Estudió toda su vida los restos de la prehistoria europea y reconstruyó una civilización que llamó la Vieja Europa, una cultura protegida por una diosa, una sociedad matriarcal que hacía de la tierra y su renovación el centro de su vida. Esta forma de vida fue sometida un día por tribus venidas a caballo desde las estepas del Oriente, que impusieron su cultura patriarcal y guerrera. Los recién llegados no adoraban dioses de la tierra sino del cielo y dieron origen a griegos, celtas, romanos, germanos y finalmente a nosotros. La tesis de Gimbutas es sólida y atractiva, pero su mayor interés comienza cuando la autora da un paso más allá y se adentra en el mundo religioso de esta Vieja Europa, intentando una arqueología de la mente. El lector debe hacer un esfuerzo casi imposible para tratar de imaginar esta mente prehistórica, porque no se puede entender una religión sin convertirse uno, aunque sea fugazmente, a esa religión. ¿Cómo comprender hoy la diosa-pájaro o la diosa-serpiente? No imaginé que la casual elección de mi lugar de lectura traería incluida la respuesta, porque al parecer cada libro tiene su lugar.

Había despejado un espacio en medio del bosque donde instalé una silla de lona. Inmóvil allí todo el día, me convertí en un bulto familiar al punto de que no era raro que una liebre se detuviera a comer a un par de metros, sin notar mi presencia. Cada vez que oía un crujir de ramas me inmovilizaba y respirando apenas, moviendo sólo los ojos, intentaba descubrir el origen del ruido, casi siempre un hued hued, un chucao o una lagartija azul.

Leía sobre la diosa prehistórica cuando escuché un temblor rápido en el aire, tan cerca que pude sentir su vibración en la piel. Era un picaflor que luego de colgar por un rato, sin notarme, descansó en una rama al alcance de mi brazo. No me moví, casi sin respirar, mantuve la cabeza incómoda y torcida con tal de no asustarlo. El pájaro daba destellos verdes al mirar de un lado a otro. De repente me notó, sospechó de mi figura y se inmovilizó para mirarme. No me atreví a pestañear, una lágrima rodó de mi ojo inclinado. Y así estuvimos, él en mi pupila y yo en la suya. El suyo era un ojo negro y profundo; era minúsculo pero ocupaba todo el espacio del mundo. No pensé en nada, ni en la foto que podría haber tomado, ni en tuitear la experiencia, ni en prometerme comprar unos binoculares para mirar pájaros. Tragado por su pupila vacía, no me di cuenta de nada hasta que giró bruscamente la cabeza y decidió desaparecer. Sólo entonces, al secarme la lágrima y cerrar mi boca abierta, me di cuenta de que durante esos momentos me había olvidado de mí mismo y me había vuelto ese picaflor. Me había vuelto uno con él por un momento y eso significaba que había creído en él, en su ser vacío de huesitos livianos, en su pequeño ojo vacío donde todo cabía, donde alguna vez cupo también el indio viejo que se volvía jaguar o coyote, donde cupo alguna vez el gran picaflor de Nazca, en todo eso había creído por un instante. Y ya no me interesaba volver a creer en ello, me bastaba con saber que esos dioses habían existido de verdad alguna vez.