Su nombre es Toa. Y lo primero que uno mira es su cuello. Aquel cuello de 15 centímetros de largo que une su delgado cuerpo y su pequeño rostro asiático. Toa es prisionera de un espiral de cobre interminable. Es prisionera de uan increíble tradición.

La mujeres-jurajas ya casi han desaparecido de África. Pero entre las mujeres Padong, de Burma y Tailandia, todavía existen algunas que se someten a esta misteriosa práctica: usar un collar de cobre que año a año van estirando un poco más.

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Para las pequeñas, el rito comienza a los 5 años durante el período de luna llena. El primer espiral es puesto por la única persona autorizada de la tribu: el mago, quien se comunica con los espíritus y los seres humanos. Veinticuatro lunas después, eso es dos años, la niña recibe un segundo espiral más largo. Y así hasta que se convierte en mujer adulta.

La tradición se remonta a una época en que las tribus eran constantemente atacadas por tigres. Para defenderse se cubrían las partes del cuerpo más vulnerables con alambres de oro. Gradualmente los collares se convirtieron en signos de riqueza. Hoy en día, la mujer con el cuello más largo tiene más posibilidades de casarse con un hombre rico. Y por lo tanto, su familia es más honorable.

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Las deformaciones que sufre el cuello lo hacen muy frágil. Los músculos y es muy fácil de quebrar. Es tanto el daño que producen estos collares, que quienes se los sacan corren serio peligro. Es más, en el pasado se castigaba a las adúlteras obligándolas a vivir sin el espiral. O sea, condenándolas a la muerte.