Como en el más inspirado sueño surrealista, la realidad se aleja de la lógica normal” durante la Fête des Lumières (Fiesta de las Luces) que congrega a millones de visitantes a inicios de diciembre en la tradicional ciudad francesa de Lyon. En términos muy simples: más de 70 edificios públicos, parques y calles se ven “iluminados” por proyecciones de imágenes vertiginosas y en permanente movimiento, las que se desplazan a la par de una música seleccionada para causar un efecto sorprendente. 

La festividad —de origen religioso— nace a mediados del siglo XIX —aunque, formalmente, esta fue la versión decimosexta—, y desde entonces visitantes de distintos rincones del mundo se dan cita en la urbe en una de las celebraciones más multitudinarias del planeta. El desplazamiento humano es tal que varias estaciones del metro son cerradas, sobre todo las cercanas a los eventos principales, pues no hay tren capaz de soportar tamaña avalancha. De todas formas, no es un problema pues gran parte de las presentaciones son al aire libre. 

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Y si de “cargar combustible” se trata, las calles ven surgir un comercio exclusivo del evento: los vendedores de “vin chaud” (vino caliente) que abastecen a los friolentos consumidores por dos euros el vaso. La policía tiene cosas más importantes que hacer que controlar esta inopinada venta de alcohol que, cabe decirlo, ya es parte inherente del panorama callejero de la celebración.

Como el espacio de montaje es una ciudad completa, resulta inútil buscar un centro. Sin embargo, el punto emblemático es la Place des Terreaux —equivalente a la Plaza de Armas santiaguina—, la que alberga el Hotel de Ville (municipio local) y el Museo de Bellas Artes. Se trata de una suerte de cuartel general de la invasión lumínica que se expande por la ciudad durante cuatro noches. 

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Para comprender la grandiosidad del plan lionés, basta reseñar que estas edificaciones son usadas, a lo largo y ancho, como fondo de proyección de un espectáculo llamado Lyon, tierra de las luces, el que ve desfilar en tamaños pantagruélicos cuadros pictóricos “en movimiento”, danzarinas de ballet, bailarines de tango, notas musicales que se mueven al ritmo de un frenético jazz… Todo, mientras la casa edilicia cambia los colores y diseño de su fachada casi por arte de magia, hasta que culmina en un virtual apoteosis de luces.

Paralelamente, en la Plaza Bellecour tiene lugar una de las convocatorias clave. Un homenaje a uno de los más célebres hijos de la ciudad: el escritor Antoine de Saint-Exupéry, desaparecido hace 70 años y creador del clásico personaje El Principito. Sueños de Noche —de 17 minutos— es una verdadera elegía al concepto del viaje. Con el fin de que la propuesta visual logre aún mayor despegue es proyectada en una gigantesca rueda de la fortuna que gira a medida que avanza la narración.

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Un recorrido por los títulos de cada sección permite vislumbrar el perfil de esta Fiesta de las Luces: Jardín de invierno, La plataforma galáctica, Antes de las palabras, Color o no, Viaje cinematográfico, Catedral de agua y de luz, Espejos mágicos misteriosos, Flujo y reflujo, Oasis urbano, Faroles de fiesta y La caravana láser, son algunos de ellos.  

Cuando el fragor artístico ha bajado, los habitantes de esta tradicional urbe recuperan el protagonismo, adornando las ventanas de casas y residenciales con velas, formándose una verdadera procesión de luz. De este modo, más allá del juego y la pirotecnia del siglo XXI, el verdadero origen de la fiesta vuelve a su centro y la ciudad se une en torno a un homenaje que ha permanecido de generación en generación. 

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Cuando una celebración se remonta a más de un siglo y medio atrás, no es difícil dejarse llevar por la especulación o el mito en torno a sus orígenes. En tal caso, resulta bien acudir a fuentes locales y la más calificada en este caso es la web oficial de la Fête des Lumières.

Corre 1850 y las autoridades llaman a un concurso destinado a erigir una estatua en homenaje a la Virgen María en la basílica de Notre-Dame de la colina de Fourvière. Resulta premiada la obra del escultor Joseph-Hugues Fabisch y la inauguración queda para el 8 de septiembre de 1852. Sucede lo inesperado: una inundación tras el desborde del río Saona.

