Su propio reflejo lo mira desde el espejo y pareciera que el tiempo se detiene. El silencio dentro del camarín contrasta con el bullicio que se escucha desde la entrada principal del Teatro Municipal de Santiago, en donde el público espera ansioso poder ingresar para ver una de sus últimas presentaciones. Ajeno al ruido del exterior, toma una pequeña esponja y con leves toques se aplica la base de maquillaje. Está callado. Con cuidado sostiene un pincel, lo humedece con los labios y lo lleva hasta sus ojos, delineando una mirada feroz. Una de sus asistentes lo ayuda a acomodar las extensiones de barba sobre su rostro. Después le pone la chaqueta y le abrocha los botones. Para terminar, unas gotas de perfume y así, el bailarín estrella del Ballet de Santiago inicia la primera etapa de su transformación. La segunda, será sobre el escenario.

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Cuando Luis Ortigoza (47) dijo que se retiraba, muchos ya lo sabían. El mismo había repetido hasta el cansancio que quería dejar la danza en el mejor momento de su carrera. “La profesión de bailarín tiene fecha de término. Aunque siento que podría seguir bailando, no quiero que se note una curva descendente”, repitió una y otra vez, agregando que presentó su renuncia el año pasado, pero que la directora Marcia Haydée le solicitó extender su permanencia un año más. Propuesta que él aceptó. “Deseaba interpretar Mayerling. Para mí es más que un ballet. Es una obra maestra”, comenta. Así que se quedó otra temporada. Los días en el calendario avanzaron sin miedo y sus últimos horas como bailarín llegaron a su fin.

Hoy está nervioso y se desenvuelve rápido entre el caos previo al show. Enormes vestidos imperiales se mueven de un lado a otro y la algarabía del público que ingresa a las butacas ya comienza a oírse a través del telón. Pero Luis sigue absorto en sus pensamientos. A simple vista, pareciera ser un hombre serio y distante. Elonga estrictamente y practica algunos pasos básicos, mientras la prueba de piano lo acompaña a la distancia. Sólo quedan minutos para el inicio de la obra y su amigo Patricio Melo, se acerca y le da unas palmadas de buena suerte. “Siempre se pone nervioso antes de una presentación. Sobre todo estas que son las últimas. No es que esté enojado”, explica después. Mientras las notas de la Orquesta Filarmónica de Santiago resuenan en cada esquina del teatro, el público se acomoda en sus asientos, esperando expectante la aparición del cisne argentino-chileno. De a poco, va subiendo el telón y Luis vuela. Su pulida técnica y gran versatilidad artística lo convierten en otra persona. El hermetismo anterior se transforma en un dramatismo a través del que logra interpretar cada emoción de su personaje. Es un ballet extenuante de tres actos que Luis mantiene potente hasta sus últimos pasos. Suenan los disparos fatales y, dando término a la obra, el Bailarín Estrella se despide. El público agradece con los palmas y la emoción en los ojos de Ortigoza llega hasta todas las butacas del teatro, demostrando una pasión desgarradora que viene desde sus primeros momentos de vida.

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Corría el año 1974 y Luis recién cumplía cinco años. Acababa de terminar sus lecciones de danza folclórica y, como todos los días, esperaba a que su mamá lo recogiera. Pero esta vez algo la retrasa. Un traspié del destino que Luis aprovecha para ingresar a otra de las clases, una en donde la música clásica lo envuelve y los delicados movimientos de un grupo de niñas lo embelesa por completo. Ese fue el inicio de una historia de amor que se mantuvo para siempre. “No tenía idea lo que era el ballet, pero desde ese día decidí que era a eso a lo que quería dedicarme”, cuenta más relajado. Es que cuando termina el show y baja del escenario, Luis se transforma por completo. Del hermético hombre, al dramático bailarín, pasa a ser un ameno compañero que ríe y conversa.

