Los años de infancia fueron tristes, dice Leonardo Sanhueza (40). Bajo el cielo de Temuco pensaba que la vida se le iría en cuidar vacas y caballos, tal como lo hizo su abuelo. No se proyectaba de ningún modo, ni como poeta, geólogo o columnista de un diario. Como buen nieto de señora adventista estaba convencido además de que el mundo se acabaría el año dos mil. “Es cierto, eran años tristes… La gente siempre hace recuerdos y homenajes en torno a los ’80 como si se trataran de años dorados. Yo creo sencillamente que fueron tiempos oscuros, al menos en esta parte del mundo”.

De esos deslindes poco optimistas nació La edad del perro, un viaje por un Chile espectral y apocalíptico. “Esa novela tiene su partida en la vida real. Una época maldita, de miedo, con familias quebradas en lo económico, social y religioso”. Frente a todo, le fue bien en el colegio y también en la Prueba de Aptitud. En menos de un año estaba matriculado en ingeniería civil en la Universidad de Chile y, a los meses, se dio cuenta de que quería estar relacionado con cosas más naturales o abstractas. No se veía cuantificando todo y, por lo mismo, después se cambió a geología y se pasaba el día en el departamento de estudios humanísticos de la Facultad. Ahí conoció a Nicanor Parra, quien fue uno de sus profesores y finalmente todo decantó en este ‘desorden mental’ hacia la literatura.

—Pero terminó geología.

—Sí. Y me saqué un siete en mi examen de grado. Hice mi tesis sobre esas rocas manchadas que están debajo de la casa de Nicanor Parra en Las Cruces. La idea era medir la temperatura y presión bajo la cual se habían formado. Concluí que eran rocas metamórficas mucho más antiguas de lo que se pensaba. Fue pura casualidad: un profesor me propuso el tema y lo acepté.

—¿Qué aprecia de Parra?

—Me enseñó a que yo no estaba condenado, sino que podía aspirar a hacer muchas cosas a la vez. Por eso estudié lenguas clásicas y luego trabajé como geólogo en Ovalle, en la Comisión Chilena de Energía Nuclear o en un quiosco de sándwiches que tenía con mi señora en la universidad.

—¿No sintió un conflicto valórico al trabajar para Barrick en el proyecto Pascua Lama?

—No, porque cuando lo hice fue en la etapa inicial y nada se sabía del conflicto ambiental que luego provocaría. De hecho, trabajé para una empresa de geología ambiental que fue contratista de Barrick, y lo hicimos en el lado argentino.

Suma más de diez títulos en poesía, crónica, traducción y novelas, donde destacan Tres bóvedas, La Ley de Snell y ahora su reciente entrega para editorial Pehuén El hijo del presidente. Un retrato-novela sobre Pedro Balmaceda Toro, el hijo del Presidente Balmaceda, seguramente el joven burgués más brillante de su tiempo y que murió a los 21 años de un “susto al corazón”, como dijo la prensa de la época.

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“A comienzos de los ’90 escuché su nombre por primera vez, sobre todo porque fue un adelantado, un modernista, que acogió a grandes escritores, como Rubén Darío, aunque no fue una relación que tuviera un final feliz”. Ese entramado de sombras sobre el gran personaje de la gravitante cultura chilena de fines del siglo XIX, hizo que Sanhueza fuera en busca del Balmaceda engullido por la desmemoria. El mismo joven jorobado, que se le habría caído de los brazos a una sirvienta cuando apenas era un recién nacido, se convirtió en un ser deforme, de piel amarillenta y apariencia extremadamente frágil.

En contraste, una mente brillante y un rostro que combinaba belleza y distancia, marcó una era en La Moneda, cuando los presidentes tenían allí su residencia y él inauguraba las grandes tertulias, con piano, versos en francés y una biblioteca con las publicaciones del momento que el mismo Pedro encargaba a Europa como ningún otro niño acomodado de Latinoamérica. Afrancesó el estilo de vida en la casa de gobierno y fue él quien convenció a su padre para que importara los carruajes presidenciales que hasta hoy son parte del patrimonio nacional.

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—¿Qué tan cierto es eso de que murió de ‘un susto’?

—Tenía problemas al corazón. Muchos pensaban que la columna fracturada, debido al accidente que tuvo al nacer, lo fue debilitando poco a poco. Otros dicen que siendo niño se cayó de un pony en el campo, posiblemente en la hacienda de Bucalemu. Era enfermizo, pero con cara de príncipe. Frágil en lo físico e inteligente en personalidad al punto que a los 16 años ya era todo un intelectual.

—¿Cómo se fue debilitando?

—En su último año y medio de vida tuvo varios infartos. Uno de ellos ocurrió en Concepción y luego otro en Lota. Eso fue produciendo una personalidad sicótica y muy irritable. Fue en esa etapa cuando se peleó con el poeta nicaragüense Rubén Darío, en una escena de celos y de despecho casi matrimonial.

—¿Eran pololos?

—Eso es lo que nunca se va a saber. No hay documentos testimoniales de ese vínculo, pero sí tuvieron una relación muy íntima. En ese entonces la homosexualidad se tapaba mucho. Pero pasaban todo el día juntos y se podría decir que escondían todo bajo un amor platónico… Rubén Darío le decía en cartas que él era su fuente de inspiración.

—Y la escena de celos, ¿por qué?

Pedro Balmaceda se convirtió en una suerte de mecenas de Rubén Darío que era muy pobre, pero ambicioso, o lo que hoy llamamos un ‘trepador’. Pedro le enseñó francés, le dio acceso a los autores del momento. Pero los celos llegan cuando Darío va a Valparaíso y escribe sobre deportes para la prensa opositora al Presidente Balmaceda.

—¿Lo sintió como una traición?

—Exacto, pero rápidamente vuelve a Santiago para ‘abuenarse’ con Pedro en La Moneda. Cuando Darío se despide, tropieza. Para no caerse se sujeta de la joroba de Pedro… Fue un gesto que él lo tomó como una humillación, una falta de respeto total. De ahí no se vieron más y Pedro se encerró en su casa. La última escena que se narra sobre él es relatada por su amigo Manuel Rodríguez Mendoza. Lo vio leyendo dos libros a la vez, uno de derecho y otro de un poeta romántico mexicano, estaba en éxtasis.

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—Ese estado de locura, o de éxtasis, tuvo que ver en su muerte.

—No precisamente. Estaba en el Palacio Cousiño, supervisando los movimientos de riendas de carruajes que él mismo había encargado para su padre. Eran carruajes manejados con pontillones montados por tres parejas de caballos con pompones. De pronto y desde el otro extremo del parque, se le viene a sus espaldas una carga de caballería que era parte de un ensayo militar. Fue tanto el susto que le provocó un infarto. Luego lo llevaron muy mal a La Moneda, agonizó toda la noche y murió en brazos de su padre.

—Estar destinados a la opacidad, ¿es parte de la tragedia de ser hijo de un mandatario?

—Sí, pero Pedro Balmaceda debe ser el único hijo de presidente que realmente descolló. Fue una lumbrera. Después de él nunca hubo otro. Salvo Frei Montalva, cuyo hijo también fue presidente… Pero a Frei Ruiz-Tagle le pesó una enorme carga histórica que fue la sombra de su padre. Los hijos de presidentes se pasman ante la grandiosidad del poder, es un hecho. No ha habido un presidente más incómodo en su cargo que Eduardo Frei hijo.