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El evento se pospone para el mismo día, pero en diciembre. El mal tiempo —nuevamente— azota Lyon. Cuando todo va a ser pospuesto otra vez el cielo se despeja y deja de llover. Como muestra de agradecimiento, los lioneses prenden velas en sus ventanas y la ciudad aparece brillantemente “iluminada”…  en plena noche. Desde entonces, la luz y la fiesta van de la mano cada 8 de diciembre. Hasta el día de hoy, al costado derecho de la basílica se alza el mensaje: “Mercie Marie” (“Gracias, María”).

En 1168 la primera iglesia en su honor había sido construida en Lyon. Pasan los siglos. El 8 de septiembre de 1643 las autoridades municipales elevan sus rezos  a la virgen para que proteja al pueblo de la peste que azota Francia. Una vez superado el mal, comienzan las peregrinaciones para agradecer, año a año, a la sagrada benefactora de la ciudad. 

La tradición siguió por décadas, hasta que en 1999 comenzó la actual “Fiesta de las Luces”. 

Podría circunscribirse a Lyon en la categoría de ciudad europea prototípicaen la que todo funciona de manera sistemática y en la que los edificios de altura brillan por su ausencia. Sin embargo, hay ciertos contrastes significativos, como el particular carácter antiguo de su arquitectura. Emblemáticos son sus traboules, pasadizos en galerías de edificaciones de pocos pisos en donde se ocultaron perseguidos de diversa índole, ya fuera durante la Revolución Francesa o en la II Guerra Mundial. Este último dato es relevante pues el rol esencial que tuvo la población de Lyon durante la invasión nazi está consagrado en un simbólico Museo de la resistencia y la deportación.

Ciudad de contrastes, alberga las ruinas de un anfiteatro galo-romano del año 19 AC, y, por estos días, algo tan moderno como la exposición Star Wars Identities —presentada sólo en 12 ciudades del mundo— y que presenta modelos originales, maquetas y representaciones de la clásica saga cinematográfica de George Lucas.

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Como suele suceder en ciudades europeas de vasto pasado, no es difícil que los residentes inviten a conocer la zona vieja de la ciudad, de la que se sienten orgullosos. Así, no recorrer el Lyon antiguo (Vieux Lyon) es, como se dice, no haber estado acá. Sus centenarias calles, en un mundo de imparable avance tecnológico, guardan un atractivo paradójicamente actual. Caminando es posible encontrar en el frontis de un edificio cualquiera una placa metálica corroída y desperfilada con  un fragmento de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano.

Las calles del Viejo Lyon cuentan con una cantidad discreta (pero logísticamente atractiva) de bares, cafés y restoranes, concentrados en pocas cuadras, a lo que se suma una tradición gastronómica que ha cruzado las fronteras galas. La atmósfera reinante es plácida y familiar, al punto que encontrar a alguien sacando fotos es casi un sacrilegio. 

Herencia gala

Desde 1998, el “Viejo Lyon” y otras emblemáticas zonas como la colina de Fourvière y la de la Croix-Rousse, además del céntrico sector de la Presqu’île (o “península”)- pasaron a constituirse en Patrimonio de la Humanidad según la Unesco, principalmente por su rango histórico y artístico y el carácter centenario de sus construcciones. Algo a lo que han contribuido algunos de sus hijos ilustres como los hermanos Auguste y Louis Lumière, considerados padres de la cinematografía mundial, y otros más remotos como… el primer emperador romano que nació fuera de la península itálica, Tiberio Claudio César Augusto —quien vio la luz el año 10 A.C. en “Lugdunum”, ciudad romana de la por entonces región de la “Galia” y que hoy corresponde a Lyon—. Claudio resultó un punto intermedio en el surgimiento de dos personajes célebres, aunque por razones un tanto singulares: su predecesor fue Calígula; en tanto, Nerón le sucedió a su muerte. 

El dato permite intuir cómo el peso de una historia milenaria permea el desarrollo de Lyon y el día a día de sus habitantes, quienes ven en la celebración de la “Fête des Lumières”, un espacio único en donde el tiempo —aunque sea por unas horas— pareciera detenerse en las calles.