El rector Vial —como todos le siguen llamando— llega puntualmente cada día a las nueve de la mañana a su oficina en la Casa Central de la Universidad Católica y se va después de la misa de una. El trayecto lo hace caminando, de ida y de vuelta, desde su departamento situado frente al Parque Forestal.

Don Juan de Dios Vial Correa es un hombre de costumbres arraigadas. Lleva casi 65 años de matrimonio con Raquel Ariztía Matte y vive hace tanto donde mismo que nadie se acuerda de haberlo visitado en otro lugar. Su fiel secretaria, Matilde, lo acompaña hace 28 años, cuando asumió como rector en 1985 y el chaleco azul tipo marinero que cuelga en su oficina lo usa indefectiblemente en la universidad desde siempre. En la UC hace clases hace 61 años y el curso que dicta ahora, BIO 3000, sobre ciencia y cultura, lo imparte desde el 2000, dos veces a la semana. Su rutina es como la de cualquier profesor. Prepara clases, estudia y recibe alumnos.

En la celebración del Día del Académico, donde se premia a los profesores que han cumplido hasta 40 años en la universidad, el rector Ignacio Sánchez le pidió a Juan de Dios Vial que lo acompañara a entregar los diplomas a quienes estaban en la categoría máxima. Cuando el ex rector se levantó y subió al estrado, el aplauso fue largo y sentido. El cariño de la comunidad hacia su rector emérito se siente en todos lados y no pasa por la edad, es un afecto claramente influido por una historia donde se mezcla una profunda cultura, autoridad, bondad, cercanía y, antes que todo, consecuencia. Su caminar pausado no responde solo a sus años; también a la tranquilidad con que ha enfrentado los enormes desafíos de su vida.

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Ni antes ni ahora se deja impresionar por los acontecimientos. Al contrario, los analiza sin dramatismos, pero marcando un punto para él decisivo: “Comprenderá que es distinta la preocupación por el futuro a los 30, 40 o 50 años, que cuando uno se acerca a los 90, porque mucho futuro no hay”. Lo dice con humor y también con una certidumbre que prevalecerá en toda esta entrevista. Una verdad sin eufemismos ni dobles lecturas. Juan de Dios Vial es un científico, un hombre de fe y un educador.

—El último argumento que le di para que accediera a esta entrevista fue lo que dijo el Papa Francisco respecto de Benedicto XVI —“es como tener al anciano sabio en la casa”—; ¿se siente Ud. esa figura en esta universidad?
—Ciertamente no creo que se me asigne rol alguno ni menos de anciano sabio; naturalmente que tengo una permanencia muy larga en la universidad y todos los últimos rectores y decanos de medicina han sido alumnos míos, de modo que alguna influencia o huella habré dejado. Tengo conciencia de que hace muchos años era un buen profesor, muy bueno realmente… porque todavía se me acerca gente a la que no reconozco, que se identifica como alumnos míos en algún curso o que me dicen que les enseñé una técnica específica. Y creo que ésa es la labor de un buen profesor, dejar una huella, cambiar o reforzar un modo de pensar.

—¿Ya no es un buen profesor?
—Todavía hago clases, pero dejé de estar en la línea profesional científica alrededor del ’90, porque el trabajo de la rectoría me hizo imposible continuar con el quehacer científico; había que optar.

—Se formó en histología, estructura de tejidos y células; es decir, ha llegado a lo más profundo del ser humano y podría describir el desarrollo completo de esa primera célula hasta que se convierte en hombre… ¿Dónde está Dios en esta sucesión de fenómenos?
—En todo; la ciencia describe hechos y fenómenos, pero la causa última ni se la plantea siquiera y es bueno que así sea para no enredarse. Sin embargo, la conciencia de que nosotros y lo que observamos forma parte de la creación como un don de Dios es a mi juicio una conciencia correcta y, al menos para mi caso, ha sido el apoyo y sostén de mi vida.

—Estudió en Estados Unidos, donde habrá compartido con muchos científicos a los cuales respeta que no eran creyentes. ¿Qué diferencia a un hombre de ciencia no creyente de uno creyente?
—Conocí obviamente a muchos no creyentes, gente muy buena en sus especialidades, pero sólo me puedo referir a la experiencia más próxima, que es la propia y ahí, sin lugar a dudas, ha habido innumerables ocasiones y opciones no condicionadas por mi calidad de creyente. Pero las más importantes sí lo estuvieron: por qué y con quién me casé, a qué me he dedicado, cuál ha sido la orientación y los objetivos de mi trabajo, a qué cosas he renunciado en la vida; en todas esas preguntas encuentro la presencia de Jesús y Jesús es la forma en que nosotros conocemos a Dios.

—En el libro Palabras a la universidad (2000), que compila sus discursos como rector, los editores comentan en el prólogo que todas sus intervenciones tenían un propósito formativo. ¿Qué lo motivaba?
—En esos tiempos, mucho más que ahora, porque eran momentos muy revueltos y de muchos cuestionamientos, el rector debía hablar mucho. Recuerdo un día en que estaba algo deprimido, y conversando con un amigo que tenía un cargo en extensión le dije que contaba con un excelente vicerrector académico, también uno muy bueno a cargo de lo económico y otro excelente como secretario general; todas las necesidades estaban cubiertas y le pregunté para qué servía entonces el rector y él me respondió: “Para dar discursos pues”. Lo tomé como una llamada y me dediqué a eso con una idea muy clara: el discurso podía ser de cualquier cosa, hasta de cómo prevenir avalanchas, pero siempre debía estar conectado con algo profundo de la universidad y su relación con el pensamiento cristiano, que debía mantenerse vivo. Los cristianos deben pensar, no lo digo en el sentido de formular un conjunto de proposiciones, sino de mantener ciertas preguntas vivas, como por qué esta universidad es católica. Mi idea era que esa pregunta no dejara nunca de resonar. Como en todas las interrogantes decisivas, ésa hoy es ahogada por el ruido ambiente.

