani o Stella McCartney, tiene casa en Beverly Hills, Las Vegas y Nueva York –entre otros- y en un año promedio viaja más de 300 mil kilómetros. Una vida de jet set que la mantiene en el ojo del huracán y con apariciones casi a diario en los medios estadounidenses. “He estado ocupadísima estos días”, cuenta entre risas mientras se hace un espacio para hablar con CARAS. ¿La razón? Cheryl Shuman (55) o “la primera dama de la marihuana” maneja un fondo de 100 millones de dólares para invertir en el sector del cannabis como presidenta y fundadora del Beverly Hills Cannabis Club, un club que guarda el derecho de admisión a ricos y famosos que deseen disfrutar de la droga verde en lujosos resorts o sobremesas premium. El éxito de esta madre soltera es evidente y lo atribuye a una sola razón: “Construir una gran marca, trabajar con grandes personas y establecer muy buenas relaciones”. 

Para resonar en Beverly Hills hay que tener una buena historia y Cheryl Shuman parece tener una de las mejores. Tenía 16 años cuando creó un sistema de cupones tan exitoso que en su diario local la catalogaron como “la reina del cupón”, convirtiéndose en la sensación del momento con apariciones frecuentes en el show televisivo de PM Magazine. Ya a los 21 años había ganado su primer millón de dólares, dejando atrás su pasado humilde en un pueblo de los Apalaches. Pero un accidente en auto a sus 23 años la llevó a reevaluar su camino en la vida, “sabía que en Ohio no tenía más opciones de crecer”. Se reubicó en California y encontró trabajo en una óptica de Encino, al norte de la ciudad, en donde se dedicaba a vender anteojos por un par de dólares la hora. Pero una coincidencia perfecta con la estrella de la canción más grande de los ’80 cambiaría su vida para siempre. Los ingredientes de la receta mágica fueron el mismísimo Michael Jackson disfrazado en la tienda de anteojos, sumado a una asertiva Cheryl ofreciéndole atención a domicilio. Solo bastó con que Shuman le reparara unos anteojos, para que él la recomendara a personajes de la calaña de George Lucas, Quincy Jones o John Landis. Fue así como un encuentro casual con el rey del pop, desembocó en Starry Eyes, una empresa de anteojos dirigida a productores, directores y estrellas de Hollywood con la que ganó 22 millones de dólares en tres años, posicionamiento en el medio y contacto con estrellas como Tom Cruise, Johnny Depp o Jennifer López.

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Todo iba viento en popa pero un cáncer de ovarios detectado en 2006 la llevó a recurrir al uso de aceite de cannabis como terapia para combatir los dolores, dejando atrás los 27 comprimidos diarios de morfina que llegó a necesitar. Sorprendentemente en menos de 30 días ya estaba haciendo ejercicio y dirigiendo su empresa, normalizando así su vida. “Estaba en el final del camino, no me quedaban más opciones y el cannabis me salvó”, cuenta convencida.

Esta experiencia la llevó a montar su propia granja de marihuana en California —en donde su uso medicinal es  legal desde 1996— empezó a vendérsela a sus contactos y a promocionar los beneficios de la droga. Aunque en un principio casi no dormía pensando en la idea de “salir del clóset”, como así lo dice, se atrevió a publicitar su empresa. Con una constante presencia en los medios, ha aparecido junto a grandes figuras de la televisión americana como Katie Couric o Barbara Walters y en una ocasión llegó incluso a establecer récord de sintonía con más de 100 millones de espectadores. Fundó el Beverly Hills Cannabis Club y se convirtió en la mujer más visible en el movimiento de reforma de la marihuana medicinal. “Tuve la oportunidad de utilizar el cannabis para reconstruir mi vida y reinventarme con una nueva carrera que combina todos mis conocimientos, experiencia en la industria y contacto con las celebridades. Pasamos varios años aprendiendo a seleccionar semillas, cultivar y promover nuestra marca”.

Hoy maneja el negocio junto a una de sus dos hijas, Aimee Shuman. El club otorga una experiencia premium con los mejores jardines orgánicos de la planta para que los clientes puedan relajarse y disfrutar. “La consultoría, el construir la marca y prepararse para el momento en que la droga sea aceptada, es parte esencial de nuestro trabajo”.

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El club es extremadamente selectivo. Conformado por miembros de la alta sociedad de California y personajes de la elite del espectáculo, un candidato solo puede ingresar siendo recomendado por un miembro y luego de ser aprobado por el consejo de administración. Estrellas como Justin Timberlake, Lady Gaga, Rihanna, Jennifer Aniston o Miley Cyrus, aplauden la causa y aunque Shuman admite tener relación con ellos, dice que “no puedo dar nombres, es confidencial”. El negocio ya se ha expandido tanto dentro como fuera del país. “Hemos ampliado la marca a nivel internacional en países como Israel, Canadá, Australia y Reino Unido”. 

La marihuana es completamente legal solo en los estados de Colorado, Washington, Alaska y Oregón. En California solo se permite su uso medicinal y el debate en torno a su legalización sigue siendo acalorado. Shuman tiene sus detractores –incluso ha sido amenazada de muerte- y hay muchos quienes ven como un peligro esta imagen positiva de la marihuana que ella promueve. “Es mucho menos adictiva que cualquier otra droga. Miles de personas mueren al año a causa del alcohol o el tabaco. ¿Sabes cuanta gente ha muerto por la marihuana? Cero. Además otorga una mejor sensación, no deja resaca al día siguiente y ¡no engorda en su forma vaporizada!”. La reina del cannabis llama a sus plantas “mis niñas” y está segura de que la legalización es solo cuestión de tiempo.

Hoy Cheryl Shuman se encuentra en proceso de estrenar un reality show, películas, libros, conferencias, oportunidades de comercialización y “viviendo un sueño americano”. “En los años noventa se hablaba del boom del punto com, este es el boom de la marihuana. Estamos viendo cómo se escribe la historia y así como lo fue la fiebre del oro, esta es la fiebre verde.”. Porque ya no es solo para chicos rebeldes ni hippies, la marihuana llega para imponerse. “Quiero dejar un legado. Pretendo que sea igual de normal que beber una copa de vino al final del día”.