Una espectacular torre acristalada de 22 pisos en la Plaza de Europa de L’Hospitalet de Llobregat, cerca de Barcelona, obra del arquitecto Rafael Moneo, da la bienvenida a la recién inaugurada sede de la compañía. Atrás queda el histórico edificio en Travessera de Gràcia donde Antonio Puig Castelló comenzó su humilde negocio. Era el año 1914. Mientras el mundo se preparaba para una inminente guerra mundial y España era un país pobre y con escaso desarrollo industrial, un joven catalán fundaba su primera empresa de cosmética y perfumes en Barcelona: Puig S.A. En 1922 la compañía comenzó a comercializar con gran éxito la primera barra de labios fabricada en España, Milady. Y pocos años después, amplió el negocio a los perfumes. Así, en 1940 apareció por primera vez uno de los productos más emblemáticos de la hoy multinacional: Agua Lavanda Puig. La mezcla de rosmarino, lavanda y limón exclusivamente producidos en España -en ese entonces el país vivía bajo la dictadura franquista y era imposible importar del exterior-, supuso el segundo gran éxito del hombre que vio así como su sueño comenzaba a hacerse realidad.

Antonio Puig Castelló tuvo cuatro hijos: Antonio, Mariano, José María y Enrique. A mediados de los años cincuenta, los dos primeros se incorporaron al área de perfumes, José María se dedicó a las actividades de diversificación del producto y Enrique se hizo cargo de las relaciones institucionales. Con la incorporación de la segunda generación al negocio familiar se produjo el despegue internacional de la compañía. En 1959 crearon su primera delegación en Estados Unidos, y pocos años después inauguraron la filial en París, centro mundial de la moda y el diseño. Adquirieron el negocio de perfumes de Paco Rabanne y comenzaron su expansión por Latinoamérica, Gran Bretaña y Canadá. Y en los setenta firmaron un acuerdo con Max Factor para distribuir sus productos en España. “Ahí conocí lo que era una multinacional”, asegura Mariano Puig. “Construimos un equipo en el que cada persona supiera más que nosotros en su área. Luego, creamos el producto, y por último, desarrollamos una visión internacional para la compañía”, explica.    

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El salto definitivo al mercado internacional lo dieron a principios de los ochenta gracias a un acuerdo con Carolina Herrera para la comercialización de sus fragancias, y con la compra de Nina Ricci. Fue la entrada por la puerta grande de la tercera generación Puig, con Manuel –hijo único de Antonio- y su primo Marian –primogénito de Mariano- al frente. Fue el paso más ambicioso. En ese momento Puig dejó de ser una compañía de perfumes para convertirse en una empresa global del lujo. Más tarde se incorporó Marc Puig, hermano de Marian, quien en 2004 se convertiría en presidente y consejero delegado de la compañía. “Antonio Puig fundó una compañía en España, sus hijos la hicieron internacional y sus nietos, global”, afirma Robert McClatchie, ex responsable de la filial en Gran Bretaña.

Con casi 1.500 millones de euros netos facturados en 2013 gracias a productos distribuidos en más de 140 países, Puig se ha consolidado a lo largo de su primer siglo de historia como una de las empresas líderes en el sector de la moda y los perfumes, y su caso ya se estudia en universidades tan prestigiosas como Harvard. Además de continuar siendo la propietaria de marcas como Paco Rabanne, Carolina Herrera y Nina Ricci, en los últimos años ha ampliado el negocio a la producción mediante licencias de las fragancias de Valentino y Prada. Y en 2016 comenzará a hacer lo propio con Jean Paul Gaultier. 

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A sus 52 años, Marc Puig explica el éxito de la multinacional como el fruto del trabajo tenaz de su abuelo y la generación anterior de su familia. Una historia de éxitos y también de algún que otro tropezón, pero sobre todo de superación personal. “Muchos de los valores que compartimos se nos inculcaron en la infancia: la exigencia, el sentido de la responsabilidad personal y social. Y eso se traduce en una compañía donde las decisiones se toman a largo plazo”. 

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“Introducir el diseño y la internacionalización en los años sesenta fueron decisiones revolucionarias”, asegura Marian Puig. “Hoy es fácil decirlo, pero por aquel entonces, el ‘Made in Spain’ estaba muy lejos de ser considerado un símbolo de calidad, y el diseño era algo que nunca se había asociado a un país todavía en vías de desarrollo. Fueron gestos valientes acompañados de mucho esfuerzo”, completa.