—¿No es una preocupación el sentido católico de esta universidad?
—Lo que digo es que el ruido ahoga las preguntas fundamentales. Vivo en un departamento frente al Parque Forestal y hace poco hubo un concierto de Los Jaivas; de verdad que en un momento lo único que cabía hacer era ponerse tapones, el ruido y el estrépito ensordecía y lo único que no se escuchaba era su música. Este es el mundo de hoy. Es tanto el ruido anexo y la tecnología que se introduce, que al final el mensaje de fondo no se oye. Pero naturalmente, para que las cosas se oigan alguien tiene que decirlas y repetirlas y creo que en cierto sentido en los años de mi rectorado en muchos sectores al menos se planteó la pregunta. La universidad no es un órgano de poder, no puede imponer ideas ni por la propaganda ni la fuerza, pero sí puede sugerir, sugerir y sugerir.

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—En esos años tan difíciles que vivía Chile, ¿la UC pudo mostrar un camino, sugerir una visión de respeto del hombre o impactar de algún modo en el país y sus políticas?
—Eso sólo Dios lo sabe, pero creo que sí. Cuando a principios del siglo XX un señor declaraba en el Senado que era enemigo personal de Dios, o cuando en los ’30 se discutió la creación de la Escuela de Medicina de esta universidad y un personaje de amplio criterio de la U. de Chile dijo que estaba dispuesto a apoyar la idea a pesar del riesgo de que una institución católica significara una restricción al pensamiento científico, queda claro que siempre ha existido una fuerte postura anticristiana. Sin embargo, la calidad que fue adquiriendo la universidad por obra de muchas personas ha sido un buen testimonio del impacto del pensamiento cristiano.

—Me refiero al aspecto político, si cree que la universidad se jugó en apoyo a los derechos humanos en los años en que usted fue rector.
—Indudablemente que siempre, como en cualquier buena obra, se pudo haber hecho más, pero se hicieron muchas acciones correctas en varios ámbitos, y no estoy seguro de que con los datos que se tenían pude hacer algo distinto; la orientación general fue la correcta y compartida por el gran canciller de la universidad; yo no corría con colores propios. De todos modos, creo que la cuestión de los derechos humanos se ha transformado en gran medida en arma de venganza del poder y no me siento identificado con la discusión actual.

—Fue decano subrogante de medicina entre 1966 y 1967 en la toma universitaria. ¿Ve algún paralelo entre esos días turbulentos y las marchas y demandas estudiantiles de hoy?
—En las marchas de estos últimos años, desde el primer momento se ha visto una voluntad de cambiar la convivencia nacional y el país. Lo más notorio es la demanda insistente por igualdad, olvidando que la igualdad sólo es posible si se elimina la libertad. Igualitarios son los regímenes que controlan todo, o sea, estamos viviendo un periodo de efervescencia y agitación social en el cual por algunas razones que uno puede sospechar los agentes han sido los estudiantes. Pretenden un cambio radical y se cierran de una manera bastante curiosa a la refutación y a la argumentación intelectual. Lo que me tocó vivir el 66 fue diferente: era un movimiento originado en la Iglesia, que buscaba cambiar sus estructuras. Se inició, simbólicamente, echando a un arzobispo de su cargo, algo absolutamente insólito y un gesto de desafío formidable. Como ocurre a menudo en estos movimientos masivos populares, tenía una capacidad de destrucción muy significativa, pero de construcción muy reducida. Ahí aparecieron algunas figuras especiales que no han sido bien comprendidas, como Fernando Castillo Velasco, quien estaba de corazón con la reforma, pero quería construir.

—¿Miguel Angel Solar no?
—No me atrevería a interpretarlo porque lo conocí y se lo podría haber preguntado directamente, pero tengo la impresión de que buscaba desencadenar movimientos que llevaran, sin importar mucho cómo, a procesos de auto organización. Esta no era la postura de Castillo Velasco. Yo no lo conocía a él y mantuve una actitud de no aceptar muchas de las cosas que se fueron proponiendo, pero sí de aceptarlo a él.

—Cada época ha tenido puntos de inflexión, con grandes avances y también con episodios muy terribles. El mundo ha vivido la ilustración y las guerras, con muchos progresos científicos que han permitido erradicar enfermedades y con importantes descubrimientos, ¿Cuál es el punto de equilibrio, si lo hay, en el desarrollo de una ciencia y técnicas al servicio del hombre?
—Es distinto el mundo de ahora, flota en el ambiente una cantidad y variedad de información exorbitante, pero al mismo tiempo una superficialidad que no se puede creer. Por ejemplo, el tema de la gratuidad: se levanta este eslogan exigible a sabiendas de que no se va a poder realizar, pero simplemente para perpetuar situaciones de conflicto y lucha.