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Con un acento que mezcla la cadencia argentina con el cantito chileno, Luis rememora sus inicios, aquellos días en que bailaba en el Teatro de la Plata en Argentina y fue descubierto por Luz Lorca, subdirectora en esa época del Ballet de Santiago, y Denis Poole, director artístico, quienes le ofrecieron esa tentadora oferta que lo llevó a cruzar la cordillera. Apoyado por sus padres, un Luis que aun no cumplía la mayoría de edad hacía sus maletas y probaba suerte en un Chile aún bajo el régimen militar. “Llegué el 31 de julio del ’88 y al poquito tiempo se empezó a hablar de plebiscito. Viví una época única en la historia de Chile y hubo momentos en que tuve miedo. Como cuando me quedé encerrado en el subsuelo de la Feria del Disco mientras afuera se desarrollaba una manifestación. Fue impactante”, recuerda.

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Pese a todo, él sólo se dedicó a trabajar. Su debut en el Teatro Municipal de Santiago lo rememora con cariño, pues se trató de una ópera titulada Percusión para seis, en donde se tuvo que poner al nivel de importantes bailarines. “Estaba nervioso, tenía miedo de cómo me iba a recibir la gente, pero a la vez sentía que yo podía hacerlo y quería demostrar que merecía estar ahí”, dice. Perfeccionista como pocos, Ortigoza apenas se daba cuenta de cómo avanzaban los días. El ballet es una disciplina muy dura, que requiere de un esfuerzo infinito, y aunque Luis nació con un talento nato, sin su duro trabajo hubiese sido difícil avanzar. Si bien esta pasión le trajo muchas gratificaciones, el hecho de estar lejos de su familia, no ver envejecer a sus padres ni crecer junto a sus cuatro hermanos, fue algo que tarde o temprano le pesó. “Cuando mi papá murió yo estaba en Chile y fue muy fuerte. Él estaba enfermo y yo sabía que esto podía pasar en cualquier momento. Me acuerdo que esa noche entré a mi departamento y vi que había un mensaje en el contestador y automáticamente supe lo que había pasado. No quería escuchar el mensaje porque lo presentía. Y eso fue algo que me quedó para siempre en la conciencia. No poder haber estado allí junto a él”, evoca sin arrepentirse. Pero fue gracias a estos sacrificios que se transformó en una luz para el ballet chileno.

En 1989 fue ascendido a solista y un año más tarde a primer bailarín. Ganó medalla de plata en el IV Concurso Internacional de Ballet de Jackson, Mississippi, Estados Unidos y, finalmente, en 2007 fue nombrado bailarín estrella del Ballet de Santiago. Un camino de éxitos a través del que incluso tuvo la oportunidad de bailar en el mítico Teatro Bolshoi con Marcela Goicoechea. Allí donde iba, este rubio argentino representaba a Chile y, sin darse cuenta, fue convirtiéndose en un chileno más. Tanto así, que el 1 de abril de 2014 se publica en el Diario Oficial el decreto que le entregaba la nacionalidad chilena por “especial gracia”. Una noticia que vino a remecer su vida. “Eso fue algo que todavía me tiene emocionado y con mucho orgullo. En un inicio no sabía si iba a resultar porque no estaba seguro de tener los méritos suficientes para conseguir semejante honor”, dice Luis, quien estuvo presente en el Congreso y pudo presenciar cómo los miembros aprobaban por unanimidad su nueva condición de chileno.

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Una vez terminado el show, Luis abraza a sus compañeros. Tras una larga jornada vuelve a su casa en Providencia, en donde vive junto a su pareja y sus dos perras, Eva y Audrey. Sabe que luego de estas últimas presentaciones nada será igual, se vienen nuevos proyectos y deberá enfocarse en su papel de coreógrafo y asistente de dirección junto a Marcia Haydée. Si llega o no a ocupar el lugar de director del ballet, es algo que sólo el tiempo dirá. Pero está satisfecho. Tuvo una carrera exitosa, conoció grandes profesionales e íntimos amigos que mantiene hasta el día de hoy. “Mi vida va a cambiar. Voy a tener otra rutina, pero sé que no me afectará. Realmente estoy convencido de la decisión que estoy tomando. No me siento triste, porque creo que es un ciclo que tiene que cerrarse en algún momento. Viene una vida nueva”.